Biodiversidad del suelo y sostenibilidad: ciencia, riesgos y prácticas que funcionan

  • La biodiversidad del suelo sostiene la fertilidad, el agua y el clima, y respalda el 95% de los alimentos.
  • Prácticas intensivas reducen la vida edáfica hasta un 70% en zonas europeas; urge cambiar el manejo.
  • Soluciones como rotaciones, cubiertas, abonos orgánicos y agroforestería elevan productividad y resiliencia.
  • Proyectos europeos y la Ley de Vigilancia del Suelo impulsan herramientas y buenas prácticas para 2050.

Biodiversidad del suelo y sostenibilidad

Si cogiéramos una cucharada de tierra, allí vivirían más seres que personas hay en el planeta, un universo oculto del que apenas conocemos una fracción y del que dependen nuestra comida y el clima. En ese pequeño puñado conviven bacterias, hongos, protistas, nematodos, lombrices y un sinfín de organismos cuya actividad mantiene vivos los ecosistemas y sostiene la agricultura. La biodiversidad del suelo no es una curiosidad científica: es el motor silencioso de la fertilidad, del agua que infiltra el terreno y de la salud de las plantas.

Sin embargo, ese tesoro está bajo presión. El cambio climático y determinadas prácticas humanas —laboreo intensivo, monocultivos, exceso de fertilizantes y pesticidas, compactación por maquinaria o sellado urbano— están mermando la diversidad biológica edáfica a un ritmo preocupante. Fuentes como FAO e IPBES alertan de una tasa de extinción entre 100 y 1.000 veces superior a la natural y de que el suelo se pierde entre 13 y 18 veces más rápido de lo que se forma. En paralelo, Europa impulsa estrategias para frenar esta degradación, reducir insumos y poner en valor al suelo como lo que es: un sistema complejo y vivo, y no un mero sustrato donde anclar raíces.

Qué entendemos por biodiversidad del suelo

La biodiversidad del suelo es la variedad de organismos que habitan bajo nuestros pies y sus interacciones, incluyendo diversidad de especies, genética y de funciones, además de los nichos ecológicos que ocupan. Abarca desde los microbios y microfauna (menos de 100 micras) hasta la mesofauna (100 micras a 2 mm) y la macrofauna (más de 2 mm), con grupos tan dispares como bacterias, hongos, protozoos, ácaros, colémbolos, rotíferos, tardígrados, nematodos, larvas de insectos y lombrices; incluso las raíces de las plantas se consideran parte del sistema por sus relaciones simbióticas. Se estima que el suelo alberga en torno a una cuarta parte de la biodiversidad de la Tierra, y en términos generales entre un cuarto y un tercio de todos los organismos vivos del planeta.

La realidad es que hemos identificado solo una mínima parte de esa vida subterránea: aproximadamente se conoce cerca del 80% de las plantas, pero apenas alrededor del 1% de los microorganismos del suelo. Esa laguna de conocimiento dificulta dimensionar su valor y, sobre todo, entender cómo se organizan las redes que conectan a estos seres, redes que resultan esenciales para el buen funcionamiento del ecosistema. Esta intrincada trama biológica no es estática, sino altamente dinámica y multifuncional.

Funciones y servicios ecosistémicos: por qué nos importa

La comunidad edáfica ejecuta procesos irrenunciables: descompone la materia orgánica, recicla nutrientes (nitrógeno, fósforo, potasio, azufre, calcio, magnesio y micronutrientes), regula la estructura del suelo, mejora la porosidad y la retención de agua, y reduce la erosión. Mediante relaciones simbióticas y asimbióticas con las raíces, ayuda a la planta a alimentarse y a defenderse, actuando en conjunto como una barrera natural contra plagas y patógenos. Además, el suelo es un relevante reservorio de carbono, con capacidad de secuestrarlo y, por tanto, de modular emisiones de gases de efecto invernadero.

Los datos que ofrece FAO son contundentes: el suelo contribuye directa o indirectamente al 95% de los alimentos que consumimos y procesa alrededor del 90% de la materia orgánica. Dicho de otra manera, sin la biota del suelo, la base de nuestra seguridad alimentaria y de la productividad agrícola se resentiría gravemente. No es casual que, cuando el suelo está sano, también lo esté la planta y la cadena de valor que la rodea, desde rendimientos estables y calidad hasta menos necesidad de insumos.

Hay imágenes potentes que ayudan a fijar esta idea: en cada puñado de tierra puede haber más organismos vivos que estrellas en nuestra galaxia. Algunos son ingenieros del ecosistema, como las lombrices, que excavan galerías que facilitan la infiltración y aireación, o los hongos micorrícicos, que amplían el alcance de las raíces y mejoran la absorción de nutrientes y agua.

Señales de alarma: pérdida y amenazas

En el último siglo se han logrado grandes aumentos de productividad, especialmente desde los años 50, pero a menudo sin medir la factura ecológica. La intensificación basada en la labranza profunda, el monocultivo y los químicos de síntesis actúa como un bumerán: puede subir los rendimientos un tiempo pero degrada el suelo, reduce su biodiversidad y termina por afectar a la rentabilidad. En tierras manejadas de forma intensiva, se han registrado descensos del 50% al 60% en biodiversidad edáfica, con suelos más frágiles y menos resilientes.

La erosión, la salinización, la compactación por maquinaria, la pérdida de materia orgánica por retirada de rastrojos, el desequilibrio químico por fertilización excesiva, la quema de residuos, el riego inadecuado —incluida la salinización en suelos con sales y el uso de aguas residuales— y las invasiones biológicas son factores que erosionan la salud del suelo. A esto se suma el sellado del territorio (carreteras, edificios, aparcamientos), que impide la entrada de agua y aire y remata a la biota subterránea.

El problema no se limita a la agricultura: ciertos manejos ganaderos pueden compactar o desencadenar procesos erosivos. La FAO estima que un 33% de los suelos del mundo está degradado, y un informe europeo de 2022 recoge pérdidas de biodiversidad del suelo de hasta el 70% en zonas con uso intensivo de pesticidas y monocultivos. En Europa, la compactación ha reducido a la mitad algunas poblaciones de lombrices, con todo lo que eso implica para la estructura y fertilidad.

El escenario global presiona: ya superamos los 8.000 millones de habitantes y la respuesta no puede ser más de lo mismo. Incrementar insumos sin reparar en la base biológica del suelo conduce, a la larga, a suelos menos productivos y de peor calidad. De hecho, hay evidencias de que el suelo se está perdiendo 13 a 18 veces más rápido de lo que la naturaleza lo regenera, y junto con esa pérdida se van millones de organismos clave.

Políticas y enfoques que marcan el rumbo

El cambio de paradigma ya asoma en Europa. Estrategias como la de Biodiversidad, De la granja a la mesa, Economía Circular y la del Suelo empujan hacia un modelo que reduce fertilizantes y pesticidas, diversifica y cuida de la base biológica. Entre bastidores hay un giro cultural: el suelo deja de verse como mero soporte inerte y pasa a entenderse como sistema viviente que demanda un manejo delicado y contextualizado.

También hay hitos simbólicos que ayudan a visibilizar su importancia. Cada 5 de diciembre se celebra el Día Mundial del Suelo; la última edición cayó en lunes y sirvió para recordar que el suelo es esencial para el equilibrio de los ecosistemas terrestres. En la agenda internacional, la COP15 de Diversidad Biológica —celebrada en Montreal del 7 al 19 de diciembre— abordó sobreexplotación, especies invasoras y la necesidad de reducir el uso de plaguicidas, toda una declaración de intenciones hacia un modelo más respetuoso con la vida subterránea.

Evidencias científicas de primer nivel

La ciencia avala con fuerza el papel de la biodiversidad edáfica. Un estudio coordinado por la Universidad Pablo de Olavide, publicado en Nature Ecology and Evolution, combinó muestreos en casi un centenar de ecosistemas de todo el mundo —desde desiertos a bosques tropicales y zonas polares— con experimentos de laboratorio para demostrar que múltiples componentes de la biodiversidad del suelo (desde bacterias hasta lombrices) sostienen funciones ecosistémicas clave.

Entre esas funciones están la regulación del clima, la fertilidad del suelo, la producción de alimentos, la descomposición de residuos y el mantenimiento de suelos con menor carga de patógenos y de genes de resistencia a antibióticos. El estudio subraya, además, la necesidad de identificar y proteger especies con especial importancia funcional y muy conectadas en la red trófica, porque su desaparición puede tener efectos en cascada. Y aporta una conclusión valiosa: el impacto de la biodiversidad vegetal sobre el funcionamiento del ecosistema se cataliza, en gran medida, a través de la biodiversidad que reside en el suelo.

Innovación en marcha: el proyecto europeo SoildiverAgro

Financiado con fondos europeos, SoildiverAgro evaluó prácticas y sistemas de cultivo en seis zonas edafoclimáticas de Europa, con quince estudios de caso centrados en patata y trigo, tanto en monocultivo como en sistemas diversificados. Uno de los hallazgos fue el uso de bioestimulantes basados en rizobacterias promotoras del crecimiento vegetal y hongos del suelo no micorrícicos: se redujeron insumos químicos y se mejoró simultáneamente la biodiversidad del suelo, la fertilidad y la calidad de la patata, con menor incidencia de plagas y enfermedades.

El proyecto reportó, además, una reducción del 40% en las emisiones de CO2 manteniendo los rendimientos y la viabilidad económica, un dato especialmente relevante para la transición climática. En otro caso, la introducción de hongos micorrícicos en patata aumentó la biodiversidad del suelo y mejoró su estructura, elevando la productividad y los beneficios de los agricultores, al tiempo que disminuía la contaminación del agua y del suelo gracias a menos fertilización externa.

Para apoyar la toma de decisiones, el consorcio desarrolló una herramienta predictiva de bajo coste que estima parámetros de biodiversidad del suelo a partir de espectroscopia infrarroja y variables climáticas (precipitaciones y temperatura) y edáficas (pH, materia orgánica y textura). Esta solución ayuda a comprender la relación entre organismos del suelo y la prestación de servicios ecosistémicos a escala europea, y puede servir a la propuesta de Ley de Vigilancia del Suelo de la UE, cuyo objetivo es tener todos los suelos sanos en 2050.

Además, se creó una herramienta de ayuda a la decisión que integra prácticas de manejo del trigo con modelos de aprendizaje automático para estimar rendimiento e índices de biodiversidad bacteriana, fúngica y de nematodos. El proyecto publicó directrices con mejores prácticas y un libro blanco con recomendaciones de política, facilitando la adopción de un manejo que a la vez reduzca insumos externos, mejore la biodiversidad y resulte rentable.

Agricultura convencional frente a ecológica y regenerativa

Costes de la intensificación convencional

El arado profundo rompe agregados y destruye poros, haciéndolo más vulnerable a la erosión y mermando su capacidad de almacenar agua y nutrientes; la maquinaria compacta, la química de síntesis altera ciclos biogeoquímicos y elimina microorganismos beneficiosos. Los monocultivos reducen la diversidad vegetal que alimentaba a múltiples organismos del suelo. El resultado: suelos más dependientes de insumos, menos resilientes y con peor estructura.

  • En suelos intensamente cultivados se ha observado una pérdida del 50%-60% de biodiversidad edáfica.
  • El 33% de los suelos del planeta está degradado y en Europa se han reportado descensos de hasta el 70% en biodiversidad del suelo en regiones con alto uso de pesticidas y monocultivos.
  • La compactación ha reducido en un 50% algunas poblaciones de lombrices, empeorando aireación e infiltración, con costes crecientes de recuperación.

Ventajas de los enfoques ecológicos y regenerativos

La agricultura ecológica y la regenerativa apuestan por cuidar la vida del suelo: menos labranza, cultivos de cobertura, rotaciones amplias, agroforestería, abonos orgánicos, manejo del pasto y control biológico. Estas prácticas fomentan la diversidad microbiana y la macrofauna, elevan la materia orgánica y mejoran la estructura, haciendo el sistema más productivo y resiliente.

Hay cifras que lo respaldan: incrementar un 1% la materia orgánica puede aumentar la retención de agua en unos 19.000 litros por hectárea, algo crucial en zonas con estrés hídrico. Sistemas ecológicos han mostrado hasta un 40% más de materia orgánica que los convencionales. En control de plagas, la rotación puede reducirlas un 30-50% y elevar la biodiversidad funcional un 40%, mientras los paisajes diversificados favorecen a los polinizadores, con aumentos cercanos al 25%.

En la dimensión climática, el suelo gestionado de forma sostenible puede secuestrar entre 0,3 y 0,6 toneladas de carbono por hectárea y año, y hay estimaciones que relacionan incrementos del 1% en carbono del suelo con reducciones relevantes de CO2 atmosférico. La eliminación de fertilizantes de síntesis y el compostaje reducen las emisiones de N2O y CO2; se han observado disminuciones del 50% en N2O y del 20-30% en emisiones totales de GEI en fincas ecológicas, mejorando además la competitividad en mercados que valoran la sostenibilidad.

La conservación del hábitat dentro de la finca —setos, franjas florales, corredores ecológicos— crea refugios y alimento para auxiliares y polinizadores. La agroforestería, integrando árboles y cultivos, aporta sombra, microclima y mejora del suelo; estos sistemas elevan la biodiversidad con incrementos en torno al 30% frente a sistemas convencionales, y los corredores pueden aumentar la fauna auxiliar un 60%.

Calidad de los alimentos y salud humana

La conexión entre suelo sano y alimento de calidad es cada vez más nítida. Análisis sensoriales a gran escala comparando hortalizas de sistemas convencionales, ecológicos y de siembra directa han encontrado mejores perfiles de sabor, aroma y textura en los manejos que cuidan la biodiversidad del suelo. Una microbiota edáfica rica facilita la nutrición de la planta y eleva su contenido en compuestos beneficiosos.

Se han detectado concentraciones superiores de antioxidantes como polifenoles y vitaminas (por ejemplo, incrementos de hasta un 20% en vitamina C) en vegetales ecológicos. Esto se traduce en alimentos más nutritivos, con capacidad para apoyar el sistema inmunitario y modular la inflamación. La literatura científica explora, además, cómo la microbiota del suelo y la humana se relacionan: dietas procedentes de suelos vivos parecen favorecer una microbiota intestinal más diversa y estable.

Dentro de las herramientas prácticas, el humus de lombriz destaca por su capacidad para regenerar suelos agotados, impulsar la actividad microbiana y mejorar la estructura. Este tipo de insumos, junto con bioestimulantes, probióticos y prebióticos agrícolas, son piezas útiles en una estrategia que persigue suelos fértiles y alimentos de calidad.

Herramientas y recomendaciones de manejo

El paso del discurso a la acción exige un menú de prácticas contrastadas. Rotar cultivos “rompe” ciclos de plagas y enfermedades y reparte demandas de nutrientes: alternar cereales con leguminosas, por ejemplo, mejora la fijación de nitrógeno y puede elevar rendimientos hasta un 20% frente a monocultivos, además de favorecer una estructura de suelo más estable.

La siembra directa o labranza mínima preserva la arquitectura del suelo y su biota. En contextos con alto riesgo de erosión, ha logrado reducir pérdidas de suelo hasta un 60% en comparación con labranza intensiva. Combinada con cobertura vegetal permanente, ayuda a conservar humedad y a amortiguar extremos climáticos.

Los cultivos de cobertura —tréboles, avenas y otros— protegen el suelo entre campañas, aportan raíces y biomasa, mejoran la estructura y alimentan microorganismos. Hay evidencias de reducciones cercanas al 30% en la lixiviación de nitratos y una disminución de la compactación en fincas que los utilizan de forma sistemática, reforzando la calidad del agua y la salud del suelo.

Los abonos orgánicos (compost, estiércol bien maduro) suministran nutrientes de liberación gradual, incrementan la materia orgánica y estimulan una comunidad microbiana diversa. En huertos ecológicos se han visto aumentos de productividad de alrededor del 25% en el medio plazo, junto con una mejor estructura y porosidad del suelo frente a fertilización exclusivamente mineral.

La agroforestería integra árboles y cultivos —o ganadería— para generar sinergias: barreras contra el viento, sombra, aporte de hojarasca y raíces profundas que movilizan nutrientes. En café y cacao, por ejemplo, se ha observado incremento de la biodiversidad del 30% y mejoras de rendimiento asociadas a microclimas más benignos y mejor salud del suelo.

El Manejo Integrado de Plagas combina control biológico, prácticas culturales y captura masiva (feromonas, trampas) para disminuir la dependencia de insecticidas. Se han documentado reducciones del 40% en el uso de pesticidas con MIP, manteniendo plagas por debajo de umbrales económicos y favoreciendo a los enemigos naturales.

Promover fauna auxiliar con setos, franjas florales y hoteles de insectos incrementa la polinización y el control natural; en hortalizas, se han observado aumentos de polinización cercanos al 20% cuando se crean hábitats adecuados. En el plano del insumo biológico, cobran protagonismo bioestimulantes, probióticos y prebióticos que cuidan la microbiota del suelo.

Para certificar agroecosistemas sostenibles en un contexto de transición ecológica, se necesitan indicadores de biodiversidad del suelo sólidos y operativos. Iniciativas como SOILBIO trabajan en medir el efecto del manejo en extensivos de secano, construyendo métricas de biodiversidad, funcionamiento y salud, información esencial para escalar prácticas regenerativas con garantías.

Casos inspiradores y lecciones aprendidas

En la Ribera del Duero, la inoculación de hongos micorrícicos en viñedo ha aumentado la absorción de agua y nutrientes, mejorado la resistencia a la sequía y permitido reducir fertilizantes un 30%. La biodiversidad microbiana y la estructura del suelo han mejorado, con impactos medibles en la calidad y la estabilidad productiva.

En Galicia, fincas que adoptaron agricultura regenerativa —pastoreo planificado, mínima labranza, rotación y cubiertas— han recuperado suelos degradados y alcanzado incrementos del 40% en materia orgánica en cinco años. Se ha multiplicado la presencia de lombrices y microorganismos, mejorado la retención de agua y, en general, la resiliencia del sistema.

Los sistemas agroforestales en distintas regiones de Latinoamérica y Europa han demostrado incrementos medios del 30% en biodiversidad frente a sistemas convencionales, con descensos de la erosión y menor escorrentía. Al crear mosaicos de hábitats, aportan recursos a polinizadores y depredadores naturales y confieren robustez climática a las fincas.

Donde se han implementado prácticas agroecológicas de forma integral —abonos verdes, cubiertas, rotaciones, MIP— la actividad microbiana ha llegado a aumentar un 50% y los suelos soportan mejor eventos climáticos extremos. Todo ello confirma que la agroecología no solo recupera biodiversidad del suelo y reduce la dependencia de insumos, sino que mejora la estabilidad productiva.

La biota del suelo aguanta impactos y puede recuperarse, pero tiene límites. Si tras perturbaciones fuertes no se restablece el equilibrio, hablamos de suelos perdidos. Por eso, combinar políticas públicas ambiciosas, herramientas digitales de diagnóstico, investigación puntera y manejo en campo adaptado a cada territorio es la ruta sensata para garantizar suelos fértiles, sistemas alimentarios estables y un clima más habitable. Cuidar la biodiversidad del suelo implica asegurar comida, naturaleza y futuro climático en una sola jugada.