6 plantas que aportan nitrógeno al suelo y lo vuelven más saludable

  • Las plantas fijadoras y mejorantes del nitrógeno aumentan la fertilidad del suelo y reducen la necesidad de fertilizantes químicos.
  • Leguminosas como habas, alfalfa, veza o trébol y especies no leguminosas como consuelda, nabo o trigo sarraceno cumplen un papel clave.
  • El pago verde de la PAC incentiva el uso de cultivos fijadores de nitrógeno en rotaciones y superficies de interés ecológico.
  • Su integración en cubiertas, abonos verdes y sistemas agroforestales mejora la biodiversidad, la estructura del suelo y la resiliencia del agroecosistema.

plantas que aportan nitrogeno al suelo

Si cultivas un huerto, un jardín o una pequeña finca, tarde o temprano te das cuenta de que el nitrógeno es el combustible del crecimiento vegetal. Cuando falta, las plantas se quedan amarillas, crecen poco y producen menos. La buena noticia es que no siempre hace falta tirar de sacos de fertilizante químico: hay muchas especies capaces de capturar el nitrógeno del aire o de movilizar el que está profundo en el suelo y ponerlo al alcance de las raíces.

A lo largo de los últimos años se ha investigado muchísimo sobre plantas fijadoras de nitrógeno y especies mejorantes del suelo, tanto en la agricultura ecológica de pequeña escala como en grandes explotaciones ligadas a la PAC y al famoso pago verde o greening. Además, se han estudiado sus efectos en ecosistemas áridos, su papel en la biodiversidad y cómo usarlas en rotaciones, cubiertas vegetales y abonos verdes. Vamos a hilar toda esa información en un único artículo práctico y muy completo para que puedas sacarle jugo en tu terreno.

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Qué significa que una planta aporte o fije nitrógeno al suelo

Cuando hablamos de plantas que “aportan nitrógeno” no siempre nos referimos al mismo mecanismo, pero todas ayudan a que haya más nitrógeno disponible para los cultivos y menos dependencia de fertilizantes. Conviene distinguir varios grupos para no mezclar conceptos.

Por un lado están las plantas fijadoras de nitrógeno simbióticas, que forman nódulos en las raíces con bacterias del género Rhizobium (y otros similares): alfalfa, habas, guisantes, lentejas, tréboles, altramuces, soja, cacahuete, etc. Estas bacterias transforman el nitrógeno atmosférico (N₂) en formas asimilables por las plantas.

En segundo lugar tenemos las plantas no simbióticas o asociadas a otros tipos de bacterias, que también contribuyen a la fijación pero sin esos nódulos tan visibles. En este grupo entran, por ejemplo, especies como el aliso, la casuarina o el ceanothus, que se emplean mucho en restauración de suelos y como barreras en torno a los cultivos.

Finalmente, hay un conjunto de plantas que, aunque no fijen nitrógeno del aire de forma clásica, “bombean” nutrientes desde capas profundas o reciclan el nitrógeno que de otra forma se perdería, gracias a sus raíces profundas y a la gran cantidad de biomasa que generan (consuelda, nabo, rábano forrajero, sorgo, avena, etc.).

Beneficios clave de usar plantas que aportan nitrógeno

El primer efecto positivo es que estas especies permiten mejorar la fertilidad del suelo sin costes ambientales, a diferencia de muchos abonos minerales. La fijación biológica de nitrógeno es un proceso natural, que se apoya en bacterias y hongos del suelo, y que enriquece la parcela con un “abono” lento y constante.

Otro punto muy interesante es que facilitan la reducción del uso de fertilizantes químicos, lo que se traduce en ahorro económico a medio plazo y en menos riesgo de contaminación de aguas por lixiviación de nitratos. Especialmente en explotaciones agrícolas profesionales, introducir leguminosas en la rotación puede marcar la diferencia en la cuenta de resultados.

Estas plantas además son una herramienta básica en la rotación de cultivos y en la agricultura ecológica. Tras un cultivo muy exigente en nitrógeno, como los cereales de invierno o el maíz, meter una leguminosa o un abono verde rico en biomasa ayuda a recuperar el suelo y prepara el terreno para la siguiente campaña.

Si miramos más allá de la parcela individual, las especies fijadoras y mejorantes contribuyen de lleno a la biodiversidad, la prevención de la erosión y la restauración de suelos degradados. Muchas se usan como cubiertas vegetales que protegen la superficie frente a la lluvia y el sol, estabilizan taludes y aportan sombra y alimento a la fauna auxiliar.

Tipos de plantas fijadoras de nitrógeno y su papel en el huerto

En el huerto y en la agricultura extensiva solemos trabajar con dos grandes categorías: leguminosas fijadoras de nitrógeno y especies no leguminosas que, aun así, participan en la fijación o movilización de este nutriente. Cada grupo tiene usos y manejos diferentes.

Entre las leguminosas más típicas encontramos las que son ya viejas conocidas en cualquier cocina: frijoles, lentejas (que pueden usarse como abono líquido), guisantes, habas, alubias, garbanzos… Todas ellas pueden funcionar como cultivo para consumo humano mientras trabajan bajo tierra con sus bacterias simbióticas.

A otro nivel están las leguminosas forrajeras y de cubierta, como alfalfa, tréboles, esparceta, zulla, veza, alholva (fenogreco) o altramuces. Su papel principal no es tanto producir grano para el mercado como generar abundante biomasa y enriquecer el suelo, además de servir de pasto al ganado.

En el lado de las especies no leguminosas con relevancia en la fijación o el reciclaje de nitrógeno están el aliso, la casuarina, el ceanothus y otros árboles pioneros, además de plantas como el trigo sarraceno, el cenizo o el diente de león, que se han observado fijando nitrógeno o asociándose a microorganismos que lo hacen.

Ejemplos de leguminosas que enriquecen el suelo

leguminosas que aportan nitrogeno al suelo

Si hablamos de plantas que fijan nitrógeno simbióticamente, el listado es amplio, pero hay unas cuantas protagonistas que conviene conocer bien porque son las que más se usan y las que también aparecen reconocidas en normativas como el pago verde.

Las habas (Vicia faba) son un clásico de los huertos de invierno: aguantan bien el frío, desarrollan raíces potentes y profundas y forman una gran cantidad de biomasa aérea. Funcionan genial como cultivo de consumo y, al mismo tiempo, como mejorante del suelo gracias a la fijación de nitrógeno.

Los guisantes (Pisum sativum) y las distintas alubias o frijoles ofrecen cosechas sabrosas y abundantes, pero su verdadero tesoro está bajo tierra, en los nódulos llenos de bacterias. Cuando termina su ciclo, si se dejan las raíces en el terreno y se incorporan los restos de cultivo como acolchado o abono verde, liberan buena parte del nitrógeno acumulado.

En cultivos extensivos o como forraje, la reina es la alfalfa (Medicago sativa). Sus raíces muy largas se asocian con hongos y bacterias fijadoras, y la planta produce una enorme cantidad de materia verde. Además, contiene triacontanol, una sustancia que actúa como estimulante del crecimiento en otras especies, por lo que una infusión de alfalfa puede funcionar como biofertilizante casero.

No hay que olvidar el papel de tréboles, esparceta, zulla, veza, alholva y altramuces, que se usan en praderas, viñedos, frutales y sistemas de pastoreo rotacional como cubierta viva. Al mismo tiempo protegen el suelo, aportan nitrógeno y dan comida a polinizadores e insectos beneficiosos.

Plantas no leguminosas que también aportan nitrógeno y mejoran el suelo

sorgo

Aunque solemos asociar la fijación de nitrógeno a las leguminosas, hay especies no leguminosas que también hacen un trabajo impresionante mejorando la tierra, ya sea movilizando nutrientes desde capas profundas, generando grandes cantidades de materia orgánica o fijando nitrógeno de forma menos conocida.

Un ejemplo llamativo es el trigo sarraceno o alforfón (Fagopyrum esculentum), que, igual que el cenizo o el diente de león, puede contribuir a la fijación de nitrógeno sin ser leguminosa. Además, su semilla es muy nutritiva y apreciada en alimentación humana, por lo que combina interés agronómico y económico.

El cenizo (Chenopodium album) tiene una raíz muy vigorosa que extrae nutrientes en profundidad y un porte elevado que protege a otras plantas del viento. Sus hojas se pueden comer como si fueran espinacas y las semillas se han utilizado tradicionalmente en panificación. Las raíces tienen saponinas, de modo que incluso pueden apañarse como jabón natural.

Entre las plantas de gran biomasa están el sorgo o maíz de Guinea (Sorghum halepense), la avena y el centeno. Todas ellas crean una red de raíces que descompacta, airea y estructura la tierra, aportan carbono y dejan una cobertura espesa que va liberando nutrientes, incluido parte del nitrógeno acumulado, a medida que se descompone.

Hay especies como la consuelda (Symphytum officinale) que actúan literalmente de bomba de nutrientes: sus raíces profundizan y suben nitrógeno, potasio, calcio, magnesio y otros elementos desde zonas donde la mayoría de cultivos no llega. El acolchado con sus hojas es uno de los más valorados en horticultura ecológica.

Plantas acompañantes que protegen, atraen fauna útil y aportan biomasa

Más allá de la fijación directa de nitrógeno, muchas plantas compañeras ayudan a que el suelo sea más fértil y resiliente gracias a su biomasa, raíces y efecto sobre la fauna útil. Se intercalan entre cultivos principales o se dejan asilvestrar en los márgenes.

La borraja (Borago officinalis) y la caléndula (Calendula officinalis) son grandes aliadas del huerto: hacen raíces profundas, generan bastante masa foliar y atraen un montón de polinizadores y otros insectos beneficiosos. La borraja, además, tiene hojas comestibles que dan textura a sopas y guisos, y la caléndula se usa para elaborar cremas para la piel.

La capuchina (Tropaeolum majus) cubre muy bien el suelo con su porte rastrero, protege contra la erosión y ofrece flores comestibles con un toque ligeramente picante. Sus flores también atraen insectos auxiliares, lo que reduce la presión de plagas en cultivos cercanos.

Otras especies de “cobertura viva” interesantes son la verdolaga (Portulaca oleracea), muy resistente a la sequía y comestible cruda, y el cosmos (Cosmos bipinnatus), que forma un auténtico manto de flores que sirve de refugio y alimento a multitud de insectos beneficiosos.

Plantas como el girasol (Helianthus annuus) tienen un papel mixto: proporcionan un buen cortavientos, funcionan como tutor para especies enredadoras como la veza y aportan una cantidad notable de biomasa cuando se trituran y se devuelven al suelo, además de darnos las apreciadas pipas.

Raíces profundas, abonos verdes y rotura de suelos compactados

Un grupo de plantas muy valioso en cualquier sistema agroecológico es el formado por especies con raíz pivotante o muy profunda que son capaces de romper capas compactadas, drenar mejor el subsuelo y traer nutrientes hacia la zona donde exploran las raíces de los cultivos.

El nabo (Brassica rapa) y el rábano forrajero son excelentes para ello: producen raíces gruesas que penetran en la tierra y la fracturan de forma natural, a la vez que acumulan nitrógeno absorbido de capas más bajas. Cuando el cultivo se siega y se incorpora al terreno, buena parte de ese nitrógeno se libera gradualmente.

La mostaza blanca (Sinapis alba) forma plantas de gran talla, con raíces potentes que también ayudan a descompactar. Sus flores amarillas brillantes atraen una legión de insectos beneficiosos, algo muy apreciado si se quieren controlar plagas de manera ecológica.

Entre los cereales, el centeno (Secale cereale) es famoso por su capacidad de crear un acolchado denso que favorece el cultivo posterior de leguminosas. A la vez, su raíz fibrosa trabaja el suelo, lo airea y evita la erosión. La avena cumple una función similar, con la ventaja añadida de ser un excelente forraje.

El meliloto (Melilotus officinalis) y otros tréboles de flores amarillas o blancas, además de leguminosas fijadoras, crean una masa aérea importante que, si se usa como abono verde, devuelve al suelo una gran cantidad de nitrógeno orgánico y otros nutrientes.

Árboles asociados al huerto que fijan o movilizan nitrógeno

No todo son plantas herbáceas. En muchos diseños de huertos y fincas diversificadas se integran árboles y arbustos capaces de fijar o movilizar nitrógeno, aprovechando su madera, su sombra y sus hojas trituradas como acolchado.

El aliso (Alnus cordata y aliso común) es un buen ejemplo: se ha estudiado su capacidad para asociarse a bacterias fijadoras de nitrógeno y suele emplearse en restauración de riberas o como cortina cortavientos, a la vez que enriquece el suelo con la hojarasca rica en nutrientes.

Otros árboles vinculados a la mejora del suelo y a la fijación de nitrógeno son el algarrobo, la falsa acacia, el árbol de la seda y el árbol de Judas. Muchos de ellos producen flores melíferas, dan refugio a fauna silvestre y, al podarlos, se puede aprovechar el ramaje picado como acolchado nutritivo alrededor de frutales y cultivos perennes.

Esta combinación de estrato arbóreo y cultivos de huerta crea pequeños sistemas de agrosilvicultura donde se combinan sombra, protección frente al viento, recuperación de suelos pobres y producción de alimentos para personas y animales.

El pago verde (greening) y los cultivos fijadores de nitrógeno

Dentro de la Política Agraria Común, el llamado pago verde o greening es una ayuda económica que se concede por hectárea, vinculada a derechos de pago básico, siempre que la explotación respete ciertas prácticas beneficiosas para el medio ambiente.

Estas prácticas incluyen la diversificación de cultivos según el tamaño de la explotación, el mantenimiento de pastos permanentes y la presencia de superficies de interés ecológico (SIE), donde entran barbechos, cubiertas verdes, superficies forestadas y, muy importante, parcelas dedicadas a cultivos fijadores de nitrógeno.

No todas las especies fijadoras cuentan a efectos del greening: solo se consideran aquellas destinadas a alimentación humana o animal. En la lista se incluyen cultivos como judía, garbanzo, lenteja, guisante, habas, altramuz, algarroba, titarros o almortas, veza o alverja, yeros, alholva, alberjón, alfalfa, esparceta, zulla, trébol, soja y cacahuete.

Para que estas superficies se computen correctamente, las plantas deben permanecer en el campo al menos hasta el inicio de la floración, y si se siembran mezcladas con otras especies no fijadoras, la parte fijadora debe suponer más del 50 % de la mezcla. Además, no está permitido dejar la parcela en barbecho justo después de un cultivo fijador, para evitar pérdidas de nitrógeno por lixiviación.

Otro requisito clave es que, cuando una parcela con cultivos fijadores se declara como SIE, no se pueden usar productos fitosanitarios desde la preparación del terreno para la siembra hasta después de la cosecha (o durante todo el ciclo en cultivos plurianuales). El agricultor debe declararlo y asumir este compromiso en la tramitación de la PAC.

Cómo integrar estas plantas en rotaciones, cubiertas y abonos verdes

En la práctica, la mejor forma de aprovechar todo el potencial de estas especies es organizando bien la rotación de cultivos, las mezclas de cubierta vegetal y el uso de abonos verdes, en función de tu clima, tipo de suelo y objetivos productivos.

Una estrategia muy habitual es sembrar una leguminosa o una mezcla de leguminosa y cereal después de un cultivo exigente en nitrógeno como el maíz o el trigo. Al finalizar el ciclo, se siega la cubierta y se deja la biomasa sobre el suelo, o se incorpora ligeramente, para que el nitrógeno fijado quede disponible para el siguiente cultivo.

En viñedos, frutos del bosque y frutales se suele usar trébol, veza o mezclas con gramíneas como cubierta viva permanente. Estas coberturas permiten fijar nitrógeno, proteger el suelo y facilitar el tránsito de maquinaria, todo a la vez, controlando a su vez la erosión.

En pequeños huertos domésticos se puede jugar con bandas de flores como caléndulas, borrajas, capuchinas y cosmos, intercaladas con leguminosas y hortalizas de hoja o cucurbitáceas, que son especialmente demandantes de nitrógeno. De este modo, se crea un mosaico muy productivo y equilibrado con menos problemas de plagas y enfermedades.

Otra técnica muy interesante es el uso de abono verde en época de barbecho: en lugar de dejar la parcela desnuda, se siembran mezclas de habas, veza, avena, centeno, mostaza o nabo, se siegan antes de que grane la semilla y se dejan secar sobre el terreno, para luego incorporarlas o mantenerlas como acolchado.

Condiciones óptimas para maximizar la fijación de nitrógeno

Para que las plantas fijadoras y mejorantes trabajen a pleno rendimiento no basta con sembrarlas sin más: hace falta respetar ciertas condiciones de suelo, clima y manejo que faciliten la vida a las bacterias y hongos implicados en el proceso. En general, estas especies agradecen un suelo bien aireado, con buen drenaje y pH cercano a la neutralidad. En suelos excesivamente ácidos o muy compactados conviene corregirlos con materia orgánica y, si hace falta, con calizas.

La mayoría de plantas fijadoras necesitan bastante luz solar y temperaturas moderadas a cálidas para expresar todo su potencial. Aun así, hay especies como las habas o algunos tréboles que toleran bien el frío y se pueden utilizar en invierno para ir sumando nitrógeno cuando otros cultivos ni se plantean crecer.

Introducción de bacterias en el suelo

En algunas leguminosas, sobre todo cuando se introducen en suelos donde nunca se han cultivado, es recomendable realizar una inoculación con bacterias específicas del género Rhizobium. Este sencillo paso puede multiplicar la cantidad de nitrógeno fijado y asegurar la presencia de nódulos activos.

Por último, conviene evitar un exceso de fertilización nitrogenada mineral en las parcelas donde queramos que la fijación sea alta, ya que si hay mucho nitrógeno disponible en el suelo, la planta “se relaja” y deja de invertir recursos en sus socios microbianos, reduciendo la formación de nódulos.

En general, estas especies agradecen suelos con buena estructura y materia orgánica; además, facilitar la vida de los microorganismos beneficiosos —como ciertas hongos y bacterias— mejora la fijación. Para profundizar en el papel de hongos beneficiosos en el suelo, revisa información sobre hongos beneficiosos del suelo.

Combinando el conocimiento tradicional del huerto con lo que nos cuenta la ciencia moderna, queda claro que apostar por plantas que fijan o movilizan nitrógeno es una jugada redonda: aumentan la fertilidad del suelo, reducen la dependencia de insumos externos, mejoran la biodiversidad y encajan tanto en pequeños huertos familiares como en grandes explotaciones sujetas al pago verde. Integrarlas de forma inteligente en rotaciones, cubiertas y sistemas agroforestales es, probablemente, una de las formas más sencillas y poderosas de cuidar la tierra mientras se siguen obteniendo buenas cosechas.