El picudo rojo de las palmeras se ha convertido en uno de los quebraderos de cabeza más serios para muchos ayuntamientos, tanto en España como en otros países, por el impacto que tiene en el paisaje urbano y en la seguridad de las personas. La plaga, capaz de provocar la muerte de una palmera desde dentro y sin dar apenas señales visibles al principio, está obligando a las administraciones a ponerse las pilas con planes de detección temprana, trampeo y tratamientos cada vez más estructurados.
Trampas con feromonas para vigilar y reducir la plaga

En algunos municipios españoles se ha optado por colocar trampas específicas para el picudo rojo con el fin de saber si el insecto está ya presente en las palmeras del término municipal y, al mismo tiempo, bajar su población. El área de Servicios de uno de estos ayuntamientos ha explicado que el objetivo es doble: por un lado, el trampeo masivo ayuda a capturar un elevado número de hembras, lo que reduce el potencial reproductor de la plaga; por otro, permite recopilar datos objetivos para decidir qué tratamientos aplicar y con qué intensidad.
El sistema utilizado se basa en equipos de plástico con forma piramidal, diseñados para instalarse sobre el suelo, cerca de las palmeras, y sin necesidad de enterrarlos. El cierre permite que los insectos, atraídos por las feromonas colocadas en el interior, entren con facilidad pero queden atrapados sin posibilidad de salir. Esta técnica de monitoreo es hoy una de las herramientas más extendidas para saber si la plaga está activa en una zona concreta.
Un aspecto que se recalca desde el Consistorio es la inocuidad de las feromonas empleadas. Aunque las trampas puedan despertar la curiosidad de perros u otras mascotas, se insiste en que las sustancias utilizadas no suponen un riesgo para su salud. Aun así, se pide a la ciudadanía que no manipule las trampas y que procure que los animales de compañía no se acerquen, de forma que el sistema pueda funcionar con normalidad.
Este tipo de actuación no se limita a un único espacio, sino que se ha planificado una red de puntos estratégicos para cubrir el máximo de ejemplares posibles. En un municipio del norte peninsular, por ejemplo, se han seleccionado cuatro zonas clave para el trampeo: el Parque de Markonzaga, la zona de Sotera de la Mier, el jardín de Kueto y la Residencia Municipal Juan Ellacuría, donde se concentran varias palmeras públicas que sirven de referencia para valorar la presencia del insecto.
Una vez analizados los resultados de las capturas, los servicios municipales valoran si basta con mantener el monitoreo y el trampeo preventivo o si es necesario dar un paso más y aplicar tratamientos fitosanitarios, bien de manera puntual en ejemplares concretos, bien como parte de un programa más amplio en todo el arbolado de palmeras de la localidad.
Un insecto invasor que se extiende y amenaza el paisaje urbano

El picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) es un gorgojo originario del sudeste asiático que se ha ganado la fama de ser una de las plagas más devastadoras para las palmeras en todo el mundo. En el ámbito europeo y mediterráneo se ha expandido con rapidez, y en el caso de España se ha ido desplazando desde las islas y el sur peninsular hacia el norte, alcanzando ya áreas de la costa cantábrica donde hace unos años apenas se le mencionaba.
El verdadero daño lo provocan las larvas que perforan el interior del tronco, abriendo galerías que pueden superar con facilidad el metro de longitud. Mientras se alimentan del tejido interno del árbol, las palmeras siguen aparentando normalidad durante un tiempo, de ahí que la detección temprana sea tan complicada. Los primeros síntomas suelen apreciarse en la degradación progresiva del penacho de hojas, que empiezan a caer, a doblarse o a mostrar un aspecto desordenado, hasta que finalmente el ejemplar entra en una fase irreversible de declive y muerte si no se actúa a tiempo.
Más allá de la pérdida de cada árbol en particular, los técnicos municipales insisten en que el problema tiene una dimensión patrimonial y de identidad local. En ciertos municipios costeros y de tradición indiana, como Oleiros, las palmeras no son un elemento cualquiera: durante décadas han sido un símbolo de éxito de quienes regresaban de América y una parte muy reconocible del paisaje. La expansión del insecto, una amenaza para las palmeras, está poniendo en jaque ese componente histórico y sentimental, además del valor ornamental de calles, paseos y jardines.
El riesgo, además, no se queda en lo estético. Una palmera muy afectada puede perder estructura de manera brusca, provocando caídas de partes del tronco o del penacho superior con el consiguiente peligro para peatones, vehículos y edificios cercanos. Este aspecto de seguridad está pesando cada vez más en las decisiones de tala y poda de ejemplares muy dañados, sobre todo en parques y viales con mucho tránsito.
El avance del picudo rojo en otras regiones del mundo refuerza la preocupación en Europa. En Sudamérica, por ejemplo, la plaga se detectó por primera vez en Uruguay en 2022 y desde entonces se considera un riesgo elevado para los palmares urbanos y productivos de países vecinos. Allí ya se están desarrollando talleres técnicos, simulacros de inspección y protocolos de actuación para no repetir errores y reaccionar con mayor rapidez ante los primeros focos.
Oleiros y Marbella: dos ejemplos de la lucha contra el picudo rojo
En el municipio coruñés de Oleiros, donde las palmeras forman parte del carácter local, el problema del picudo rojo lleva años generando inquietud. El Concello tiene censadas 156 palmeras de titularidad municipal, y actualmente se reconoce que en torno a una decena están ya afectadas por la plaga y en tratamiento. El objetivo de estas intervenciones es doble: intentar salvar los ejemplares que aún tienen margen de recuperación y, al mismo tiempo, evitar que actúen como foco de contagio para el resto. Para casos de mantenimiento y reposición de arbolado, ayuntamientos como el de Ceuta han puesto en marcha planes de actuación similares a los de otras localidades (mantenimiento de palmeras).
Los responsables municipales señalan, no obstante, que la batalla no se libra únicamente en los espacios públicos. Una parte considerable de los ejemplares afectados se encuentra en fincas privadas, donde no siempre se aplican medidas de control ni se retiran las palmeras muertas con la rapidez necesaria. Este punto se ha convertido en uno de los cuellos de botella más serios, porque una sola palmera abandonada puede servir de reservorio para que el insecto continúe expandiéndose por el entorno. Por eso se insiste en la labor de propietarios y comunidades para actuar con rapidez.
Para hacer frente a esta situación, en Oleiros incluso se ha recurrido a campañas de sensibilización muy visibles. En 2023, los carteles luminosos municipales exhibieron mensajes como “Peste do picudo. Salvemos as palmeiras”, con la intención de animar a los vecinos a actuar ante los primeros síntomas y a avisar a los servicios correspondientes en cuanto detectasen una palmera con aspecto sospechoso. Iniciativas de planificación y vigilancia similares a las aplicadas en ciudades con planes preventivos muestran la eficacia de la comunicación (planes preventivos).
Pese a estos esfuerzos, la plaga sigue dejando huella en el municipio y en sus recuerdos asociados a las palmeras de los antiguos indianos. En no pocas fincas particulares apenas queda el tronco en pie, sin hojas y sin posibilidad de recuperación, lo que refuerza el llamamiento del Concello a retirar los restos de manera adecuada para que el insecto no siga completando su ciclo en esas estructuras ya muertas.
Más al sur, el Ayuntamiento de Marbella también se ha visto obligado a tomar medidas contundentes. En el núcleo de San Pedro Alcántara, la presencia del picudo rojo en palmeras del género Phoenix se ha sumado a otras plagas que afectan a distintas especies del parque de Los Tres Jardines, uno de los espacios verdes de mayor extensión del municipio. Ante el deterioro de la arboleda, el Consistorio ha recurrido a una contratación de emergencia para inspecciones y talas, con un presupuesto que ronda los 101.000 euros.
Talas de emergencia y tratamientos fitosanitarios
La decisión de talar una palmera no se toma a la ligera, pero la combinación de plagas agresivas y falta de mantenimiento previo ha llevado a algunos ayuntamientos a declarar situaciones de emergencia. En San Pedro Alcántara, por ejemplo, junto al picudo rojo que ataca con especial dureza a las palmeras Phoenix, se han detectado otros problemas sanitarios en pinos, cipreses y especies diversas, lo que ha obligado a plantear un plan integral de actuación en el parque de Los Tres Jardines.
El expediente municipal subraya que la eliminación de ejemplares se prolongará solo mientras dure la situación de emergencia, y que la prioridad es reducir los riesgos inmediatos para las personas y el resto de la vegetación. Paralelamente, se están aplicando tratamientos fitosanitarios e incluso productos revitalizantes en árboles que todavía pueden recuperarse, con la intención de frenar los daños antes de llegar al punto de no retorno.
En el caso concreto de las palmeras afectadas por el picudo rojo, los técnicos recalcan que, cuando el ataque está muy avanzado y el cogollo se ha perdido por completo, la tala y la correcta gestión de los restos se convierten en la única salida realista. Dejar una palmera muerta en pie, ya sea en un espacio público o en una finca privada, significa mantener un foco activo de la plaga durante meses, con el consiguiente riesgo de que el insecto siga colonizando otros ejemplares cercanos.
Algunos gobiernos locales han aprovechado esta coyuntura para replantear, al menos en parte, el diseño de sus zonas verdes. Tras la pérdida de numerosas palmeras, se ha propuesto introducir especies alternativas más resistentes, como determinados arbustos o árboles autóctonos, con el fin de diversificar el arbolado y evitar que una sola plaga pueda cambiar por completo el aspecto de un parque o de una avenida en poco tiempo.
Junto a las talas, se están reforzando los controles periódicos y los programas de vigilancia, intentando detectar los síntomas iniciales en el mayor número posible de ejemplares. Esta estrategia pasa necesariamente por la coordinación entre áreas municipales y, en muchos casos, por la colaboración con empresas de jardinería, viveros y especialistas en sanidad vegetal.
La clave: detección temprana y colaboración ciudadana
Uno de los mensajes que más repiten los técnicos es que, frente al picudo rojo, llegar pronto marca la diferencia. La inspección visual de la corona de la palmera, la observación de hojas descolocadas, secas o con un extraño decaimiento, así como la atención a ruidos o presencia de serrín en la base de las hojas, son señales que pueden ayudar a localizar focos en fases iniciales, cuando aún hay margen para aplicar tratamientos de salvamento.
En localidades donde el número de palmeras es elevado, la tarea de vigilancia no puede recaer únicamente en los servicios de jardinería municipales. De ahí que se insista tanto en la implicación de los propietarios de fincas privadas y de comunidades de vecinos. Se les solicita que comuniquen cualquier sospecha, que contraten servicios especializados cuando detecten síntomas y que procedan a retirar y gestionar adecuadamente las palmeras muertas, evitando así que se conviertan en criaderos de la plaga.
Algunos ayuntamientos han recurrido ya a campañas informativas en paneles luminosos, redes sociales y medios locales para explicar, con un lenguaje sencillo, cómo reconocer los signos más habituales de la infestación y cuál es el canal adecuado para trasladar avisos. Este tipo de iniciativas buscan compensar la dificultad de detectar el problema a simple vista y reducir el tiempo que transcurre entre la aparición de los primeros daños y la intervención efectiva.
La experiencia acumulada en otros países y regiones, donde se están organizando talleres técnicos y actividades de campo para perfeccionar los métodos de toma de muestras y manejo de restos, confirma la necesidad de contar con protocolos claros. Aunque el contexto pueda variar, el patrón se repite: sin una combinación de vigilancia constante, rapidez de respuesta y compromiso ciudadano, el picudo rojo termina imponiéndose y obligando a asumir pérdidas importantes en el patrimonio vegetal.
Con todo, los ejemplos de municipios que ya han desplegado trampas de feromonas, han puesto en marcha operativos de tala selectiva y han intensificado los tratamientos fitosanitarios muestran que, aunque la plaga es complicada de erradicar, sí es posible contener su impacto y ganar tiempo para conservar una parte significativa de las palmeras que todavía se mantienen en buen estado.
La sensación general en los ayuntamientos es que el picudo rojo ha pasado de ser un problema puntual a convertirse en un reto estructural de gestión del arbolado urbano. Entre el coste económico de las talas, la necesidad de reconvertir algunos parques, la presión para conservar un paisaje muy ligado a la identidad local y la exigencia de garantizar la seguridad de vecinos y visitantes, la plaga obliga a planificar a medio y largo plazo. Allí donde se combinan trampeo, tratamientos, vigilancia y colaboración ciudadana, el impacto es más llevadero y se abre la puerta a mantener, pese a todo, una parte importante del palmeral que define tantas ciudades y pueblos.
