
El incremento de infestaciones de pulgón en cultivos de hoja, especialmente en lechugas y brásicas, ha encendido las alarmas en el sector agrícola español y europeo. En muchas explotaciones, los productores se encuentran con poblaciones de pulgón difíciles de contener, justo en un momento en el que varias materias activas químicas tradicionales han salido del mercado comunitario.
Asociaciones como IBMA España advierten de que esta situación no ha llegado por sorpresa. Para la organización, la retirada planificada de insecticidas como el spirotetramat, marcada por el Reglamento (UE) 2022/489 y otros cambios normativos, evidenciaba desde hace años la necesidad de ir incorporando alternativas biológicas dentro del manejo de plagas. La amplitud del problema actual pone sobre la mesa la urgencia de acelerar esa transición hacia estrategias de biocontrol y manejo integrado de plagas más sostenibles.
Un escenario de presión creciente del pulgón
En los últimos años, técnicos y agricultores han constatado un aumento notable de las poblaciones de pulgón en cultivos de hoja, con especial incidencia en lechuga y diferentes tipos de brásicas. La retirada del spirotetramat y de otras materias activas ha dejado un vacío en el arsenal químico que muchos productores utilizaban de forma rutinaria.
Desde IBMA se subraya que la imposibilidad legal de seguir empleando estas sustancias era conocida con antelación suficiente, pero no siempre se ha traducido en una planificación adecuada. La asociación considera que la falta de previsión a la hora de introducir estrategias alternativas de control —principalmente basadas en enemigos naturales y productos biológicos— ha contribuido a que el pulgón se dispare en determinadas zonas y campañas.
El problema no se limita al simple aumento de la plaga. La reducción del número de materias activas químicas disponibles y el uso intensivo de las que permanecen en el mercado han favorecido la aparición de resistencias en algunas poblaciones de insectos. Esto hace que determinados tratamientos pierdan eficacia campaña tras campaña, obligando a buscar soluciones más diversificadas y sostenibles.
En este contexto, la gestión de plagas vuelve al centro del debate agrario, con una pregunta recurrente entre los productores: cómo mantener a raya al pulgón garantizando al mismo tiempo la viabilidad económica de las explotaciones y el cumplimiento de los requisitos regulatorios y de mercado en materia de residuos.
Herramientas de biocontrol: cuatro grandes bloques
Frente a este escenario, el sector dispone ya de diversas herramientas de biocontrol específicamente orientadas al manejo del pulgón en cultivos de lechuga y brásicas. Estas soluciones pueden agruparse en cuatro categorías principales: sustancias naturales, semioquímicos, macroorganismos (fauna auxiliar) y microorganismos.
Dentro de los macroorganismos o fauna auxiliar, la experiencia de campo ha demostrado la utilidad de diferentes parasitoides y depredadores. Destacan las especies del género Aphidius, que parasitan pulgones, junto con insectos depredadores como Aphidoletes aphidimyza, así como sírfidos como Sphaerophoria rueppellii y Episyrphus balteatus. También se emplean crisopas (Chrysoperla carnea), cuyas larvas se alimentan activamente de colonias de pulgón.
El uso de esta fauna auxiliar se basa en protocolos de sueltas planificadas, habitualmente desde el inicio del cultivo o incluso antes de detectar visualmente la plaga. En numerosos programas se combinan estas liberaciones con plantas reservorio, que sirven de refugio y fuente de alimento para los insectos beneficiosos adultos, favoreciendo su instalación temprana y su permanencia en la parcela.
En paralelo, el grupo de las sustancias naturales ofrece una batería de productos comerciales ya registrados. En España se dispone de formulaciones a base de piretrinas, azadiractina y aceite de colza, entre otras. Se trata de soluciones que, aplicadas con el momento y la dosis adecuados, pueden complementar muy bien la acción de los enemigos naturales y reforzar el control del pulgón en fases críticas del cultivo.
El cuarto bloque lo constituyen los microorganismos entomopatógenos. En el caso español, están autorizados varios formulados a base del hongo Beauveria bassiana, un patógeno de insectos que infecta y debilita a los pulgones. En otros países europeos existe un número mayor de productos basados en microorganismos, lo que amplía las posibilidades de diseño de programas de manejo integrado adaptados a cada sistema productivo.
Un pilar dentro del Manejo Integrado de Plagas
IBMA y otros actores del sector reiteran que el enfoque más consistente para la sanidad vegetal es el Manejo Integrado de Plagas (MIP). Este modelo no se limita a sustituir un producto químico por uno biológico, sino que combina distintas herramientas biológicas, agronómicas y, cuando es imprescindible, sustancias químicas compatibles con el medio ambiente y la salud de quienes producen y consumen los alimentos.
En ese esquema, el biocontrol ocupa un papel central. Las sueltas de insectos beneficiosos, el uso racional de sustancias naturales y la aplicación de microorganismos permiten reducir la dependencia de los insecticidas de síntesis, limitar la aparición de resistencias y mantener unas producciones más alineadas con las exigencias de los mercados europeos en materia de residuos.
Una de las ventajas que más se destaca desde la industria del biocontrol es que muchas soluciones biológicas no generan residuos apreciables en cosecha y no requieren plazos de seguridad antes de la recolección. Esto otorga una flexibilidad operativa importante, especialmente en cultivos de ciclo corto como la lechuga, donde las ventanas de tratamiento pueden ser muy reducidas.
Con todo, los expertos insisten en que el éxito de estas estrategias depende en gran medida de la planificación preventiva y del cumplimiento riguroso de los protocolos técnicos. No se trata de esperar a que el pulgón alcance niveles dañinos para actuar, sino de implementar un programa continuo que mantenga las poblaciones por debajo del umbral de daño económico.
En la práctica, esto implica ajustar las fechas de suelta de fauna auxiliar, elegir correctamente las especies y dosis, coordinar el uso de sustancias naturales para que sean compatibles con los organismos beneficiosos y aprovechar al máximo las herramientas agronómicas (rotaciones, manejo de bordes, selección de variedades, etc.) que ayuden a reducir la presión de la plaga.
Retos técnicos: conocimiento y asesoramiento especializado
Aunque las herramientas de biocontrol están disponibles y han mostrado eficacia en diversos ensayos y explotaciones comerciales, su uso plantea retos técnicos específicos. No se pueden manejar como un insecticida químico convencional de “aplicar y olvidar”, sino que requieren un seguimiento más cercano de la evolución de la plaga, del clima y del estado del cultivo.
Desde el sector se recalca que más que una limitación técnica estricta, lo que existe es una necesidad de formación y asesoramiento. Los productos de biocontrol funcionan bien cuando se integran en programas de MIP diseñados con criterio, teniendo en cuenta las interacciones entre los distintos agentes, la biología del pulgón y las particularidades de cada finca.
En cultivos al aire libre como las brásicas, factores como la temperatura, la humedad relativa o la presencia de refugios naturales pueden influir de manera decisiva en el comportamiento tanto de la plaga como de los organismos auxiliares. De ahí que se insista en la importancia del acompañamiento por parte de técnicos cualificados capaces de adaptar las recomendaciones a cada situación concreta.
La experiencia acumulada en explotaciones que llevan años trabajando con biocontrol muestra que, cuando se respetan los protocolos y se actúa de forma anticipada, es posible mantener un buen nivel de control del pulgón sin recurrir de forma sistemática a moléculas químicas de amplio espectro.
En este sentido, muchas empresas de biocontrol y entidades sectoriales están reforzando la formación a distribuidores, asesores y agricultores, con el objetivo de que el uso de estas soluciones deje de percibirse como algo complejo y pase a integrarse como una herramienta habitual de la caja de herramientas del MIP.
Un marco regulatorio que se queda atrás
Más allá de los aspectos técnicos, uno de los grandes condicionantes para el desarrollo del biocontrol en Europa es el marco regulatorio vigente. El sistema de autorización de productos fitosanitarios está basado en el Reglamento (CE) nº 1107/2009, diseñado principalmente para sustancias químicas convencionales, con dossieres extensos y procesos de evaluación largos y complejos.
El resultado es que muchos productos de biocontrol —especialmente los basados en microorganismos y otras soluciones biológicas— deben someterse a procedimientos que pueden prolongarse durante una década o más. Este desfase entre el ritmo de innovación tecnológica y la velocidad de evaluación administrativa retrasa la llegada de nuevas herramientas al campo y limita las opciones de los agricultores para implementar estrategias de manejo integrado completas.
En España, los llamados organismos de control biológico (OCBs), como insectos, ácaros y nematodos entomopatógenos, se regulan también mediante normativa específica (Real Decreto 534/2017) cuando se trata de especies autóctonas, un sistema que el sector considera relativamente ágil. Sin embargo, para el resto de productos de biocontrol que caen bajo el paraguas del Reglamento 1107/2009, los tiempos de evaluación siguen siendo excesivamente largos.
Esta situación contrasta con lo que ocurre en otros países fuera de la Unión Europea, donde la agilización de los procedimientos ha permitido disponer de un catálogo más amplio de soluciones biológicas en un periodo de tiempo menor. Para asociaciones como IBMA, esta diferencia competitiva dificulta que los agricultores europeos respondan con rapidez a problemas emergentes como los picos de infestación de pulgón.
Ante este escenario, el sector del biocontrol viene reclamando desde hace años un marco regulatorio más adaptado a la naturaleza y al perfil de riesgo de estos productos, sin renunciar en ningún caso a los estándares de seguridad que exige la legislación comunitaria.
El Paquete Ómnibus como oportunidad
En respuesta a estas demandas, la Comisión Europea ha presentado el llamado Paquete Ómnibus de Simplificación, una iniciativa que pretende ajustar y agilizar ciertos procedimientos, especialmente en lo relativo a productos de biocontrol y otras soluciones de bajo riesgo. Para IBMA, se trata de una oportunidad importante para modernizar el sistema y hacerlo más coherente con los objetivos de sostenibilidad de la UE.
Entre las medidas planteadas, se contempla avanzar hacia una definición armonizada de biocontrol a escala europea, priorizar la evaluación de estas soluciones frente a otras categorías de productos y abrir la puerta a autorizaciones provisionales para nuevas sustancias activas biológicas mientras se culmina el proceso completo de evaluación.
Asimismo, el Paquete Ómnibus apunta a una mayor armonización del mercado interior, reduciendo diferencias entre Estados miembros y facilitando que una misma herramienta pueda estar disponible en varios países sin tener que repetir procesos complejos en cada uno de ellos.
La clave, según subraya IBMA, es que esta simplificación administrativa no se interprete como una rebaja de los niveles de protección, sino como una adaptación inteligente de los requisitos al perfil de riesgo real que presentan los productos biológicos. En la práctica, esto podría traducirse en plazos de aprobación más cortos y en un acceso más rápido de los agricultores a innovaciones que ya han demostrado su seguridad y eficacia.
Las medidas incluidas en el Paquete Ómnibus deberán ser valoradas y adoptadas por los Estados miembros y por las propias instituciones comunitarias. El sector confía en que su correcta implementación abra una vía más despejada para el desarrollo del biocontrol en Europa en los próximos años.
Hacia una agricultura más resiliente y sostenible
La situación provocada por el aumento de las infestaciones de pulgón en lechugas y brásicas ha dejado claro que la resiliencia de los sistemas agrícolas frente a las plagas no puede depender de un número limitado de materias activas químicas. La experiencia de esta y otras campañas está empujando a muchos productores a replantearse sus estrategias de protección de cultivos.
Para IBMA España y otros actores del sector, la respuesta pasa por una combinación equilibrada de innovación tecnológica, planificación agronómica y marcos regulatorios adecuados. El desarrollo de nuevas soluciones de biocontrol, unido a una mejor formación en manejo integrado de plagas, permitirá ofrecer a los agricultores herramientas más flexibles y adaptadas a los desafíos actuales.
Lejos de ser una solución puntual, el biocontrol se está consolidando como un componente estructural del MIP, con capacidad para reducir la dependencia de los plaguicidas de síntesis, minimizar residuos y contribuir a la sostenibilidad económica y ambiental de las explotaciones.
En la medida en que los programas de sueltas de fauna auxiliar, el uso de microorganismos como Beauveria bassiana y la aplicación de sustancias naturales se vayan generalizando y ajustando a cada realidad productiva, los agricultores contarán con un abanico más amplio de opciones para mantener bajo control al pulgón sin poner en riesgo la seguridad alimentaria ni la competitividad de sus cultivos.
Todo apunta a que, si el marco normativo europeo acompaña y se consolida una cultura de manejo integrado bien asesorada, el biocontrol y el MIP se convertirán en piezas clave para afrontar no solo el reto actual del pulgón en cultivos de hoja, sino también otras plagas que puedan ganar protagonismo en un contexto de cambios regulatorios y climáticos acelerados.

