
El bloqueo de fertilizantes en el estrecho de Ormuz ha dejado de ser un asunto lejano para convertirse en un factor decisivo en lo que pagamos por la comida y en cómo se organiza la producción agrícola. Lo que sucede en ese paso marítimo, a miles de kilómetros, se está colando en la cesta de la compra, en las cuentas de las explotaciones y en las previsiones de los organismos internacionales.
Por este angosto corredor entre Irán y la península Arábiga transita cerca de un 30% del comercio global de fertilizantes y materias primas clave como urea, amoníaco, fosfatos o azufre. La combinación de conflicto en Oriente Próximo, encarecimiento de la energía y retrasos logísticos amenaza con tensar de nuevo el sistema alimentario mundial, con impactos diferentes en Europa, África, Asia y el resto del planeta.
Un cuello de botella global para los fertilizantes
Las últimas estimaciones de distintos centros de investigación y organismos de la ONU coinciden: por Ormuz pasa en torno a un tercio de todos los fertilizantes que se comercian en el mundo. Solo en fertilizantes nitrogenados, países del Golfo como Irán o Arabia Saudí concentran aproximadamente el 43% de la urea exportada, el 23% del amoníaco y el 44% del azufre, todos ellos componentes básicos para la fabricación de abonos industriales.
El bloqueo no supone, de momento, un corte total del suministro, pero sí un encarecimiento claro del transporte, retrasos en las entregas y un incremento de precios que llega en un momento delicado del calendario agrícola. En buena parte del hemisferio norte la temporada de siembra está en marcha, mientras que en numerosas regiones del sur está a punto de empezar, de modo que cualquier demora actual se traducirá en problemas durante meses, incluso si el tráfico marítimo se normalizara de inmediato.
La Organización de las Naciones Unidas, a través de agencias como la FAO, la UNCTAD o la Oficina de Servicios para Proyectos (UNOPS), ha alertado de que el tránsito de fertilizantes por Ormuz se ha reducido de forma drástica y que, entre febrero y marzo, el precio internacional de la urea llegó a dispararse alrededor de un 46% en un solo mes. El Banco Mundial y paneles de expertos como IPES‑Food corroboran esa presión al alza en los mercados.
Más allá del nitrógeno, el bloqueo afecta también al azufre utilizado en fertilizantes fosfatados, del que cerca del 45% de las exportaciones mundiales procede de países de la región. Se trata de un insumo menos visible, pero crucial: alrededor del 60% de la demanda mundial de azufre se destina a la industria de los fertilizantes, lo que agrava la vulnerabilidad de la cadena de suministro.
Impacto en precios, pobreza y seguridad alimentaria
El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo ha advertido de que la combinación de energía cara, fertilizantes más costosos y disrupciones logísticas puede empujar a hasta 30 millones de personas adicionales a la pobreza y desencadenar una nueva crisis alimentaria en los países más expuestos.
Economistas del desarrollo describen un mecanismo bastante previsible: suben los precios del gas y los fertilizantes, los agricultores reducen dosis en el campo, las cosechas se resienten, aumentan los precios de los alimentos, caen los salarios reales y se intensifican las tensiones fiscales en los Estados con menos margen de maniobra. No es solo un problema de insumos caros; es también una crisis de importaciones que puede degenerar en inflación, desequilibrios en la balanza de pagos y recortes en otros gastos públicos.
La ONU recuerda que sin fertilizantes sintéticos la producción mundial de alimentos podría caer hasta un 50%, dado que estos abonos están detrás de, aproximadamente, la mitad de las cosechas globales. En ese escenario, uno de cada dos habitantes del planeta se enfrentaría a algún grado de inseguridad alimentaria, sobre todo en regiones con alta dependencia de las importaciones de fertilizantes.
Países de África y Asia, como Sudán, Somalia, Mozambique, Kenia o Sri Lanka, figuran entre los más vulnerables. En muchos de ellos, las campañas de siembra están en curso y dependen en gran medida de fertilizantes importados que ahora llegan tarde o a precios desorbitados, lo que pone en riesgo la producción local y compromete la estabilidad social.
España y Europa: más costes en el campo y búsqueda de alternativas
Aunque el estrecho de Ormuz esté lejos en el mapa, el bloqueo ya se nota en España y en el conjunto de Europa. El encarecimiento del petróleo y del gas durante los primeros compases de la ofensiva en Irán y Líbano se tradujo en subidas superiores al 50% en lo que pagamos por la gasolina, y ese choque energético se ha trasladado también al precio de los fertilizantes utilizados en el campo.
En España, el Gobierno ha tenido que reaccionar con medidas de apoyo específicas. El Ministerio de Agricultura anunció un paquete de ayudas de 500 millones de euros destinado a compensar el sobrecoste de los fertilizantes. Traducido a pie de parcela, supone unos 22 euros por hectárea en cultivos de secano y 55 euros por hectárea en regadío, con la intención de amortiguar, en parte, el impacto directo sobre los agricultores.
Aun así, las grandes cadenas de distribución y operadores del sector agroalimentario advierten de que la cesta de la compra seguirá tensionada. La agricultura europea, muy dependiente de insumos derivados del petróleo y del gas, se encuentra en una situación de clara vulnerabilidad cuando se corta o se encarece una de sus principales fuentes de fertilizantes.
España, con un campo intensivo en determinados cultivos y un fuerte peso de la ganadería, se ve obligada a replantear su modelo de abono. En este contexto, han cobrado protagonismo tanto los fertilizantes orgánicos procedentes de excrementos ganaderos como las prácticas de agricultura regenerativa, que buscan reducir la dependencia de los insumos químicos externos.
Del residuo ganadero al recurso estratégico
La crisis de fertilizantes surgida del bloqueo de Ormuz ha convertido los purines y estiércoles en una alternativa cada vez más competitiva para abonar cultivos, especialmente en países con un importante sector ganadero como España. Lo que durante años se ha considerado un residuo costoso de gestionar empieza a verse como un potencial generador de ingresos para muchas explotaciones.
Con la tercera parte de los fertilizantes nitrogenados del mundo saliendo del Golfo Pérsico y la oferta tensionada por motivos geopolíticos, aprovechar los nutrientes presentes en los excrementos animales puede aliviar la factura de los agricultores y reducir la exposición a los vaivenes del mercado internacional. Técnicas de tratamiento, separación de fracciones y valorización agronómica permiten ajustar mejor las dosis y minimizar el impacto ambiental.
Este giro encaja con las estrategias europeas para una agricultura más sostenible, que apuestan por cerrar ciclos de nutrientes a escala local y disminuir el uso de fertilizantes sintéticos. Sin embargo, la sustitución no es automática: se necesitan inversiones en infraestructuras, formación técnica y normativas que faciliten el uso eficiente y seguro de estos recursos orgánicos.
La ventana de oportunidad es evidente para territorios con alta densidad de ganado, donde ya se experimenta con modelos en los que el estiércol deja de ser un problema y pasa a ser un insumo comercializable, bien directamente en fincas agrícolas próximas o transformado en productos más manejables, como compost o fertilizantes orgánicos procesados.
Agricultura regenerativa: menos dependencia de insumos externos
La tensión en Ormuz también ha dado más peso a propuestas que llevan años sobre la mesa, como la agricultura regenerativa aplicada en explotaciones españolas. En una finca de nogales que se asemeja más a un ecosistema natural que a una plantación convencional, agricultores como Miguel Ángel Gutiérrez están demostrando que se puede producir con mucha menos dependencia de los abonos químicos.
Su motivación inicial no fue solo ambiental, sino económica: los costes de fertilizantes no dejaban de subir mientras la rentabilidad se estrechaba. Tras varios ensayos fallidos, optó por un cambio de enfoque profundo, potenciando la vida del suelo, la cobertura vegetal y las rotaciones, hasta consolidar un sistema más estable, aunque la transición le llevó entre cuatro y cinco años.
Hoy, su explotación está cubierta de hierbas, flores e insectos, y funciona como una infraestructura verde capaz de retener agua y nutrientes. Este modelo le ha permitido recortar alrededor de un 50% el uso de fertilizantes y entre un 20% y un 30% el consumo de agua, a la vez que ha mejorado la resistencia de la finca frente a episodios de lluvia extrema: donde antes el terreno se inundaba, ahora la cubierta vegetal actúa como una esponja.
Consultores en agricultura regenerativa subrayan que el discurso de que “sin fertilizantes no hay agricultura” está muy condicionado por décadas de monocultivo y de dependencia de inputs externos. En condiciones naturales, las plantas son capaces de obtener nitrógeno, fósforo y potasio del entorno mediante asociaciones con microorganismos, raíces profundas y materia orgánica en descomposición, lo que permite reducir progresivamente el aporte sintético.
La cuestión es si este tipo de prácticas se puede extender más allá de pequeñas fincas piloto. La experiencia en explotaciones de gran tamaño, incluso de decenas de miles de hectáreas, sugiere que sí es posible escalar estos modelos, combinando tecnologías modernas con principios ecológicos para minimizar la exposición a crisis como la de Ormuz.
India, África y otros países muy expuestos
Mientras Europa busca amortiguar el golpe, otras regiones del mundo sufren con más intensidad el bloqueo de fertilizantes en Ormuz. India, uno de los mayores consumidores de urea del planeta, ilustra bien esta dependencia. El país importa entre un 20% y un 30% de la urea que necesita, buena parte procedente precisamente de países del Golfo, y el encarecimiento y los retrasos han coincidido con el inicio de su principal campaña agrícola.
Desde la llamada Revolución Verde, gran parte de la agricultura india se ha basado en variedades de alto rendimiento muy intensivas en fertilizantes químicos, sostenidas por amplios subsidios públicos. En muchas aldeas, las subidas repetidas de precios se traducen en endeudamiento crónico para los agricultores, que quedan atrapados en un modelo caro y frágil.
En África, la situación tiene además un trasfondo histórico. Economistas críticos recuerdan que buena parte del continente pasó de ser la despensa de las potencias coloniales a importar en torno al 85% de sus alimentos. Tras las independencias, las políticas de desarrollo y el comercio internacional empujaron a muchos países a especializarse en cultivos de exportación —como café, cacao o tabaco— mientras dejaban de lado la producción de alimentos básicos para el consumo interno.
El resultado es una enorme vulnerabilidad estructural: se produce lo que no se consume y se consume lo que no se produce. Cuando una crisis como la de Ormuz dispara el coste de los fertilizantes y del transporte, los países importadores netos de alimentos y de insumos agrícolas se enfrentan a dilemas difíciles entre mantener subsidios, endeudarse más o trasladar el encarecimiento a los hogares.
Ante este escenario, varios expertos recomiendan reforzar la soberanía alimentaria —producir primero para cubrir las necesidades locales— por encima de una visión limitada de “seguridad alimentaria” basada solo en garantizar calorías baratas vía importaciones. Producir más cerca de donde se consume, reducir la dependencia de combustibles fósiles y diversificar cultivos son algunas de las líneas que se plantean para ganar resiliencia.
Respuestas urgentes y corredores humanitarios de fertilizantes
Mientras se discuten los cambios de fondo, los organismos internacionales tratan de responder a la urgencia inmediata. UNOPS trabaja en un mecanismo específico para asegurar el tránsito seguro de fertilizantes a través de un corredor humanitario limitado en el tiempo. La propuesta contempla sistemas de registro, verificación, monitorización y transparencia para permitir que estos productos esenciales sigan fluyendo a los países más dependientes.
La idea es establecer un canal protegido exclusivamente para fertilizantes y materias primas vinculadas, de forma que el bloqueo no se traduzca en una interrupción total del suministro justo en plena temporada de siembra. La ONU insiste en que el acceso a fertilizantes está directamente relacionado con el riesgo de hambruna, de modo que habilitar este corredor se considera una prioridad inmediata en la agenda global.
A corto plazo, economistas proponen otras medidas complementarias: mantener abiertos los corredores comerciales y humanitarios para alimentos y abonos, facilitar financiación de emergencia para importaciones, reforzar la transparencia de los mercados y priorizar ayudas directas a los hogares más vulnerables en lugar de subsidios generalizados que acaban beneficiando sobre todo a los grandes consumidores.
Al mismo tiempo, organizaciones como la Organización Mundial de Agricultores reclaman una acción coordinada con el sector para estabilizar los mercados, garantizando acceso a fertilizantes y energía en condiciones asumibles, y ofreciendo apoyo financiero específico a quienes afrontan los mayores incrementos de costes y la mayor incertidumbre.
Algunas respuestas nacionales son muy dispares. Japón, por ejemplo, ha puesto en marcha subvenciones millonarias al combustible y ha liberado reservas estratégicas en coordinación con el sector agrario. En otros países, los agricultores se quejan de que la ayuda pública es limitada o llega tarde, mientras que en la Unión Europea se debate la conveniencia de ajustar temporalmente mecanismos como el ajuste de carbono fronterizo aplicado a los fertilizantes importados.
Un modelo centralizado en cuestión: de Haber-Bosch al amoníaco verde
La crisis de Ormuz ha puesto bajo los focos un modelo de producción de fertilizantes altamente centralizado y dependiente del gas natural. Desde finales del siglo XIX, el proceso Haber‑Bosch ha dominado la industria del amoníaco, responsable hoy de alrededor del 90% del amoníaco mundial y vinculado a más de 400 toneladas de emisiones de CO2 al año.
Para algunos investigadores, este esquema empieza a hacer aguas. Fabricar amoníaco donde el gas natural es barato, emitir CO2 y después transportar el producto en barco a miles de kilómetros para aplicarlo en otros continentes es un planteamiento cada vez más cuestionado por su huella de carbono y por su vulnerabilidad geopolítica.
En la Universidad de Sídney, un grupo de ingenieros químicos y biomoleculares ha desarrollado una alternativa basada en un reactor de plasma que produce amoníaco verde a partir de aire, agua y electricidad renovable. La iniciativa, plasmada en la empresa PlasmaLeap, busca precisamente romper con esa lógica centralizada y generar fertilizantes de nitrógeno de forma descentralizada, a baja temperatura y usando energías limpias.
El proceso comienza en un cilindro donde se electrifica el aire y se genera una columna intensa de plasma que disocia las moléculas de nitrógeno y oxígeno. Ese flujo pasa a un electrolizador de membrana donde se convierte en amoníaco gaseoso. Según sus impulsores, se ha logrado transformar con éxito el aire en amoníaco mediante electricidad, lo que puede ser un paso relevante hacia una producción local distribuida.
La propuesta ha llamado la atención de grandes actores del sector, como la noruega Yara International y la Fundación Gates, que han contribuido a una financiación total cercana a los 18 millones de euros. Aunque el proyecto está aún en fase piloto, el creciente interés tras la guerra en Ucrania y el bloqueo de Ormuz sugiere que estas tecnologías se perciben cada vez más como una cuestión tanto de sostenibilidad como de seguridad alimentaria.
Oportunidades para España y Europa con las nuevas tecnologías
En Europa, y en particular en España, este tipo de innovaciones abre una posible vía para aprovechar el potencial de las energías renovables en la producción de fertilizantes. Con una notable capacidad instalada de solar y eólica, la tecnología de plasma podría permitir usar la energía excedentaria para producir amoníaco verde en origen, destinado a cultivos locales.
Los investigadores implicados en el desarrollo del reactor de plasma subrayan que la tecnología es flexible y se adapta a la red eléctrica, transformando picos de producción renovable en fertilizantes útiles. Esto no solo reduciría la demanda de baterías caras para almacenar electricidad, sino que aliviaría la dependencia de la importación de fertilizantes y de los cuellos de botella en rutas como Ormuz.
A medio plazo, el objetivo es que grandes compañías de fertilizantes adopten estos sistemas a escala local, en múltiples países, de forma que la fabricación esté más repartida y sea menos vulnerable a conflictos regionales. Sustituir totalmente al proceso Haber‑Bosch no ocurrirá de la noche a la mañana, pero se plantea un escenario de reemplazo parcial en el que convivan varias tecnologías.
Este mapa de alternativas incluye, además del plasma, versiones más ecológicas de Haber‑Bosch basadas en hidrógeno verde, métodos de electroquímica directa que obtienen amoníaco reduciendo nitrógeno con agua o hidrógeno, enfoques biológicos que aprovechan microorganismos y enzimas, o estrategias de fotocatálisis y catalizadores avanzados. Todas ellas apuntan en la misma dirección: reducir el vínculo entre fertilizantes y combustibles fósiles.
Para España y el resto de la UE, el reto está en combinar la inversión en estas soluciones tecnológicas con cambios en los sistemas de cultivo, fomentando prácticas agroecológicas, rotaciones más diversas y políticas públicas que premien la resiliencia y no solo la eficiencia productiva a corto plazo. El bloqueo de Ormuz ha dejado claro que un sistema optimizado para el mínimo coste inmediato puede volverse muy frágil ante cualquier shock geopolítico.
La suma de todos estos elementos —bloqueo de fertilizantes en Ormuz, alza de precios, tensión social y búsqueda de nuevas soluciones— está replanteando la forma en que producimos y abonamos los cultivos. El debate ya no se limita a cómo sortear la próxima campaña, sino a cómo diseñar un sistema alimentario menos dependiente de rutas críticas y combustibles fósiles, capaz de integrar el potencial de la ganadería, la agricultura regenerativa y las tecnologías verdes para que la próxima crisis no nos pille, otra vez, con el pie cambiado.