
Cuando llega la primavera a Nueva York, la ciudad se transforma en un escenario casi de película: los cerezos empiezan a florecer y llenan parques, paseos y avenidas de tonos blancos y rosados. Aunque para muchos europeos el primer referente del sakura es Japón, la Gran Manzana se ha ido ganando un hueco como destino para disfrutar de esta floración sin salir de Estados Unidos.
El fenómeno no se limita solo a los turistas internacionales: neoyorquinos y visitantes de toda Europa aprovechan estos días para pasear, hacer picnics, sacar fotos y, en general, tomarse con más calma una ciudad que suele ir siempre con prisas. Si estás organizando un viaje de primavera desde España o cualquier otro punto de Europa, conviene saber dónde y cuándo ver los mejores cerezos en flor en Nueva York, y qué rincones merecen más la pena.
Cuándo florecen los cerezos en Nueva York y cómo organizar la visita
La primavera empieza con el equinoccio del 20 de marzo, y a partir de ahí la naturaleza se pone en marcha: parques y jardines se llenan de flores de distintos colores, entre ellas las delicadas flores de cerezo, conocidas como cherry blossoms. En Nueva York, la floración suele concentrarse entre finales de marzo y el mes de abril, aunque como indican noticias sobre los cerezos y los almendros se adelantan, la fecha exacta depende de la climatología de cada año.
Lo más importante a tener en cuenta es que la flor de cerezo dura poco tiempo: en cuestión de días los pétalos empiezan a caer y alfombran el suelo de tonos rosas y blancos. Por eso conviene planificar el viaje con cierta flexibilidad, o seguir los mapas interactivos y calendarios que publican algunos parques y jardines para saber en qué momento están en su máximo esplendor.
En Estados Unidos la floración de los cerezos se celebra especialmente en Washington D. C., con el conocido Festival Nacional de los Cerezos en Flor, que se extiende durante unas cuatro semanas entre marzo y abril. Aunque este gran festival se centra en la capital federal, Nueva York no se queda atrás y ofrece múltiples puntos donde disfrutar de los árboles en flor sin necesidad de desplazarse a otra ciudad.
Además de los parques más famosos, el Departamento de Parques de la Ciudad de Nueva York publica un mapa específico con las zonas donde se concentran los cerezos, algo muy útil para quien viaja desde Europa y quiere aprovechar al máximo cada día de estancia en la ciudad.
Central Park: el gran escenario de los cerezos en Manhattan
Central Park es el punto de partida casi obligado para cualquiera que quiera ver cerezos en flor en pleno Manhattan. Este enorme pulmón verde, que supera ampliamente las 300 hectáreas, se convierte en primavera en un decorado natural salpicado de tonos rosados y blancos, muy reconocido por aparecer en infinidad de películas y series.
Durante unas pocas semanas, distintas zonas del parque se llenan de sakura y sus pétalos terminan cubriendo los caminos como si fuera una alfombra. El encanto está precisamente en lo efímero del espectáculo: si te despistas, la floración pasa en cuestión de días, así que merece la pena madrugar y pasear con calma por los puntos clave.
Los cerezos de Central Park se concentran sobre todo entre las calles 72 y 96, con grandes agrupaciones alrededor del Reservoir, Cherry Hill, Pilgrim Hill, Great Lawn, Cedar Hill y la zona al sur de Cedar Hill, entre las calles 74 y 77. Es una franja relativamente sencilla de recorrer a pie, ideal para combinar con otros puntos icónicos del parque como la terraza Bethesda, el zoológico o el espacio conmemorativo Strawberry Fields dedicado a John Lennon.
Para quienes viajan desde España o Europa, una buena noticia: la entrada a Central Park es completamente gratuita. Solo hay que tener en cuenta la climatología y las horas de luz, que en primavera ya empiezan a alargarse, lo cual facilita disfrutar del parque a cualquier hora del día.
Roosevelt Island y su tranvía: cerezos con vistas al East River
Roosevelt Island es una estrecha isla situada en el East River, entre Manhattan y Queens, que en primavera se vuelve especialmente atractiva por la hilera de cerezos que recorre su borde junto al agua. Desde sus paseos se obtienen buenas vistas del skyline de Manhattan y de la ribera de Queens, con los árboles en flor en primer plano.
Uno de los grandes alicientes para los viajeros es el tranvía aéreo de Roosevelt Island, un teleférico urbano que se mueve en paralelo al puente Queensboro. Las cabinas se elevan hasta unos 76 metros, ofreciendo una panorámica de 360 grados del río, los edificios y, en temporada, el manto rosado y blanco de los cerezos que tapizan las orillas y la propia isla.
El trayecto es corto, apenas de cuatro a cinco minutos, pero suficiente para hacerse una idea muy visual de cómo se distribuye la ciudad y para tomar fotografías diferentes a las típicas de Manhattan a ras de calle. Para quienes disfrutan de la fotografía urbana y de paisaje, este recorrido suele ser uno de los favoritos en época de floración.
En la propia isla, los visitantes pueden recorrer los paseos junto al río y descansar a la sombra de los cerezos. Roosevelt Island combina lugares de interés histórico, como las ruinas del antiguo hospital de viruela Renwick, la torre Octagon o el faro del siglo XIX en el extremo norte, con zonas verdes y espacios residenciales tranquilos.
Tarifas y condiciones del tranvía de Roosevelt Island
Desde comienzos de 2026, el viaje en el Tranvía de Roosevelt Island cuesta 3 dólares por trayecto, equiparándose al precio del metro o del autobús urbano en Nueva York. Se puede abonar con MetroCard, con el sistema de pago sin contacto OMNY, con tarjetas bancarias sin contacto o con dispositivos móviles habilitados.
El sistema está integrado en la red de transporte público de la ciudad, lo que facilita los desplazamientos para quienes se alojan en Manhattan y quieren dedicar una mañana o una tarde a ver los cerezos en flor desde el aire. Además, quienes tengan una MetroCard ilimitada o hayan alcanzado el tope semanal de OMNY pueden usar el tranvía sin coste adicional.
En cuanto a los niños, hasta tres menores de 112 centímetros (unas 44 pulgadas) pueden viajar gratis siempre que vayan acompañados por un adulto que pague su billete. Esto hace que la experiencia sea especialmente interesante para familias europeas que viajan con peques y buscan planes diferentes pero asequibles.
Una vez en Roosevelt Island, moverse por la isla es sencillo: la zona de paseos junto al East River es llana, hay bancos y espacios para descansar y el ambiente suele ser más relajado que en las zonas más concurridas de Manhattan, lo que permite disfrutar de los cerezos con algo más de calma.
Jardín Botánico de Brooklyn: sakura y cultura japonesa
En primavera, el protagonismo lo tiene el Sakura Matsuri, un evento que combina la floración de los cerezos con actividades dedicadas a la cultura japonesa, desde actuaciones y talleres hasta exhibiciones relacionadas con el país asiático. Para quienes viajan desde España o Europa con especial interés por Japón, es una forma de acercarse a esa estética sin hacer un viaje tan largo.
El jardín cuenta con una notable colección de cerezos plantados en distintas áreas, que van floreciendo de manera escalonada. La propia institución facilita información actualizada sobre el estado de la floración a través de su página web, algo muy útil si se quiere cuadrar la visita con el momento óptimo de los árboles.
En lo que respecta a la entrada, los menores de 12 años acceden gratis durante todo el año, y entre diciembre y febrero, los días de semana, el sistema pasa a ser de «paga lo que desees», lo cual puede resultar interesante para quienes viajan en temporada baja. En primavera, sin embargo, la afluencia aumenta y conviene revisar horarios y tarifas antes de ir.
El Jardín Botánico de Brooklyn se encuentra en 990 Washington Avenue, Brooklyn, bien comunicado por transporte público, lo que permite combinar su visita con otros puntos del distrito, como museos cercanos o el vecino Prospect Park.
Sakura Park y Riverside Park: tradición japonesa a orillas del Hudson
El Sakura Park, situado en el entorno de Riverside Drive y la calle 122, toma su nombre de los más de 2.000 cerezos que Japón donó a los parques de Nueva York en 1912. La palabra japonesa sakura significa precisamente «flor de cerezo», y este pequeño parque es un recordatorio de ese vínculo histórico y diplomático entre ambos países.
La donación de los árboles fue impulsada por el Comité de Residentes Japoneses de Nueva York, como parte de la Celebración Hudson-Fulton de 1909. Con el tiempo, muchos de aquellos cerezos originales han sido sustituidos, pero la tradición se mantiene y el parque sigue siendo un lugar tranquilo para disfrutar de la floración en primavera.
Muy cerca se encuentra Riverside Park, otro de los grandes espacios verdes alineados junto al río Hudson. En este parque destaca el tramo conocido como Cherry Walk, una sección del paseo de unas cuatro millas que discurre entre las calles 72 y 158. Su nombre se debe precisamente a la presencia de cerezos entre las calles 100 y 125, donde el efecto visual de los árboles en flor frente al río es especialmente llamativo.
Esta parte de Riverside Park se añadió en la década de 1930, cuando el parque se expandió ganando terreno al río durante las obras de la West Side Highway. Hoy en día, pasear por Cherry Walk se ha convertido en un ritual primaveral para residentes y visitantes, con la ventaja de que la entrada al parque es completamente gratuita.
Para llegar, basta con acercarse a Riverside Drive y seguir los caminos peatonales que bordean el Hudson. Es una zona especialmente agradable para quienes prefieren rutas más largas de paseo o bicicleta, con puntos de descanso y vistas abiertas del río.
New York Botanical Garden: más de 200 cerezos en un paisaje histórico
La llamada Colección Cherry reúne una plantación especialmente variada de cerezos a lo largo de un camino curvo, permitiendo apreciar distintas especies y formas de floración. Además, muchos árboles se reparten por otras áreas, como el Arboreto de Coníferas Arthur and Janet Ross, donde los cerezos contrastan con las especies perennes.
Uno de los puntos más fotografiados es la hilera de cerezos llorones de flor rosa frente al Conservatorio Enid A. Haupt. También se pueden ver cerezos mezclados con narcisos y manzanos silvestres en la zona conocida como Daffodil Hill, donde el juego de colores crea un paisaje muy primaveral.
En cuanto a las tarifas, los niños menores de 2 años entran gratis, mientras que el precio general para adultos se sitúa en torno a los 20 dólares, dependiendo del tipo de entrada y de si incluye el acceso al conservatorio y a exposiciones especiales. Dado que es una institución de referencia, conviene reservar algo de tiempo para recorrerla con calma más allá de los cerezos.
El jardín se encuentra en 2900 Southern Boulevard, Bronx, y está bien conectado por tren de cercanías y metro, lo que facilita su visita incluso para quienes se alojan en Manhattan. En temporada de floración, suele haber información específica en su web sobre el estado de los distintos árboles.
Otros lugares para ver cerezos en flor en Nueva York
Más allá de los grandes nombres, la ciudad ofrece otros rincones menos conocidos donde disfrutar tranquilamente de los cerezos. Uno de ellos es Flushing Meadows Corona Park, en Queens, famoso por haber acogido exposiciones universales y por sus monumentos de aspecto futurista, como el Unisphere o el Pabellón del Estado de Nueva York.
En primavera, los cerezos de este parque añaden una paleta de color primaveral a estas estructuras de acero, creando una mezcla curiosa entre naturaleza y arquitectura moderna. El acceso es gratuito, lo que permite dedicar un día a explorar la zona sin preocuparse por entradas.
Otro espacio interesante es The Green-Wood Cemetery, un cementerio histórico de unas 478 acres en Brooklyn, considerado en su momento el primer parque público del condado, incluso antes de la creación de Prospect Park. Aunque pueda sorprender como lugar para ver cerezos, cuenta con unos 172 árboles repartidos por el paisaje, lo que lo convierte en un sitio muy apreciado por los aficionados a la naturaleza y la fotografía.
La entrada a Green-Wood es siempre gratuita, y el recinto organiza diversas actividades relacionadas con la historia, el arte funerario y el entorno natural. Pasear entre sus caminos en primavera permite disfrutar de los cerezos en un ambiente más sereno que en los parques clásicos, con vistas al skyline en algunos puntos elevados.
Por último, también en Manhattan merece la pena tener en el radar Randall’s Island Park, un gran espacio al que se accede por puentes desde distintos distritos. Aunque es conocido sobre todo por sus instalaciones deportivas y eventos culturales, ofrece zonas verdes y áreas ribereñas donde la floración de los árboles aporta un toque de color al inicio de la primavera.
El vínculo histórico de los cerezos en flor con Estados Unidos
Aunque este artículo se centra en los cerezos en flor en Nueva York, el origen de esta tradición en Estados Unidos está muy ligado a Washington D. C. y a una serie de iniciativas diplomáticas de principios del siglo XX que terminaron cambiando el paisaje urbano del país.
En la capital federal se celebra cada año el National Cherry Blossom Festival, un festival primaveral en el que los cerezos del National Mall y la Cuenca Tidal se convierten en protagonistas. Esta celebración tiene sus raíces en el trabajo de figuras como David Fairchild, investigador del Departamento de Agricultura (USDA) especializado en introducir especies vegetales de otras partes del mundo.
A comienzos del siglo XX, Fairchild trajo a Estados Unidos mangos de la India, duraznos de China, aguacates de Chile y, por supuesto, los cerezos en flor japoneses. En 1902 plantó unos 125 sakura en el jardín de su casa de Chevy Chase, Maryland, tras llegar a un acuerdo con un vivero de Yokohama que le vendió los árboles a un precio reducido.
Cuando florecieron en 1906, el interés que despertaron en la zona llevó a Fairchild a encargar unos 300 ejemplares más para regalarlos a la ciudad. Paralelamente, la primera dama Helen Taft buscaba mejorar la estética de las riberas del río Potomac, a menudo anegadas, y vio en los cerezos una solución atractiva que además podía reforzar los lazos con Japón.
El alcalde de Tokio envió en 1909 un primer lote de unos 2.000 árboles jóvenes a Washington, pero las autoridades estadounidenses detectaron problemas de plagas y raíces demasiado cortas, por lo que los entomólogos del Departamento de Agricultura ordenaron incinerarlos para evitar posibles enfermedades. No fue hasta un segundo envío, de 3.020 árboles adultos y sanos, cuando el proyecto pudo salir adelante.
El acto oficial de plantación tuvo lugar el 27 de marzo de 1912 en el West Potomac Park, con Helen Taft y la esposa del embajador japonés plantando los dos primeros cerezos, acompañadas por el propio Fairchild. En apenas dos primaveras, los árboles se ganaron la simpatía del público y Estados Unidos respondió enviando a Japón ejemplares de Cornus florida, el cornejo florido, como gesto de buena voluntad.
Aunque la vida útil de los sakura es limitada y muchos de los árboles actuales son descendientes de plantaciones posteriores, la dimensión simbólica de estos intercambios sigue presente. En ciudades como Washington y Nueva York, la floración de los cerezos recuerda cada año cómo la diplomacia y la pasión de algunas personas por las plantas ayudaron a transformar plazas y paseos.
Quienes viajan hoy desde España u otros países europeos para ver la primavera en Nueva York se benefician, en cierto modo, de esa historia compartida: desde Central Park hasta los jardines botánicos, pasando por paseos fluviales y pequeños parques de barrio, los cerezos han pasado a formar parte del paisaje habitual de la ciudad y se han integrado en la experiencia turística tanto como los rascacielos o los museos.
Planificar un viaje en estas fechas, combinando las visitas más conocidas con rincones como Roosevelt Island, Sakura Park o el Green-Wood Cemetery, permite disfrutar de una cara más tranquila y natural de Nueva York, donde el protagonismo lo tienen los pétalos que cubren el suelo y no tanto el asfalto o el neón. Para quienes buscan una escapada diferente en primavera, la ciudad ofrece un abanico de escenarios en los que la flor de cerezo se ha convertido ya en un clásico anual.