
España vuelve a volcarse con el certamen Árbol del Año, un concurso que busca destacar aquellos ejemplares que, además de su valor botánico, atesoran una fuerte carga histórica, social y emocional para su entorno. En la actual edición nacional, dos candidatos muy especiales concentran gran parte de la atención ciudadana: un ficus centenario en Sevilla y un almez emblemático en Zaragoza, ambos respaldados por campañas de apoyo y movilización vecinal.
Más allá de la simple belleza paisajística, estos árboles se han convertido en auténticos símbolos de barrio y de ciudad, testigos silenciosos de varias generaciones y de cambios urbanos profundos. La votación popular, abierta hasta mediados de diciembre, será la que determine qué ejemplar se alza con el título estatal y, en consecuencia, quién representará a España en el concurso europeo, donde se pone el foco en el patrimonio natural compartido por distintas comunidades del continente.
El ficus del CEIP Huerta de Santa Marina: un siglo de sombra y escuela en Sevilla

En pleno Casco Antiguo de Sevilla, el ficus del CEIP Huerta de Santa Marina se ha ganado, con el paso del tiempo, un lugar destacado en la memoria colectiva del barrio. Plantado tras la Exposición Iberoamericana de 1929 y reubicado alrededor de 1934, cuando el colegio todavía se conocía como Padre Manjón, este ejemplar lleva casi cien años, como otros árboles centenarios, dando sombra a generaciones de niñas y niños en sus recreos, juegos y actividades escolares.
El árbol no es solo un elemento decorativo del patio, sino que forma parte de lo que muchos vecinos consideran el patrimonio natural y emocional de Sevilla. Bajo sus ramas se han celebrado graduaciones, actividades educativas al aire libre y encuentros vecinales, hasta el punto de que para buena parte del barrio resulta difícil imaginar la escuela sin su presencia. Ese arraigo ha sido una de las claves de su selección dentro del certamen nacional.
En la edición en curso, este ficus ha sido escogido como el único representante andaluz en la competición estatal de Árbol del Año. La candidatura cuenta con el respaldo institucional del Ayuntamiento de Sevilla, cuyo alcalde ha subrayado públicamente la importancia de apoyar este tipo de reconocimientos, que ponen en valor la conexión entre educación pública y conservación del arbolado urbano.
Durante una visita al centro, el regidor sevillano recalcó que este ejemplar es un símbolo vivo de la historia de la ciudad, ligando su trayectoria a la apuesta por un patrimonio natural que acompañe a la comunidad educativa. El mensaje institucional ha sido claro: para tener opciones reales de victoria, es imprescindible movilizar al máximo número posible de vecinos de Sevilla, de Andalucía y del resto del Estado.
La participación de la ciudadanía se canaliza a través de la votación en la web oficial del concurso, donde cada persona puede elegir su árbol favorito entre las diferentes candidaturas y categorías propuestas. La organización ha fijado el 16 de diciembre como fecha límite para emitir el voto, lo que deja unas semanas decisivas en las que la difusión en redes sociales y en medios locales se ha intensificado de forma notable.
Si este ficus histórico logra situarse en el primer lugar de la clasificación nacional, tendrá la oportunidad de representar a España en el certamen europeo de Árbol del Año. Para Sevilla y para Andalucía, supondría ver su nombre en un escaparate internacional en el que se pone en valor la gestión y defensa de los árboles singulares como parte del legado común europeo.
El almez del parque Bruil: memoria viva y resistencia urbana en Zaragoza
En Zaragoza, a cientos de kilómetros del patio escolar sevillano, otro árbol concentra las miradas: el almez del parque Bruil, conocido en aragonés como litonero. Se trata de un ejemplar robusto, de gran porte, con tronco liso y corteza gris, que durante décadas ha funcionado como punto de encuentro para vecinos y visitantes en uno de los pulmones verdes de la capital aragonesa.
Este árbol, que se calcula que lleva más de cien años resistiendo los cambios del entorno, ha observado de cerca la evolución histórica del barrio y de la ciudad. Diversos divulgadores ambientales lo describen como un “símbolo de vida y esperanza”, especialmente relevante en un contexto de presión sobre los espacios verdes urbanos y de debates recurrentes sobre el futuro del propio parque Bruil.
La historia reciente del almez está marcada por un episodio de alerta ciudadana. En 2015, varias asociaciones reclamaron al Ayuntamiento de Zaragoza la intervención de expertos en arboricultura ante los signos de deterioro que presentaba el ejemplar. Una de las principales preocupaciones era la compactación del suelo a su alrededor, que podía comprometer la salud de las raíces y, en consecuencia, su crecimiento a medio y largo plazo.
Tras estas denuncias y peticiones, en 2017 el consistorio decidió vallar y proteger el entorno inmediato del árbol, limitando el tránsito y otras actividades que pudieran causarle estrés. Según destacan las entidades promotoras de su candidatura, estas medidas han permitido que el almez recupere buena parte de su esplendor y se mantenga hoy frondoso y vigoroso, como ejemplo de lo que puede lograrse cuando se combina movilización ciudadana y gestión municipal.
El parque Bruil, donde se ubica el almez, tiene también una trayectoria singular. En el pasado, estos terrenos pertenecieron a frailes agustinos y más tarde pasaron a manos del banquero Juan Bruil, que convirtió la zona en una finca con gran variedad de árboles y arbustos. A mediados de los años 80 se contabilizaban todavía alrededor de un millar de ejemplares de unas cincuenta especies distintas, lo que convertía el espacio en una de las áreas con mayor riqueza botánica de la ciudad.
Con el paso del tiempo, aquel entorno ha acogido usos muy diversos: llegó a albergar el campo de fútbol del Real Zaragoza, un canódromo e incluso un parque de automóviles durante la guerra civil. Pese a los cambios y las distintas etapas, el almez se mantuvo en pie, actuando como testigo de transformaciones sociales, deportivas y urbanísticas. En 1956, el Ayuntamiento adquirió finalmente la finca para convertirla en el actual parque público que conserva el apellido de su antiguo propietario.
Hoy, este árbol se describe como un testigo vivo de la historia del barrio y de la ciudad, un elemento que refleja el respeto a la naturaleza de varias generaciones y que, al mismo tiempo, simboliza las luchas vecinales por proteger el arbolado frente a talas, podas agresivas o proyectos urbanísticos controvertidos. En un contexto de aumento de las temperaturas y olas de calor, su copa se percibe además como un refugio climático esencial para disfrutar del parque en los meses más calurosos.
La candidatura del almez al título de Árbol del Año ha surgido del impulso de un amplio movimiento ciudadano. Asociaciones vecinales, culturales, educativas y ecologistas de diferentes barrios cercanos (San Agustín, Tenerías, La Magdalena, San Miguel y Las Fuentes, entre otros) han sumado fuerzas para promover el voto. Muchos de estos colectivos ven en este concurso una ocasión para reivindicar un cambio de rumbo en la política de gestión del arbolado urbano de Zaragoza.
Quienes apoyan la candidatura recuerdan el precedente de la carrasca milenaria de Lecina, en Huesca, que logró en su momento un importante reconocimiento a nivel europeo dentro del mismo certamen. Ese éxito se ha convertido en referencia y en estímulo para quienes defienden que el viejo almez de Bruil también merece un lugar destacado en el mapa europeo de los árboles singulares.
Votaciones, participación ciudadana y foco europeo
El funcionamiento del concurso de Árbol del Año se basa en una votación popular abierta, en la que cualquier persona puede participar a través de la página oficial del certamen. En ella se muestran los distintos candidatos y se ofrece información básica sobre su historia, su entorno y las razones que justifican su protección y puesta en valor.
En esta edición, tanto el ficus del CEIP Huerta de Santa Marina como el almez del parque Bruil comparten un elemento clave: su candidatura está respaldada por una campaña intensa de difusión en medios locales, redes sociales y actividades sobre el terreno. En Sevilla, el Ayuntamiento ha hecho un llamamiento directo para que vecinos y vecinas de toda Andalucía se impliquen, insistiendo en que cada voto puede resultar decisivo en el resultado final.
En Zaragoza, el impulso procede sobre todo de las entidades vecinales y ecologistas, que organizan encuentros y actos de apoyo alrededor del propio parque Bruil. Estos eventos sirven tanto para pedir el voto como para recordar la historia del lugar y subrayar la importancia de mantener y cuidar el arbolado urbano, en un momento en el que diversos colectivos denuncian talas masivas o un deterioro progresivo de los ejemplares existentes.
El plazo para apoyar a los candidatos se extiende hasta el 16 de diciembre, fecha en la que se cerrará la votación y se dará paso al recuento y al anuncio oficial del Árbol del Año a nivel nacional. La expectación es alta, ya que de esta elección depende qué ejemplar viajará, al menos de forma simbólica, al siguiente escenario: el concurso europeo, donde competirán árboles seleccionados de distintos países.
Aunque la pugna entre el ficus sevillano y el almez zaragozano aparece a menudo en titulares y debates locales, ambos comparten un mensaje de fondo: la necesidad de reconocer el valor de la naturaleza integrada en el tejido urbano. Tanto los patios escolares como los parques históricos se están convirtiendo en espacios clave para afrontar retos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la búsqueda de entornos más habitables.
De fondo late una reflexión más amplia sobre cómo se conciben las ciudades y los pueblos en España y en Europa. La protección de estos árboles no se limita a conservar un ejemplar aislado, sino que plantea cambios de enfoque en la planificación urbana, priorizando el verde, la sombra y la biodiversidad frente a modelos más duros, con predominio del hormigón y la falta de refugios climáticos.
El papel de los árboles singulares en las ciudades europeas
El certamen de Árbol del Año no solo subraya la singularidad de algunos ejemplares concretos, sino que contribuye a poner sobre la mesa el papel estratégico de los árboles en las ciudades europeas. En los últimos años, muchas urbes han comenzado a reforzar sus políticas de renaturalización, conscientes de que el arbolado urbano mejora la calidad del aire, reduce el efecto isla de calor y ofrece espacios de bienestar psicológico para la ciudadanía.
En este contexto, ejemplos como el ficus sevillano y el almez zaragozano se convierten en casos prácticos de convivencia entre patrimonio natural y vida cotidiana. Son árboles que no solo se miran, sino que se viven: familias que se reúnen a su sombra, escolares que juegan a su alrededor, asociaciones que se organizan para protegerlos cuando surge una amenaza o un proyecto que puede afectarles.
La experiencia de ciudades españolas que ya han visto reconocido alguno de sus árboles a nivel europeo, como ocurrió con la mencionada carrasca de Lecina, refuerza la idea de que estos concursos pueden tener efectos tangibles. Desde mayor sensibilidad institucional hasta cambios en normativas municipales, pasando por la creación de rutas interpretativas o actividades educativas alrededor de estos ejemplares singulares.
En paralelo, diversos colectivos recuerdan que el reconocimiento simbólico debe ir acompañado de una gestión responsable y sostenida en el tiempo. No basta con obtener un título o un premio puntual si, después, la planificación urbana o las decisiones políticas no garantizan la protección efectiva del arbolado ni se evitan talas innecesarias, podas inadecuadas o presiones urbanísticas excesivas.
A medida que el certamen de Árbol del Año gana visibilidad en España y en otros países europeos, aumentan también las expectativas y el escrutinio público. Cada campaña, cada candidatura y cada decisión final contribuyen a alimentar un debate social sobre el modelo de ciudad que se quiere construir, en el que árboles como el ficus sevillano o el almez zaragozano son algo más que un paisaje bonito: son un recordatorio de la necesidad de convivir con la naturaleza, incluso en los espacios más densamente urbanizados.
La elección que saldrá de las urnas digitales antes de que termine el año no resolverá por sí sola estos retos, pero sí marcará un hito para la comunidad que logre el título y para quienes han trabajado en su defensa. Tanto en Sevilla como en Zaragoza, el resultado servirá para medir hasta qué punto la ciudadanía está dispuesta a implicarse activamente en la protección de su patrimonio verde, y para reforzar la idea de que los árboles singulares pueden ser, al mismo tiempo, memoria, refugio climático y motivo de orgullo compartido.