
Este escarabajo, de aspecto llamativo pero consecuencias devastadoras, avanza silenciosamente desde que en 1994 se detectara por primera vez en España y Europa en unas palmeras de Almuñécar importadas del norte de África. Desde entonces, su presencia se ha extendido por todo el litoral y el interior, con especial impacto en zonas como Cantabria, Andalucía o el País Vasco, donde los ayuntamientos se ven obligados a combinar tratamientos intensivos y talas de ejemplares irrecuperables.
Una epidemia que cambia el paisaje de Cantabria

En Cantabria, la historia reciente del picudo rojo se resume en dos palabras que se repiten en todos los informes: tratamientos y tala. Desde que el insecto hizo su aparición en la región hace unos cinco años, las imágenes de palmeras con la copa caída, con forma de paraguas o sombrilla, se han vuelto habituales en numerosos municipios costeros y del interior.
Algunas palmeras muy reconocibles, como la palmera simbólica de Porrúa en Santander o la centenaria de La Asunción en Torrelavega, están condenadas a desaparecer tras no poder superar la plaga. Para vecinos y visitantes, estos ejemplares pasan de ser hitos del paisaje a convertirse en un recuerdo asociado a la tala, lo que alimenta la sensación de pérdida patrimonial ligada a la historia de los indianos y a la imagen tradicional de las villas cántabras.
Desde la asociación Hispania Nostra, su delegado en Cantabria, Aurelio González-Riancho, lleva años insistiendo en que el problema se debía abordar como una epidemia a gran escala. A su juicio, se actuó tarde y de forma dispersa: habría sido necesario tratar todas las palmeras de la provincia, enfermas y aparentemente sanas, porque muchas de las que no mostraban síntomas ya estaban infestadas. Denuncia la falta de coordinación y de un protocolo común entre administraciones, algo que ha favorecido la expansión del insecto.
Pese al pesimismo, González-Riancho considera que aún hay margen para evitar un escenario sin palmeras en la región. Para ello, recalca dos medidas clave: la retirada con protocolo estricto de las palmeras muertas, ya que actúan como focos activos de contagio, y el tratamiento sistemático de los ejemplares que aún pueden salvarse, tanto públicos como privados.
Los datos recopilados en hasta catorce municipios cántabros muestran realidades muy diferentes. En Santander, de las 304 palmeras de titularidad pública, 59 presentan síntomas y se mantienen bajo una vigilancia continua. El Ayuntamiento aplica un programa regular de tratamientos con el objetivo de conservar los ejemplares en la medida de lo posible y solo recurre a la tala cuando el daño es irreversible. En el caso de la palmera de Porrúa, de propiedad privada, el consistorio prevé su retirada una vez se complete el trámite administrativo.
En Torrelavega, el Ayuntamiento ya ha tenido que talarlos cuatro ejemplares y mantiene 31 palmeras convencionales y 13 singulares en tratamiento. Pablo Ruiz, ingeniero técnico de Infraestructura Verde municipal, subraya la importancia de ajustar el calendario al ciclo biológico del insecto: antes del calor, dice, es cuando hay que intensificar los tratamientos, ya que con las denominadas curvas de vuelo los adultos salen en busca de nuevas palmeras donde reproducirse.
Ruiz explica que el invierno permite una cierta tregua para el control químico, mientras que se aprovecha para hacer ciertas podas de bajo riesgo. Sin embargo, la llegada de la primavera obliga a retomar con fuerza los trabajos fitosanitarios si se quiere frenar la progresión de la plaga en la capital del Besaya.
Otros municipios cántabros muestran situaciones algo más favorables. Reinosa y Potes, por ejemplo, no tienen constancia de casos de picudo rojo en su arbolado municipal. En Los Corrales de Buelna, la administración local no ha tenido que intervenir sobre palmeras públicas, aunque reconoce la existencia de ejemplares afectados en fincas privadas. En casi todos los demás municipios se realizan tratamientos preventivos o curativos con el objetivo de salvar el mayor número posible de árboles.
Frente a los casos dramáticos, hay también referencias positivas. Hispania Nostra destaca el ejemplo del palmeral del Castillo de Ocharan, en Castro Urdiales, donde la combinación de vigilancia, tratamientos adecuados y una gestión cuidadosa ha permitido conservar un conjunto de palmeras de gran valor histórico y paisajístico.
En el lado más golpeado por la plaga se encuentra Ramales de la Victoria, donde prácticamente no quedan palmeras. Allí se han retirado once ejemplares privados y ocho públicos, quedando en pie únicamente dos palmeras históricas. Tampoco se libra Santoña, uno de los municipios más afectados, que ha tenido que talar unas veinte palmeras en dos años, manteniendo solo 34 supervivientes bajo control.
La preocupación se extiende también a espacios emblemáticos como la Finca Marqués de Valdecilla, en Medio Cudeyo, donde se han tratado ocho palmeras, aunque dos de ellas están ya bastante dañadas. En San Vicente de la Barquera, el palmeral presenta quince ejemplares afectados y otros dos que se consideran definitivamente perdidos.
Un escarabajo silencioso y letal para las palmeras

La dificultad para combatir al picudo rojo radica, en buena medida, en su forma de vida discreta. Se trata de un escarabajo de gran tamaño, pero la mayor parte de su ciclo se desarrolla en el interior de la palmera, donde se alimenta y se reproduce sin dejar apenas señales visibles en las primeras fases de la infestación.
Cuando el insecto ataca, perfora las hojas verdes y excava galerías hacia el interior del tronco, donde deposita sus huevos. Las larvas se alimentan de las fibras internas de la palmera, debilitando la estructura vegetal desde dentro. Si llegan a dañar la yema apical, la zona por la que circula la savia y desde donde emergen las nuevas hojas, el árbol no tiene posibilidad de recuperación y termina muriendo.
Un ingeniero forestal que trabaja para el Ayuntamiento de Granada detalla que cuando las larvas alcanzan esa yema, la palmera deja de producir hojas nuevas hacia arriba y solo conserva las viejas, ya secas y caídas. A partir de ese momento, la única opción segura es la tala completa del ejemplar, una decisión que genera rechazo social pero que los técnicos consideran inevitable en situaciones extremas, sobre todo cuando el tronco está lleno de nidos de escarabajos.
Además de las consecuencias biológicas, las palmeras afectadas se convierten en un riesgo para la seguridad. El deterioro de la base de las hojas, completamente podrida por la acción del insecto, hace que las palmas secas puedan desprenderse desde gran altura, con el consiguiente peligro para viandantes y vehículos. De ahí que algunos ayuntamientos destaquen que estas actuaciones no son solo una cuestión estética o paisajística, sino también de protección civil.
Los propios equipos de poda describen las palmeras como una suerte de «Airbnb ecológico» donde, además del picudo, conviven ratas, culebras y otros animales que aprovechan las oquedades para anidar. Durante las talas, es habitual que los roedores salgan huyendo al escuchar las motosierras, lo que añade una dosis de tensión a unos trabajos ya de por sí complejos.
La retirada de ejemplares no solo supone un trance emocional para muchos vecinos, que perciben a los operarios como si fueran «asesinos de árboles», sino que también entraña un riesgo laboral considerable. Los equipos deben trabajar con herramientas manuales cerca de la yema para no dañarla si todavía hay opciones de salvar la palmera, y se exponen a caídas de ramas pesadas cuyo anclaje interno ha sido destruido por el insecto.
Tratamientos químicos, biológicos y endoterapia: así se combate la plaga

Ante un enemigo que actúa desde el interior del árbol, los técnicos han desarrollado una batería de tratamientos que combinan opciones químicas, biológicas y mecánicas. Ninguna de ellas es una solución mágica, pero la experiencia acumulada muestra que la prevención temprana y la constancia en las aplicaciones marcan la diferencia entre salvar o perder un ejemplar.
En ciudades como Granada, se realizan verdaderas cirugías arbóreas rama a rama. Tras una inspección visual, se señalan los puntos de entrada del picudo y se van retirando las hojas dañadas con sumo cuidado para no tocar la yema. Después se aplican insecticidas sistémicos, productos que la palmera absorbe a través de la savia y que resultan letales para el escarabajo cuando este vuelve a alimentarse del tejido vegetal.
El tratamiento químico se complementa con , pequeños organismos que parasitan las larvas del picudo en una suerte de «bichos contra bichos». Esta estrategia reduce la dependencia de los plaguicidas y permite una defensa más respetuosa con el entorno, aunque requiere de un control técnico continuo y de unas condiciones ambientales adecuadas.
Otra herramienta clave es el uso de trampas con feromonas. Estos dispositivos atraen a los adultos, que entran guiados por el olor y quedan atrapados en el interior. Aunque no evitan por completo los ataques a las palmeras, ayudan a reducir la población de escarabajos en la zona y a monitorizar la intensidad de la plaga.
En el País Vasco, el municipio de Getaria ha tenido que afrontar recientemente la detección de los primeros ejemplares de picudo rojo. Los informes técnicos identificaron al insecto en dos palmeras pertenecientes a especies especialmente vulnerables. Tras la inspección de especialistas, se determinó que el estado de ambas era crítico e irreversible, por lo que el Ayuntamiento optó por retirarlas como medida preventiva para evitar la difusión a otros árboles cercanos.
El consistorio getariarra contrató a una empresa homologada para llevar a cabo los trabajos de tala, desmontaje y gestión de los restos vegetales, cumpliendo la normativa vigente en materia de seguridad laboral y tratamiento de residuos. El coste total de la operación ascendió a 4.321 euros, una cifra que ilustra el esfuerzo económico que supone para los municipios afrontar este tipo de intervenciones.
Como actuación complementaria, el Ayuntamiento ha decidido proteger un tercer ejemplar próximo mediante endoterapia. Este método consiste en de la palmera, reduciendo la dispersión del producto al entorno y minimizando el riesgo para las personas. El tratamiento se realizará en tres fases, con un coste estimado de 1.765 euros, y se orienta tanto a preservar la salud del árbol como a evitar nuevos focos de infestación.
Las autoridades locales insisten en que cualquier tratamiento, ya sea químico, biológico o de endoterapia, debe ser realizado únicamente por personal autorizado. Además, han puesto en marcha un seguimiento continuo de la situación y han hecho un llamamiento expreso a la ciudadanía para que en palmeras privadas o públicas, desde hojas jóvenes con agujeros hasta copas asimétricas, pérdida de follaje, secado del penacho central o malos olores por descomposición interna.
Planes municipales y necesidad de coordinación a escala europea
Los casos de Cantabria, Granada y Getaria son solo una muestra de cómo, a nivel local, se están articulando planes de control del picudo rojo que combinan inspecciones periódicas, tratamientos alternos y tala de ejemplares sin solución. En Granada, por ejemplo, el área de Mantenimiento ha definido un programa que abarca distritos enteros como Chana, Norte, Genil y Beiro, con inspección visual de Phoenix dactylifera y Phoenix canariensis, identificación de ejemplares infestados y .
En una de las últimas campañas granadinas se revisaron cerca de 200 palmeras, detectándose ejemplares enfermos en barrios como Cercado de Miraflores, Casería de Montijo, Poeta Mira de Amezcua, Poeta César Vallejo, Parque García Arrabal, Ribera del Beiro o calle García Morato. Ante ese escenario, se ha optado por alternar el control químico con Acetamiprid y el control biológico con nematodos, tratando cada palmera aproximadamente cada 21 días para cortar el ciclo de reproducción del insecto.
Como consecuencia de la propagación, en la capital andaluza ya se han tenido que retirar algunas palmeras y se ha planificado la tala de otras varias, mientras que el resto de ejemplares infestados han sido sometidos a cirugía arbórea en un intento de recuperar la parte sana del tronco. Las actuaciones se plantean no solo como una respuesta a una plaga puntual, sino como parte de un plan de control continuado que deberá mantenerse en el tiempo para que resulte eficaz.
La experiencia española encaja en un contexto más amplio, ya que el picudo rojo está considerado una especie exótica invasora en el conjunto de la Unión Europea. Las instituciones comunitarias y los Estados miembros han ido adoptando normas y recomendaciones para limitar su expansión, aunque en la práctica el control efectivo recae sobre los gobiernos regionales y municipales, que son quienes gestionan directamente el arbolado urbano y periurbano.
Los expertos coinciden en que no basta con reaccionar cuando la copa ya se ha desplomado o cuando los síntomas son muy evidentes. Es necesario contar con protocolos claros de detección precoz, campañas de información a propietarios privados, regulación del movimiento de palmeras entre territorios y una financiación suficiente para sostener los planes de control integrados que combinan inspecciones, tratamientos y retirada segura de restos vegetales.
La complejidad del problema ha llevado también a reforzar la colaboración con el mundo académico y los centros de investigación. Ingenieros forestales, entomólogos, especialistas en sanidad vegetal y técnicos municipales trabajan mano a mano para evaluar la eficacia real de los tratamientos disponibles, adaptar las estrategias a cada clima y especie de palmera y buscar nuevas soluciones menos agresivas para el entorno y más sostenibles a largo plazo.
Después de más de tres décadas desde su llegada documentada al continente, el picudo rojo se ha ganado a pulso la etiqueta de plaga difícil de erradicar. Sin embargo, las experiencias acumuladas en distintos municipios demuestran que, con vigilancia constante, tratamientos bien planificados y participación ciudadana, es posible reducir significativamente su impacto y conservar buena parte del patrimonio palmeral que aún sobrevive en España y en otras regiones del sur de Europa.
