Cómo cultivar kale en casa y por qué se ha vuelto el superalimento del momento

  • El kale es una col sin cogollo muy nutritiva, resistente al frío y adecuada para huerto y maceta.
  • Requiere suelos fértiles, buena humedad, riegos regulares y un alto aporte de materia orgánica y nitrógeno.
  • La cosecha es escalonada: se cortan solo las hojas externas, pudiendo producir durante muchos meses.
  • En cocina es muy versátil: sirve para ensaladas, batidos verdes, guisos, salteados y chips ligeros al horno.

cultivar kale en casa

Si en tu frutería de confianza ves unos manojos de hojas largas, muy rizadas y de un verde intenso, y oyes a alguien decir que es kale, la col de moda entre los superalimentos, que no te pille despistado. Esta hortaliza, que a muchos les recuerda a la berza de toda la vida, ha pasado de ser una verdura humilde a colarse en los batidos verdes de las celebrities, los menús de restaurantes modernos y, cada vez más, en los huertos urbanos.

Lo mejor de todo es que no hace falta tener una finca enorme para disfrutarla: el kale se adapta sin problemas a huertos en tierra, macetohuertos en balcones pequeños e incluso jardines en climas fríos.

Además, es una planta rústica, de las que perdonan errores, resiste las heladas, produce durante muchos meses y está cargada de vitaminas, minerales y fibra. En este artículo vas a descubrir qué es exactamente, por qué se ha ganado la fama de superalimento y cómo cultivarlo paso a paso para tener hojas tiernas y sabrosas casi todo el año.

Qué es el kale y en qué se diferencia de las coles de siempre

El kale pertenece al grupo de las coles sin cogollo, las llamadas Brassica oleracea var. acephala, que desarrollan un tronco central del que salen hojas abiertas. A diferencia de los repollos tradicionales, no forma una «bola» compacta, sino que va produciendo hojas alrededor de un tallo que puede ir ganando altura. Por eso, cuando lo ves en el mercado se vende en manojos de hojas, parecidos a unas acelgas rizadas, y no como una cabeza de col cerrada.

En castellano se ha popularizado el término inglés kale para referirse sobre todo a las variedades de hojas muy rizadas, gruesas y de color verde oscuro o púrpura. Sin embargo, botánicamente abarca un abanico amplio de berzas y coles rizadas que en muchas zonas rurales se han consumido desde hace generaciones, aunque sin el nombre anglosajón.

Su origen se sitúa en regiones de Asia Menor y zonas templadas de Europa, donde ha sido un alimento básico en invierno gracias a su resistencia al frío. En países del centro y norte de Europa se cultiva y se come desde hace siglos, mientras que en España ha pasado bastante desapercibido hasta que el auge de la «comida saludable» lo ha puesto en el escaparate.

Botánicamente es familia directa de muchas hortalizas que ya conoces: col común, lombarda, brócoli, coliflor, romanesco, coles de Bruselas o colirrábano. Comparten buena parte de sus propiedades nutricionales y también sus gustos de cultivo: suelos fértiles, temperaturas frescas y bastante demanda de nitrógeno.

Visualmente, el kale se reconoce porque las hojas pueden ser muy rizadas, planas o estrechas y largas según la variedad, a menudo con nervaduras marcadas que van del verde claro al morado intenso. Algunas variedades se utilizan también con fines ornamentales porque en otoño e invierno lucen colores espectaculares en parterres y macizos.

Por qué el kale se ha convertido en un superalimento

Se oye por todas partes que el kale es un «súper alimento», aunque el término se ha usado tanto que casi ha perdido sentido. Si vamos a los datos, lo que sí podemos decir es que es una de las hortalizas con mayor densidad de nutrientes por caloría. Es decir, aporta muchísimas vitaminas y minerales con muy pocas calorías.

Para empezar, destaca por su contenido en calcio. Unos 100 gramos de kale crudo pueden aportar alrededor de 150 mg de calcio, una cantidad superior a la que aportan 100 g de leche entera. Además, incluye magnesio y manganeso, dos minerales que trabajan en equipo con el calcio en la salud ósea y metabólica.

También es muy rico en vitamina K, clave en la coagulación sanguínea y relacionada con la salud de huesos y tejidos. Una ración puede alcanzar fácilmente varios cientos por ciento de la ingesta diaria recomendada. Precisamente por esta riqueza en vitamina K, las personas que toman determinados anticoagulantes orales (como los que requieren control de Sintrom) deben consultar con su médico antes de introducir grandes cantidades de kale u otras coles en su dieta.

En el frente antioxidante, el kale aporta vitamina C en cantidades superiores a las espinacas e incluso a algunos cítricos, además de vitamina A (en forma de betacarotenos) y vitamina B6. A esto se suman hierro, cobre, potasio, zinc y otros oligoelementos, además de una buena dosis de fibra y algo de proteína vegetal.

Como el resto de crucíferas, contiene compuestos vegetales bioactivos (fitonutrientes y antioxidantes) que se están estudiando por su posible papel en la protección frente a enfermedades cardiovasculares y ciertos procesos inflamatorios. Todo ello, unido a que prácticamente no tiene grasas y es poco calórico, explica su fama como aliado en dietas de control de peso y en planes detox.

Ahora bien, conviene relativizar el entusiasmo: todas las coles y parientes cercanos comparten propiedades similares. La lombarda, el brócoli o las coles de Bruselas no se quedan atrás, por lo que el kale no es un alimento «mágico» que sustituya al resto de verduras, sino una herramienta más para variar y enriquecer una alimentación equilibrada.

Principales variedades de kale y berza que puedes cultivar

Cuando te asomes a un catálogo de semillas verás que bajo el paraguas de kale y berza aparecen bastantes tipos, con diferencias de forma, textura y color de las hojas, así como de sabor. Estas son algunas de las variedades más habituales:

Kale rizado verde. Es el que más se suele ver en los mercados ecológicos. Tiene hojas de color verde oscuro, muy rizadas en los bordes y algo gruesas. El sabor puede ser ligeramente amargo o picante, especialmente en hojas muy grandes, por lo que suelen preferirse las hojas jóvenes para ensaladas o zumos.

Kale ruso rojo. Sus hojas son más planas, alargadas y de borde irregular, con tonos que van del verde al rojizo, y nervaduras marcadamente moradas. Se considera una de las variedades de sabor más suave y dulce, con un toque ligeramente picante muy agradable en ensaladas crudas.

Kale toscano o dinosaurio (lacinato). De color verde azul oscuro, con hojas alargadas, estrechas y de textura rugosa, casi como una piel de reptil, de ahí el nombre de «dinosaurio». Soporta bien la cocción sin deshacerse y suele resultar menos amargo que otros kales, lo que lo hace ideal para salteados y guisos.

Kale Redbor. Esta variedad luce un espectacular color rojo o morado oscuro y hojas rizadas muy decorativas. Se utiliza tanto en cocina como en jardinería ornamental o incluso en arreglos florales, ya que aporta un punto de color muy llamativo en invierno.

Berza verde tradicional. Aunque a menudo se diferencia del kale en los catálogos, a efectos prácticos es una col sin cogollo, con hojas grandes, más redondeadas, que pueden ser lisas o ligeramente rizadas. Es un clásico de la cocina tradicional de muchas zonas rurales y comparte prácticamente el mismo manejo de cultivo.

Requisitos de clima y suelo para cultivar kale en casa

Una de las ventajas del kale es que es un cultivo muy adaptable. Se puede sembrar durante gran parte del año según la zona y aguanta muy bien las bajas temperaturas e incluso heladas suaves. De hecho, el frío mejora el sabor de muchas variedades, que se vuelven algo más dulces tras las primeras heladas de invierno.

La franja ideal de temperatura para que crezca cómodo se sitúa entre 10 ºC y 20 ºC. En climas templados y fríos se comporta como cultivo típico de otoño e invierno, pero también puede producir en primavera. En zonas con veranos muy calurosos (por ejemplo, interiores muy cálidos o ciudades con máximas extremas) sufre con el calor intenso y la sequía, por lo que conviene sembrarlo fuera de los picos de verano o darle algo de semisombra.

El lugar de plantación debe recibir al menos unas horas de sol directo al día. En climas muy calurosos de verano se agradece la sombra parcial en las horas centrales, pero en regiones más frescas puede crecer a pleno sol sin problemas. De hecho, en zonas tropicales se cultiva incluso a sol directo todo el día siempre que no falte humedad.

En cuanto al suelo, el kale prefiere un sustrato profundo, con buen drenaje y muy rico en materia orgánica. Como buena col, es bastante exigente en nitrógeno, de ahí que responda muy bien a suelos previamente abonados con compost, estiércol bien descompuesto o el cultivo anterior de leguminosas.

Si cultivas en maceta, hay que pensar en el volumen: cada planta necesita al menos unos 25 litros de sustrato para desarrollar un buen sistema radicular y formar una roseta de hojas generosa. En un contenedor de unos 50 cm de diámetro podrías poner hasta 4-5 plantas, aunque muchas personas optan por menos para que tengan más espacio y buena aireación.

Cuándo sembrar kale según la época y la zona

El calendario de siembra del kale es bastante flexible, pero conviene adaptarlo a tu clima para que las plantas puedan crecer bien antes de que lleguen los extremos de temperatura. En climas de inviernos fríos se suele escalar la siembra en dos grandes ventanas:

Para tener kale en verano, lo habitual es sembrar en semillero unas 6-8 semanas antes del final de las heladas de primavera. En muchas zonas esto significa empezar en torno a marzo, para trasplantar en abril-mayo cuando ya no haya riesgo de heladas fuertes y cosechar en verano.

Si lo que quieres es kale para otoño e invierno, conviene sembrar en pleno verano, de forma que cuando lleguen las primeras heladas las plantas ya tengan una buena masa de hojas y estén bien establecidas. Muchas veces el problema en huertos domésticos es que nos acordamos tarde de hacer los semilleros, cuando todavía tenemos tomates y pimientos produciendo y da pereza arrancarlos para hacer hueco.

En climas templados, el kale puede sembrarse prácticamente de abril a junio y de agosto a septiembre, evitando solo las semanas de más calor si tu zona es muy extrema. En países como Argentina o regiones con inviernos suaves, incluso se puede plantar casi todo el año, ajustando las fechas a los periodos de heladas más duras.

Además de la siembra en semillero, también es posible la siembra directa en el terreno. En ese caso, se colocan pequeños grupos de 3-4 semillas cada 40 cm aproximadamente, en hileras a unos 60-70 cm de distancia, y después se aclaran dejando solo la plántula más vigorosa en cada golpe de siembra.

CÓMO sembrar kale: semillero, almácigo y siembra directa

Las semillas de kale son esféricas, pequeñas, de color negro grisáceo y apenas 1 mm de diámetro. Este tamaño reducido hace importante controlar bien la profundidad de siembra: como norma general, se entierran a una profundidad de unas tres veces su tamaño, es decir, unos pocos milímetros, nunca más de 1 cm.

Para aprovechar mejor el espacio, el agua y el tiempo, muchos hortelanos prefieren empezar por semilleros o almácigos. Basta con un recipiente con agujeros de drenaje (bandejas alveoladas, macetas pequeñas, reciclados…) lleno de una mezcla ligera, con buena proporción de compost o sustrato universal de calidad y algo de arena o perlita para favorecer el drenaje.

Tras colocar las semillas y cubrirlas con una fina capa de mezcla, se riega suavemente para acomodar el sustrato sin apelmazarlo. A partir de ahí es importante mantener la humedad constante pero sin encharcar. Si todo va bien, las plántulas empezarán a asomar entre los 4 y 7 días después de la siembra, dependiendo de la temperatura.

Otra posibilidad, muy usada en jardines de clima cálido, es germinar las semillas en una toalla de papel húmeda, dentro de una bolsa tipo sándwich que se mantiene en un lugar templado y fuera de la luz directa. Cuando las semillas emiten la pequeña raíz, se trasladan con cuidado a los alveolos o a sus macetas individuales.

La siembra directa en el huerto o bancal elevado es también viable, sobre todo cuando el suelo ya está templado. Se recomienda hacer pequeños hoyos o «golpes» cada 40 cm, depositar 3-4 semillas en cada uno, cubrir ligeramente y regar. Una vez que todas han germinado, se aclara dejando solo la plántula más sana, cortando las demás con unas tijeras para no dañar las raíces.

Trasplante y marco de plantación del kale

Las plántulas de kale estarán listas para el trasplante cuando hayan desarrollado el segundo par de hojas verdaderas (no las cotiledonares, que son las dos primeras hojitas redondeadas) y midan unos 10-20 cm de altura, según la variedad. En ese momento ya tienen raíces suficientes para agarrar bien en el nuevo lugar, pero no han empezado a espigar.

Antes de llevarlas al terreno definitivo, conviene preparar el suelo con calma. Lo ideal es aportar una buena dosis de compost o estiércol maduro, mezclándolo con la capa superficial de la tierra. En suelos que han tenido cultivos exigentes como tomate o pimiento, es especialmente importante enriquecer de nuevo, porque el sustrato suele estar bastante agotado.

En huertos a cielo abierto, se recomienda una distancia de unos 40 cm entre plantas y 60-70 cm entre hileras, aunque se puede ajustar algo según el vigor de la variedad y el espacio disponible. Ten en cuenta que las hojas se expanden bastante y acaban sombreando lo que tengan alrededor, así que es mejor no apurar demasiado.

En macetohuerto, la referencia práctica suele ser que cada planta disponga de esos 25 litros de sustrato como mínimo. En una jardinera de unos 50 cm de diámetro podrías colocar cinco plántulas, aunque, si quieres que crezcan más anchas y aireadas, puedes poner solo tres o cuatro.

Durante el trasplante, es buena idea regar bien el semillero unas horas antes para que el cepellón salga entero. Se abre un hoyo algo más grande que el cepellón, se coloca la plántula a la misma profundidad a la que estaba creciendo (sin enterrar el cuello de la planta) y se rellena apretando ligeramente alrededor. Después, se da un primer riego abundante para asentar la tierra y eliminar bolsas de aire.

Riego, abonado y cuidados básicos del cultivo

En las primeras semanas tras el trasplante, el kale agradece que el sustrato se mantenga húmedo de forma constante, sin llegar al encharcamiento. El sistema radicular aún es pequeño y sufre mucho con los periodos de sequía, especialmente si coinciden con viento y sol. Lo más práctico es regar con frecuencia y menos cantidad, dejando que la capa superficial se seque ligeramente entre riegos.

Con las plantas ya asentadas, puedes espaciar los riegos, pero sin descuidarlos en las épocas de más calor o en días ventosos. Los mejores momentos para regar son por la mañana temprano o a última hora de la tarde. Hacerlo en pleno mediodía, con el sol alto, implica más evaporación y puede provocar quemaduras si las gotas quedan sobre las hojas.

En cuanto a la nutrición, el kale es, como todas las coles, un cultivo muy demandante de nitrógeno. Si el suelo no es especialmente fértil, merece la pena aportar cada mes o mes y medio algo de materia orgánica extra desde los tres o cuatro meses de la siembra (o tres meses desde el trasplante): compost maduro, humus de lombriz o algún fertilizante orgánico equilibrado.

Para cuidar mejor la humedad del suelo y limitar la aparición de hierbas competidoras, muchos hortelanos recurren al mulch o acolchado: una capa de restos vegetales, paja, hojas secas o corteza sobre la superficie. Esta cobertura mantiene la tierra fresca, protege la vida microbiana y reduce la necesidad de riego.

En inviernos especialmente fríos o con posibles heladas fuertes, puede ser útil proteger las plantas con un túnel bajo de plástico, un agrovelo o manta térmica, que actúan como «abrigo» sin impedir la entrada de luz. Esto no solo reduce el estrés por frío, sino que alarga la temporada de cosecha.

Plagas y problemas frecuentes en el kale

El kale, precisamente por ser tan nutritivo y jugoso, también atrae a numerosos insectos. La mejor estrategia de control es la observación: revisar las plantas al menos una vez a la semana, por el haz y, sobre todo, por el envés de las hojas.

Una de las plagas más típicas es la mariposa de la col. Las mariposas adultas ponen sus huevos en las hojas y, al eclosionar, las orugas se lanzan a devorarlas, dejando a veces solo las nervaduras. La forma más sencilla de control en huertos pequeños es retirar a mano huevos y orugas. Otra herramienta muy utilizada en ecológico es el Bacillus thuringiensis, un bioinsecticida específico contra larvas de lepidópteros.

El pulgón también puede hacer acto de presencia, sobre todo si nos hemos pasado con el abono nitrogenado o si el cultivo sufre estrés hídrico. Ataca en colonias, succionando la savia de hojas tiernas y brotes, y puede transmitir virosis. Para controlarlo, funciona bien un lavado con agua y un poco de jabón potásico o biodegradable, procurando aclarar después. También se pueden emplear productos a base de aceite de neem y favorecer la presencia de depredadores naturales como las mariquitas (catarinas) y crisopas, atrayéndolas con flores y refugios.

Además de estos, pueden aparecer mosca blanca, escarabajo pulga y saltamontes, así como caracoles y babosas en huertos de tierra. En muchas zonas se recurre a cubrir el cultivo con mallas anti-insectos o agribón desde el trasplante, lo que dificulta enormemente el acceso de las plagas a las hojas.

Por último, conviene recordar que un exceso de humedad constante y falta de aireación pueden favorecer problemas de hongos. Mantener un buen marco de plantación, evitar mojar en exceso el follaje al regar y retirar hojas viejas o dañadas ayuda mucho a prevenir enfermedades.

Cómo, cuándo y cuánto tiempo se puede cosechar kale

Una de las grandes alegrías del kale es su larga ventana de cosecha. No es un cultivo de «cortar y arrancar», sino una planta de hoja que permite recolecciones continuadas durante muchos meses, e incluso años, si se cuida bien.

La señal de que puedes empezar a cosechar llega cuando la planta ha formado al menos cinco pares de hojas verdaderas y alcanza unos 20 cm de altura. A partir de ese momento, puedes ir cortando las hojas exteriores más grandes, dejando siempre el punto de crecimiento intacto en la parte superior.

La técnica es sencilla: se cortan o arrancan las hojas de la parte baja del tallo, una a una, desde su base. Las hojas nuevas van saliendo desde el centro y la parte alta, de modo que si recolectas por arriba te estarás adelantando al crecimiento y forzando excesivamente la planta.

Es importante no dejar la planta casi pelada. Si la defolias en exceso, tardará bastante en recuperarse y la producción será menor. Lo ideal es ir sacando hojas según las vas necesitando en la cocina: en el pico de producción, una planta bien cuidada puede llegar a dar alrededor de tres hojas aprovechables a la semana.

En condiciones adecuadas de clima y manejo, una mata de kale puede seguir produciendo muchos meses y, en algunos casos, más de un año. Hay horticultores que mantienen las mismas plantas bien entrado el segundo año, siempre que se vayan podando y renovando hojas secas, gestionando bien el riego y evitando que espiguen demasiado pronto.

Cómo cocinar y aprovechar el kale en la cocina diaria

En la cocina, el kale es mucho más versátil de lo que parece a simple vista. Sus hojas se pueden consumir crudas, como microgreens, cocinadas, salteadas, horneadas o batidas, y admite bien tanto preparaciones sencillas como platos más elaborados.

Las hojas tiernas, de tamaño medio, son ideales para ensaladas y «zumo verde». En ensalada, conviene cortarlas en tiras y, si son algo fibrosas, masajearlas unos minutos con un poco de aceite y sal para ablandar la textura. Combinan muy bien con frutas (manzana, naranja, piña), frutos secos y quesos suaves.

Una forma muy extendida de consumo, especialmente entre quienes buscan un aporte rápido de vitaminas, son los batidos o smoothies. Por ejemplo, se puede triturar una taza de kale con una bebida vegetal (de arroz, almendra…), un par de plátanos maduros y un trozo de jengibre fresco pelado, ajustando la consistencia con más o menos líquido. También se pueden variar las frutas (piña, naranja, mango) o añadir hojas de menta para cambiar el matiz de sabor.

En cocciones, el kale se comporta de forma similar a las acelgas o las espinacas, aunque mantiene mejor la textura. Se puede hervir ligeramente, saltear con ajo y aceite, incorporar a guisos y sopas o cocinar al vapor. El kale toscano, en particular, resulta excelente en potajes y platos de cuchara porque no se deshace fácilmente.

Los famosos chips de kale son otra manera estupenda de aprovechar las hojas grandes. Se separan de los tallos, se cortan en trozos de tamaño similar, se secan bien, se masajean con una pizca de aceite de oliva y se hornean a unos 175 ºC colocadas en una sola capa, vigilando el punto para que no se quemen. En pocos minutos se obtiene un snack muy ligero, bajo en calorías y lleno de sabor.

También se puede integrar el kale en platos de pescado, como acompañamiento. Por ejemplo, se puede preparar una col rizada salteada en aceite de coco con jengibre y leche de coco, que sirve de cama para unos lomos de salmón horneados con costra de semillas de sésamo. El contraste de texturas y sabores es muy interesante y se aprovechan bien sus propiedades nutricionales.

Con todo esto, el kale pasa de ser “esa col rara del mercado ecológico” a convertirse en un comodín en la huerta y en la cocina: fácil de cultivar, agradecido en casi cualquier clima fresco, productivo durante meses y tremendamente rico en nutrientes. Con unos cuantos cuidados básicos en el huerto o macetohuerto, y un poco de imaginación entre fogones, sus hojas pueden acompañarte todo el año en ensaladas, guisos, batidos y snacks saludables.

Género Brassica
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