Agricultura regenerativa: el futuro que se juega en el campo

  • La agricultura regenerativa restaura suelos, captura carbono y mejora la biodiversidad sin sacrificar la productividad ni la rentabilidad.
  • Proyectos científicos como Regenera.cat y experiencias empresariales en España y México demuestran mejores rendimientos y alimentos más nutritivos.
  • Criterios técnicos claros, apoyo institucional y tecnologías digitales y biológicas son clave para evitar el greenwashing y escalar este modelo.
  • El sector agrícola puede pasar de ser gran emisor a aliado climático si adopta de forma masiva prácticas regenerativas verificables.

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En los últimos años, la conversación sobre el campo ha cambiado por completo: ya no se habla solo de producir más, sino de producir cuidando el clima, el agua, los suelos y la biodiversidad. Con el calentamiento global, la degradación de los terrenos agrícolas y la presión sobre los recursos naturales, el modelo agrícola tradicional se ha quedado corto para responder a los desafíos actuales y asegurar el abastecimiento alimentario de las próximas décadas.

En este contexto, la llamada agricultura regenerativa se está consolidando como una de las grandes apuestas de futuro del sector agrario. No se trata únicamente de “contaminar un poco menos”, sino de transformar las fincas en sistemas vivos capaces de restaurar el suelo, capturar carbono, mejorar la calidad de los alimentos y sostener a las comunidades rurales. Cada vez más empresas, centros de investigación y agricultores en Europa y en Latinoamérica están demostrando que este enfoque es viable técnica y económicamente.

Qué es la agricultura regenerativa y por qué puede cambiar el sector

Cuando hablamos de agricultura regenerativa nos referimos a un conjunto de prácticas que buscan restaurar la salud del suelo, proteger los recursos hídricos, favorecer la biodiversidad y reducir al mínimo el uso de insumos sintéticos, al tiempo que se mantiene una producción de alimentos suficiente y rentable. Es un paso más allá de la agricultura sostenible: no solo intenta no dañar, sino mejorar activamente el ecosistema agrario.

Este enfoque se apoya en principios claros: minimizar la labranza para no destruir la estructura del suelo, mantener el terreno siempre cubierto con cultivos o restos vegetales, integrar rotaciones y asociaciones de cultivos, aprovechar el pastoreo gestionado del ganado como herramienta de fertilización natural y reducir de forma drástica la dependencia de fertilizantes y fitosanitarios químicos.

A diferencia de los esquemas puramente productivistas, la agricultura regenerativa considera cada parcela como un sistema complejo en el que el suelo, el agua, las plantas, los microorganismos y las personas están interconectados. El objetivo de fondo es que las fincas sean más resilientes frente a sequías, lluvias extremas, plagas y fluctuaciones del mercado, algo esencial en un escenario de cambio climático acelerado.

En este sentido, proyectos pioneros impulsados por grandes compañías agroalimentarias y por organizaciones del sector están demostrando que es posible combinar escala, rendimiento y regeneración. La clave está en que las prácticas regenerativas no se queden en una etiqueta de marketing, sino que se basen en criterios técnicos rigurosos y medibles.

La apuesta de la industria: proyectos de agricultura regenerativa a gran escala

Uno de los ejemplos más visibles de este cambio de rumbo lo encontramos en el compromiso de empresas internacionales de alimentación que están impulsando proyectos de agricultura regenerativa en sus propias cadenas de suministro. No se trata solo de lanzar mensajes inspiradores, sino de transformar de verdad la forma en que se cultivan sus materias primas. Muchas de estas iniciativas actúan directamente sobre las cadenas de suministro para lograr cambios sostenibles.

La multinacional Unilever, a través de su marca de alimentación Knorr, ha puesto en marcha alrededor de 50 proyectos de agricultura regenerativa repartidos por todo el mundo. El objetivo es trabajar “desde la raíz”, acompañando a los agricultores que les suministran sus ingredientes para que adopten prácticas que restauren los suelos, reduzcan emisiones de CO2 y mejoren la biodiversidad de los campos.

En España, esta estrategia se ha concretado en una iniciativa desarrollada en Badajoz, en los campos de tomate gestionados por el grupo extremeño Conesa. Se trata de un proyecto de responsabilidad social corporativa considerado pionero en Europa por su enfoque frente al cambio climático, y que persigue tres metas principales: proteger la salud alimentaria, cuidar los ecosistemas agrícolas y contribuir a un futuro sostenible para el sector y las comunidades rurales.

En estas explotaciones de tomate se ha logrado reducir de forma notable el uso de fertilizantes sintéticos en las hectáreas en producción, disminuyendo así las emisiones asociadas al cultivo y evitando una parte importante del impacto climático. A la vez, se ha trabajado para mejorar la calidad del suelo mediante la introducción de fertilizantes orgánicos y la capacitación continua de los agricultores, gracias a la colaboración directa entre Knorr y el Grupo Conesa.

El proyecto incluye también actuaciones específicas para reforzar la biodiversidad de la zona, como la plantación de flora autóctona en los márgenes y lindes de las parcelas, y la implantación de sistemas de riego más eficientes en los campos de tomate de Agraz, pertenecientes al grupo. Todo ello persigue reducir consumos de agua, favorecer a los polinizadores y crear entornos agrícolas más equilibrados y resistentes a fenómenos extremos.

La lectura que se extrae de estas experiencias es clara: invertir en agricultura regenerativa es invertir en el futuro del planeta y de la alimentación. No solo se protege el entorno, sino que se asegura la producción de alimentos nutritivos a largo plazo y se fortalece el tejido social de las áreas rurales. Para que esta transformación se consolide, es imprescindible que gobiernos, organizaciones del sector, empresas y agricultores remen en la misma dirección.

Evitar el greenwashing: la necesidad de criterios claros y consenso científico

El auge del término “agricultura regenerativa” ha traído un problema de fondo: no existe todavía una certificación oficial ni un marco normativo cerrado que defina qué es y qué no es realmente regenerativo. Esta ausencia de regulación ha sido aprovechada por algunas empresas para utilizar la etiqueta como herramienta de greenwashing, sin cambios profundos en sus sistemas de cultivo.

Para dar respuesta a esta situación y dotar al concepto de rigor, el CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales) y la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica han elaborado un documento de referencia que recoge diez criterios básicos que debe cumplir una explotación para poder considerarse auténticamente regenerativa.

Este documento forma parte del proyecto REGEN y ha sido confeccionado a partir del consenso de cerca de 200 productores, entidades del sector agrario y expertos científicos procedentes de universidades y centros de investigación de toda España. Es decir, no se trata de una declaración aislada, sino de un trabajo colectivo que busca alinear la práctica real en campo con la mejor evidencia disponible.

Además del marco conceptual, el CREAF ha presentado resultados científicos que respaldan con datos la superioridad de este modelo frente a la agricultura convencional. Tras dos años de análisis comparativos, se ha comprobado que la agricultura convencional puede producir alimentos con peor perfil nutricional y, a la vez, mostrar rendimientos similares a los sistemas tradicionales, todo ello a un coste económico equiparable o incluso inferior con el tiempo.

Resultados nutricionales: alimentos más densos y saludables

Dentro de la investigación aplicada, el proyecto Regenera.cat ha aportado datos muy interesantes sobre la calidad de los alimentos producidos con técnicas regenerativas. En esta iniciativa participan cuatro fincas catalanas que trabajan con este enfoque: Verdcamp Fruits, Familia Torres, Pomona Fruits y Planeses, todas ellas con certificación ecológica y un paso adicional hacia la regeneración del suelo.

Verdcamp Fruits, Familia Torres y Pomona Fruits se dedican principalmente a la producción de fruta, mientras que Planeses centra su actividad en la producción de leche a partir de vacas alimentadas con pasto, integrando pastoreo gestionado como herramienta clave para mejorar la fertilidad del terreno. Este abanico de sistemas productivos ha permitido comparar diferentes cadenas de valor bajo un mismo prisma regenerativo.

Los resultados del equipo científico, en el que participa la Universitat Politècnica de València a través de la investigadora Dolores Raigón, indican que los productos procedentes de fincas regenerativas presentan una mayor concentración de nutrientes y compuestos bioactivos que sus equivalentes convencionales. Raigón subraya que aún existen pocos estudios sobre densidad nutricional en este tipo de alimentos, pero los datos obtenidos son especialmente alentadores.

Un ejemplo claro son las calabazas cultivadas por Verdcamp Fruits, que muestran un contenido mineral superior y una cantidad más alta de sustancias antioxidantes. Estos compuestos contribuyen a la protección celular frente a los radicales libres y pueden ayudar a prevenir enfermedades asociadas al estrés oxidativo.

Otro caso llamativo es el de las peras de Pomona Fruits, que destacan por presentar un equilibrio muy interesante entre ácidos y azúcares totales. Este balance se traduce en un sabor más armónico y agradable para el consumidor. Además, estas peras tienen un contenido elevado de polifenoles y una capacidad antioxidante prácticamente duplicada respecto a frutos comparables cultivados de forma convencional, lo que refuerza su potencial beneficio para la salud.

Diez criterios clave para una agricultura realmente regenerativa

El documento de criterios elaborado por el CREAF y la Asociación Española de Agricultura Regenerativa Ibérica pone al cuidado del suelo en el centro de la escena. La idea de fondo es considerar el suelo como un organismo vivo que hay que proteger y alimentar, y no como un simple soporte físico para las plantas.

Entre los puntos fundamentales se encuentran la evitación de la labranza intensiva para no romper la estructura del suelo, la obligación de mantenerlo cubierto con restos vegetales o cultivos de cobertura para reducir la erosión y mejorar la infiltración de agua, y el uso de pastoreo dirigido para que el ganado fertilice de forma natural sin sobreexplotar las praderas.

Otros criterios apuntan a la necesidad de realizar rotaciones y diversificación de cultivos para cortar ciclos de plagas y enfermedades, disminuir la dependencia de fitosanitarios, y aumentar la biodiversidad tanto por encima como por debajo del suelo. También se incluye como prioridad la reducción del uso de agua y la minimización de residuos, cerrando al máximo los ciclos de nutrientes dentro de la propia finca.

Más allá de los aspectos puramente agronómicos, el documento dedica una parte importante a la dimensión social. La agricultura regenerativa se entiende como una herramienta para reforzar la relación entre la salud de los territorios, la salud de las personas y la viabilidad económica del campo. Esto implica un compromiso con condiciones laborales dignas, cooperación entre productores y redes de apoyo entre ciencia y sector agrícola.

Tal y como subraya Javi Retana, investigador del CREAF y catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona, es imprescindible una colaboración estrecha entre la comunidad científica y los agricultores si se quiere afrontar con garantías los retos de alimentación y clima de las próximas décadas. Su advertencia es clara: del buen entendimiento entre estos dos mundos dependerá en gran medida el futuro de lo que ponemos en el plato.

Beneficios sobre el suelo: más carbono, más agua y más vida

Uno de los efectos más tangibles de la agricultura regenerativa se observa bajo nuestros pies. Los datos recogidos en las fincas Verdcamp Fruits y Pomona Fruits indican que, tras varios años de prácticas regenerativas, la concentración de carbono orgánico en el suelo es al menos un 35 % superior a la que se registra en parcelas gestionadas con métodos convencionales.

Este aumento del carbono en el suelo no es un detalle menor: según la investigadora del CREAF Sara Marañón, incrementar anualmente un 0,4 % la retención de carbono en los suelos agrícolas podría llegar a compensar todas las emisiones actuales de gases de efecto invernadero. Es decir, los campos podrían pasar de ser parte del problema climático a convertirse en una parte muy importante de la solución.

Además de almacenar más carbono, los suelos regenerativos muestran una mayor capacidad para retener agua, con incrementos de al menos un 9 % en comparación con parcelas convencionales. Esto se traduce en terrenos que absorben mejor el agua durante episodios de lluvias intensas, reduciendo escorrentías e inundaciones, y que mantienen reservas hídricas por más tiempo en periodos de sequía.

Los estudios también revelan que este tipo de manejo ayuda a mantener un microclima más estable en el suelo. En verano, por ejemplo, se ha observado que las prácticas regenerativas pueden amortiguar hasta 3,6 grados las temperaturas máximas del suelo respecto a campos desnudos y labrados. Esta moderación térmica reduce el estrés para las raíces y la biota del suelo, facilitando el desarrollo de cultivos y microorganismos beneficiosos.

Otro indicador clave es el aumento de la biodiversidad microbiana: en las parcelas regenerativas se detecta una comunidad de microorganismos más diversa y con presencia de especies bioindicadoras asociadas a ecosistemas de mayor calidad. Esta vida invisible es fundamental para el ciclo de nutrientes, la estructura del suelo y la defensa natural frente a enfermedades.

Regenera.cat: producción competitiva tras un periodo de transición

Los resultados globales del proyecto Regenera.cat muestran que, tras un periodo razonable de transición, la agricultura regenerativa puede igualar o incluso superar las producciones de los sistemas convencionales. No se trata, por tanto, de resignarse a obtener menos kilos por hectárea a cambio de ser más respetuosos con el medio ambiente.

Según explica Javi Retana, una vez que el suelo recupera su estructura, su contenido de materia orgánica y su actividad biológica, las plantas disponen de un entorno mucho más favorable para desarrollarse. Esto se traduce en rendimientos comparables a los de la agricultura intensiva, pero con menor necesidad de insumos externos como fertilizantes y fitosanitarios, lo que ayuda a contener o reducir los costes de producción.

Es cierto que todavía hace falta reunir datos en superficies más amplias y con una mayor variedad de cultivos para afianzar estas conclusiones, pero las tendencias observadas apuntan claramente en la misma dirección: el modelo regenerativo no solo es ambientalmente deseable, sino económicamente sensato a medio y largo plazo. Y, por si fuera poco, genera alimentos con mejor densidad nutricional.

El proyecto Regenera.cat está liderado por el CREAF y cuenta con financiación procedente del Fondo Climático del departamento competente en la materia, nutrido principalmente del impuesto sobre emisiones contaminantes de los vehículos mecánicos. Es un ejemplo de cómo se puede redirigir parte de la recaudación fiscal asociada a la contaminación hacia iniciativas que capturan carbono y restauran el territorio.

El papel de los agricultores frente al cambio climático

Cada 24 de octubre se celebra el Día Internacional contra el Cambio Climático, una fecha que sirve para recordar que la reducción de emisiones y la protección del planeta ya no admiten más retrasos. Dentro de este reto global, los agricultores ocupan una posición estratégica: de sus decisiones de manejo depende en buena parte que los suelos sigan degradándose o se conviertan en sumideros de carbono y biodiversidad.

La encuesta global The Farmer Voice, elaborada por Bayer, revela que tres de cada cuatro productores en el mundo han notado ya los efectos directos del cambio climático en sus explotaciones. Sequías más prolongadas, lluvias irregulares, nuevas plagas, temperaturas extremas y cambios bruscos de estación están poniendo contra las cuerdas muchos cultivos.

Según este estudio, las alteraciones meteorológicas han provocado una reducción media del 15,7 % en las ganancias de los agricultores. Esta pérdida de rentabilidad es especialmente preocupante en un sector que ya de por sí opera con márgenes ajustados y que sufre una gran volatilidad de precios en los mercados.

En este escenario, la agricultura regenerativa se presenta como una de las estrategias más sólidas para mitigar el impacto del cambio climático desde el propio terreno. Al tratar el suelo como un aliado para capturar carbono, en lugar de un mero soporte físico, se consigue que las fincas contribuyan activamente a reducir la concentración de CO2 en la atmósfera.

Prácticas como la labranza mínima o nula, la implantación de cultivos de cobertura, la rotación diversificada de cultivos y el manejo eficiente del agua y los nutrientes permiten mejorar la estructura y fertilidad del suelo, conservar la biodiversidad y almacenar carbono de forma natural. Al mismo tiempo, aumentan la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a eventos climáticos extremos.

Datos de campo: productividad y carbono en sistemas regenerativos

Los resultados obtenidos en México muestran de forma muy gráfica el potencial de estas prácticas cuando se aplican de manera sistemática. En parcelas de maíz donde se ha implementado agricultura regenerativa, Bayer ha registrado incrementos de productividad de hasta un 25 % respecto a campos gestionados de forma convencional.

Cuando se combina el maíz con cultivos de cobertura, las cifras son aún más contundentes: las ganancias de los productores pueden aumentar alrededor de un 50 %, en parte por la reducción de costes de insumos y en parte por la mejora del rendimiento general del sistema. Al mismo tiempo, el uso de agua se reduce aproximadamente un 30 %, algo crucial en regiones cada vez más afectadas por la escasez hídrica.

En términos de clima, estas fincas han experimentado una mejora del 25 % en el secuestro de carbono en los suelos y una reducción de en torno al 20 % en las emisiones de CO2 asociadas a la producción. Esto demuestra que es posible producir más, ganar más y emitir menos cuando se rediseña el sistema agrícola con criterios regenerativos.

Para Bayer, alcanzar la neutralidad de carbono en la agricultura no es una idea abstracta, sino una meta concreta y urgente. A través de su iniciativa global Carbon Zero, la compañía se ha marcado como objetivo ayudar a los agricultores a reducir en un 30 % sus emisiones por kilogramo de cultivo producido de aquí a 2030, al tiempo que impulsa mecanismos de mercado para que el carbono capturado en los suelos se convierta en una fuente de ingresos adicional.

Su Iniciativa de Carbono, ya en marcha en países como Estados Unidos y Brasil, recompensa a los agricultores que adoptan prácticas sostenibles y verificables de captura de carbono. De este modo, se pone de manifiesto que la sostenibilidad no tiene por qué ser un lujo o un coste añadido, sino una vía para mejorar la rentabilidad de las explotaciones.

Descarbonización, digitalización y biotecnología al servicio del campo

La transición hacia una agricultura regenerativa y baja en carbono no solo pasa por cambiar la forma de trabajar las parcelas, sino también por transformar la cadena de valor completa. Bayer, por ejemplo, está aplicando su estrategia de descarbonización a sus propias instalaciones, como refleja su proyecto en Chiapas, donde ha instalado junto con Iberdrola México un sistema solar de 300 kW en una de sus plantas para reducir su huella energética y avanzar hacia el uso de energías renovables.

Paralelamente, el avance de la agricultura digital está redefiniendo cómo se toman las decisiones en el campo. Gracias a herramientas de precisión, los productores pueden aplicar fertilizantes, agua o productos de protección solo cuando y donde son realmente necesarios, reduciendo el despilfarro de insumos, los costes y las emisiones asociadas.

La biotecnología y la mejora genética de cultivos también juegan un papel importante, al permitir variedades más resistentes a sequías, altas temperaturas y ciertas plagas. Combinadas con prácticas regenerativas, estas innovaciones pueden incrementar de forma notable la capacidad de los sistemas agrícolas para soportar escenarios climáticos cada vez más extremos.

A todo ello se suman tecnologías de protección biológica y sistemas de riego inteligentes que ayudan a reducir la dependencia de plaguicidas sintéticos y a optimizar el uso del agua. Sensores de humedad, riego por goteo de alta eficiencia o sistemas automatizados de riego ajustados a la meteorología son ya herramientas habituales en muchas explotaciones que apuestan por la modernización.

Según datos recogidos por El Economista, el reto sigue siendo enorme: la agricultura es responsable de aproximadamente una cuarta parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, pero a la vez es uno de los sectores con mayor capacidad de revertir esta situación si adopta masivamente enfoques regenerativos y tecnologías bajas en carbono.

Desde los maizales mexicanos hasta los arrozales asiáticos, pasando por los viñedos mediterráneos o las huertas frutícolas europeas, miles de agricultores están demostrando que es posible enfrentarse al cambio climático con innovación, ciencia aplicada y compromiso con la tierra. Su labor, muchas veces discreta, es clave para que el planeta pueda seguir alimentando a una población creciente sin sobrepasar los límites ecológicos.

Todo lo anterior muestra que la agricultura regenerativa no es una moda pasajera ni un simple eslogan, sino un nuevo marco de trabajo que combina ciencia, tecnología, conocimiento campesino y responsabilidad social para rediseñar el futuro del sector agrario. Con apoyo político, inversión público-privada, formación técnica y consumidores dispuestos a apostar por productos que cuiden la tierra, este enfoque puede convertirse en uno de los grandes pilares de la transición ecológica global.

Agricultura regenerativa
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