Cómo los microbios en la corteza de los árboles ayudan a frenar los gases de efecto invernadero

  • La corteza de los árboles alberga billones de microbios capaces de consumir gases de efecto invernadero y contaminantes tóxicos.
  • Estos microorganismos eliminan metano, hidrógeno y monóxido de carbono, reforzando el papel climático de los bosques.
  • La superficie global de corteza equivale a la de los siete continentes, lo que multiplica el alcance de este proceso natural.
  • El hallazgo abre la puerta a integrar el componente microbiano en reforestación, gestión forestal y planificación urbana en Europa.

Árboles y microbios que ayudan a eliminar gases de efecto invernadero

Un reciente trabajo científico ha puesto el foco en un aspecto prácticamente invisible de los bosques: los microorganismos que viven en la corteza de los árboles. Lejos de ser simples pasajeros, estos microbios actúan como una capa de limpieza adicional que ayuda a retirar gases de efecto invernadero y compuestos tóxicos del aire.

Más allá de la conocida capacidad de los árboles para capturar dióxido de carbono (CO₂) mediante la fotosíntesis, este hallazgo revela que la corteza funciona como un auténtico filtro biológico. Billones de células microbianas participan en la eliminación de gases como el metano o el monóxido de carbono, reforzando el papel de los bosques en la lucha contra el calentamiento global y mejorando al mismo tiempo la calidad del aire.

Un «superpoder» climático oculto en la corteza de los árboles

Microbios en la corteza de los árboles reduciendo gases

La investigación, liderada por expertos de la Universidad Monash y la Universidad Southern Cross, ambas en Australia, describe cómo la corteza alberga comunidades microbianas altamente especializadas. Durante décadas apenas se había prestado atención a su función, pese a que cada árbol contiene en su superficie una cantidad descomunal de células microbianas.

El equipo científico dedicó cinco años a tomar muestras de corteza en distintos ecosistemas del este australiano, desde humedales y zonas de alta montaña hasta bosques de manglar. Posteriormente aplicaron técnicas genómicas y biogeoquímicas avanzadas para identificar quiénes son esos microorganismos, cómo se organizan y de qué se alimentan exactamente.

Los resultados muestran que la mayoría de estos microbios están adaptados específicamente a vivir sobre los árboles, y que su principal fuente de energía son gases que influyen en el clima. No solo aprovechan compuestos emitidos por los propios árboles, sino también gases presentes en la atmósfera que atraviesan la corteza.

Entre los sustratos que consumen destacan el metano, el hidrógeno y el monóxido de carbono, además de otros compuestos volátiles. Al metabolizar estos gases, los microorganismos convierten moléculas potencialmente dañinas en formas menos problemáticas, reduciendo así su impacto ambiental.

Este proceso biológico no sustituye a la fotosíntesis, pero sí la complementa. Mientras las hojas capturan CO₂, la corteza y sus microbios se ocupan de otros gases de efecto invernadero y contaminantes, ampliando el abanico de sustancias que los árboles son capaces de retirar del aire.

La “superficie de corteza” del planeta: un nuevo actor climático

Bosques y corteza de árboles como sumideros de gases

Una de las conclusiones más llamativas del estudio es la enorme dimensión global de la corteza arbórea. Si se sumara la superficie de corteza de todos los árboles del planeta, el área resultante sería comparable a la extensión combinada de los siete continentes. Es decir, existe una especie de “octavo continente” formado únicamente por cortezas.

Esa gigantesca superficie funciona como un reactor biológico repartido por todo el mundo, en el que millones de toneladas de gases de efecto invernadero pueden ser consumidas cada año. Parte de estos gases proceden del interior del propio tronco y parte llegan desde la atmósfera, pero en ambos casos los microbios actúan como un sumidero adicional.

Para los investigadores, este mecanismo supone replantear el peso real de los bosques en el balance climático global. Hasta ahora se ha puesto el acento casi exclusivamente en la biomasa y en el CO₂ retenido en troncos y hojas, pero la corteza y sus comunidades microbianas añaden una capa más de complejidad y eficacia al sistema.

La magnitud de la contribución exacta todavía se está cuantificando, pero las estimaciones apuntan a que esta actividad microbiana podría estar eliminando del aire cantidades significativas de metano y otros gases con elevado poder de calentamiento. En un contexto de lucha contra el cambio climático, cualquier proceso natural que sume en esta dirección cobra especial relevancia.

Este enfoque obliga también a revisar ciertos modelos climáticos y de ciclo de gases, que podrían estar subestimando el papel de los microorganismos asociados a los árboles. Integrar esta información mejoraría la precisión de las proyecciones y permitiría diseñar estrategias de mitigación más afinadas.

Impacto sobre la calidad del aire y la salud

Además del cambio climático, los microbios de la corteza ayudan a abordar un problema muy cercano al día a día de la ciudadanía: la contaminación atmosférica en entornos urbanos y periurbanos. Uno de los gases que estos organismos son capaces de utilizar como recurso es el monóxido de carbono, bien conocido por su toxicidad para las personas.

El monóxido de carbono es un gas incoloro e inodoro que, en altas concentraciones, puede resultar peligroso para la salud. La capacidad de determinados microbios de la corteza para consumirlo y transformarlo reduce su presencia en el aire, y añade un valor sanitario extra a la presencia de arbolado en ciudades y áreas industriales.

En Europa, donde numerosas urbes lidian con episodios recurrentes de mala calidad del aire, la protección y ampliación de las zonas verdes podría beneficiarse de este tipo de hallazgos. No se trata solo de absorber CO₂, sino también de favorecer ecosistemas microbianos capaces de rebajar determinados contaminantes locales.

La investigación sugiere que, al planificar parques, alineaciones de árboles en calles o áreas de reforestación cercana a núcleos urbanos, conviene tener en cuenta qué especies arbóreas albergan comunidades microbianas más eficientes a la hora de procesar gases nocivos.

Aunque la relación exacta entre especies, tipo de corteza y composición microbiana todavía se está desentrañando, los expertos apuntan a que no todos los árboles ofrecen el mismo potencial de eliminación de gases. Esto abre una línea de trabajo interesante para adaptar el diseño verde de las ciudades europeas a objetivos tanto climáticos como de salud pública.

Microbios, árboles y políticas de reforestación en Europa

Una de las ideas que se desprenden del estudio es que, si se lograra identificar con precisión qué árboles concentran microbios con mayor capacidad de consumir gases de efecto invernadero, podrían priorizarse en proyectos de reforestación y restauración ambiental.

La Unión Europea impulsa en la actualidad programas de plantación masiva de árboles y recuperación de bosques como parte de sus estrategias climáticas. Incorporar el componente microbiano a estos planes permitiría afinar la selección de especies y mejorar la eficacia de las inversiones a largo plazo.

En países como España, donde coexisten ecosistemas muy diversos, desde humedales hasta bosques mediterráneos y áreas de montaña, el potencial para aprovechar este conocimiento es especialmente amplio. Diferentes tipos de corteza y condiciones ambientales podrían favorecer la presencia de comunidades microbianas con funciones complementarias.

Los autores del trabajo plantean que el siguiente paso será catalogar de forma más sistemática las comunidades microbianas de la corteza en distintas regiones del mundo, para relacionar tipos de bosque, clima y capacidad de absorción de gases. Esta información sería útil tanto para los gestores forestales como para las administraciones encargadas de diseñar políticas ambientales.

A medida que se disponga de datos más detallados, podrían desarrollarse criterios técnicos para integrar el factor microbiano en licitaciones, normativas y planes de ordenación del territorio. De ese modo, la elección de especies no solo respondería a criterios paisajísticos o de resistencia a la sequía, sino también a su «eficiencia microbiana».

De la ciencia básica a la gestión del territorio

El descubrimiento de este «superpoder» climático de los árboles es fruto de años de investigación básica en microbiología y biogeoquímica, sin una aplicación inmediata en mente. Sin embargo, los resultados empiezan a encajar con debates muy actuales sobre cómo reforzar los sumideros de carbono de forma natural.

Los científicos subrayan que no se trata de ver a los microbios de la corteza como una solución milagrosa al calentamiento global, sino como un elemento más que sumar a un conjunto amplio de medidas. Aun así, conocer estos procesos ayuda a aprovechar mejor los recursos que ya ofrece la naturaleza.

Al mismo tiempo, el trabajo pone de relieve la necesidad de preservar bosques maduros y ecosistemas completos, ya que las comunidades microbianas asociadas tardan años en formarse y alcanzar su máxima funcionalidad. La degradación o fragmentación de los bosques no solo afecta a árboles y fauna, también altera estos delicados equilibrios invisibles.

En la práctica, este tipo de hallazgos puede inspirar nuevas formas de integrar ciencia y planificación ambiental, desde la escala local (diseño de parques y corredores verdes) hasta grandes programas de restauración forestal. Lo que antes se veía como simple corteza ahora se interpreta como un tejido vivo con un papel químico y ecológico relevante.

Tomando en conjunto la acción de las hojas, la madera, las raíces y los microbios asociados, los bosques se perfilan todavía más como infraestructuras naturales clave para mitigar el cambio climático, reducir ciertos contaminantes atmosféricos y reforzar la resiliencia de los territorios europeos frente a eventos extremos.

Todo apunta a que, a partir de ahora, la mirada hacia los árboles tendrá que ser algo más detallada: no basta con contar cuántos se plantan o cuánta biomasa acumulan, sino que conviene fijarse también en lo que ocurre en esa fina capa de corteza repleta de vida microscópica, que actúa en silencio como un aliado inesperado contra los gases de efecto invernadero.

Las plantas necesitan a los microorganismos del suelo
Artículo relacionado:
Cómo atraer y potenciar los microorganismos del suelo para un jardín saludable, fértil y equilibrado