El banco de semillas de Cumbal que planta cara al hambre en Colombia

  • La comunidad indígena de Cumbal impulsa un banco de semillas ancestrales para garantizar su alimentación futura.
  • Docentes y alumnado han recuperado decenas de variedades locales de tubérculos, cereales, frutas y plantas medicinales.
  • El proyecto se integra en un programa internacional que apoya bancos comunitarios de semillas nativas.
  • La Casa de Semillas Yar Pue Cumbe abastece a familias y escuelas rurales con un sistema de préstamo y devolución en cosecha.

banco de semillas comunitario

A más de 3.000 metros de altura, en el suroeste de Colombia, la comunidad indígena de Cumbal ha puesto en marcha una iniciativa que va mucho más allá de la agricultura: un banco de semillas con el que hace frente al hambre y a la pérdida de su cultura alimentaria. En un territorio marcado por la expansión ganadera y la producción intensiva de leche, este proyecto comunitario busca recuperar el equilibrio entre economía, territorio y nutrición.

Lejos de las grandes ciudades y de los circuitos agrícolas industriales, docentes, estudiantes y familias indígenas han decidido rescatar las semillas ancestrales que durante generaciones han llenado sus platos. No se trata solo de guardar granos en un armario: el banco de semillas de Cumbal se ha convertido en un espacio vivo donde se conservan variedades tradicionales, se intercambian conocimientos y se refuerza la soberanía alimentaria de la comunidad.

Un territorio ganadero que dejó de sembrar para comer

En el resguardo indígena Gran Cumbal, en el sur del departamento de Nariño y muy cerca de la frontera con Ecuador, las montañas que antaño estuvieron llenas de cultivos se han ido transformando en pastos para el ganado. Durante las últimas décadas, muchas familias apostaron por la producción de leche, una actividad rentable que reconfiguró la economía local, pero que también generó un efecto colateral inesperado: la pérdida de diversidad en los alimentos que se cultivaban y consumían a diario.

Quienes hoy son mayores recuerdan otro paisaje y otras prioridades. Hace medio siglo, la vida giraba en torno a la siembra, el intercambio de productos y el valor de la comida, más que al del dinero. Las familias cultivaban papa, maíz, habas y un amplio abanico de tubérculos y cereales andinos que se compartían en trueques entre comunidades vecinas. Con la llegada de la ganadería intensiva, gran parte de esas parcelas se fueron reconvirtiendo y muchas de esas especies quedaron relegadas o directamente abandonadas.

El cambio se hizo evidente cuando la comunidad empezó a depender cada vez más de los ingresos procedentes de la leche para comprar comida en lugar de producirla. La pandemia de la covid-19 dejó al descubierto con crudeza esa fragilidad: había dinero y había vacas, pero faltaban alimentos básicos sembrados en casa. Los confinamientos hicieron que muchas familias se dieran cuenta de que el territorio ya no les garantizaba la olla llena como antes.

En ese contexto de vulnerabilidad alimentaria, tomó fuerza la idea de volver a la tierra y de rescatar las semillas que aún sobrevivían en pequeños huertos familiares. No se trataba solo de un gesto nostálgico, sino de una necesidad urgente de diversificar la dieta, reducir la dependencia del mercado y reforzar la autonomía de la comunidad frente a futuras crisis.

Del aula al huerto: así nació el banco de semillas

La respuesta organizada llegó desde el propio sistema educativo local. Un grupo de docentes del Instituto Educativo Técnico Agropecuario Indígena Cumbe decidió plantear una tarea distinta a su alumnado: pedir a cada estudiante que llevara al colegio todas las semillas que encontrara en su casa, desde las más habituales hasta las que sus abuelos guardaban casi en secreto. De ese ejercicio escolar aparentemente sencillo nacería el futuro banco de semillas comunitario.

La sorpresa fue mayúscula. Al recopilar las muestras, el profesorado comprobó que aún se conservaban decenas de variedades de papa, frijol, maíz y otros tubérculos, además de numerosos cultivos menos visibles que habían ido desapareciendo de las parcelas más comerciales. Lo que comenzó como un inventario improvisado se convirtió en una auténtica radiografía de la agrobiodiversidad del territorio.

A partir de ahí, el equipo docente se propuso un objetivo claro: no dejar que esas semillas se perdieran y lograr que volvieran a ocupar un lugar central en las fincas familiares. El banco de semillas se concibió como un espacio para clasificar, almacenar y multiplicar este material vegetal, pero también como una herramienta pedagógica. El alumnado participa en la siembra, el cuidado de las plantas y la recolección, integrando estos saberes en el día a día de la escuela.

Con el tiempo, el proyecto fue ganando estructura y reconocimiento. El banco de Cumbal pasó a formar parte del programa internacional “Biodiversidad para Ecosistemas Resilientes en Paisajes Agrícolas”, financiado por el Gobierno de Canadá y coordinado por la Alianza Bioversity International y el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT). Esta iniciativa impulsa bancos de semillas comunitarios en diferentes regiones rurales, con la idea de reforzar la resiliencia de los sistemas agrícolas ante el cambio climático y las presiones del mercado.

Gracias a ese acompañamiento técnico y financiero, se han podido identificar más de 30 especies de cultivos alimentarios y hortícolas, otras 30 especies frutales y alrededor de un centenar de plantas aromáticas y medicinales presentes en la zona. Cada una de ellas aporta un valor nutricional, cultural y ecológico distinto, lo que refuerza la dieta y amplía las posibilidades de producción local.

Recuperar sabores olvidados y conocimientos ancestrales

La labor del banco no se limita a guardar semillas en frascos etiquetados. El equipo de docentes, junto con las familias y el alumnado, ha impulsado huertos escolares, concursos de conservación y actividades gastronómicas para que estas variedades vuelvan a cultivarse y a cocinarse con normalidad. De este modo, las semillas recuperadas dejan de ser un recurso latente y se integran de nuevo en la vida cotidiana.

En estos huertos, los niños y niñas aprenden no solo técnicas agrícolas, sino también historias ligadas a cada especie, formas tradicionales de cultivo y recetas transmitidas por las abuelas. Al llevar esos conocimientos a casa, contribuyen a cambiar hábitos y a revalorizar alimentos que habían quedado arrinconados frente a productos más comerciales o procesados.

La cocina local es uno de los termómetros más claros del impacto del banco de semillas. En muchas viviendas han vuelto a aparecer platos elaborados con papas de distintos colores y texturas, habas tiernas, quinuas de variedades diversas, cebada, trigo, ollucos, maíces nativos, plátanos y tomates de árbol. Cocineras tradicionales de la zona han encontrado en estas semillas una oportunidad para recrear recetas antiguas y proponer nuevas combinaciones sin renunciar a la identidad culinaria de Cumbal.

Esta recuperación gastronómica tiene también una dimensión nutricional. Al diversificar los cultivos, las familias acceden a dietas más completas y equilibradas, con diferentes aportes de vitaminas, minerales y proteínas vegetales. En un contexto donde la alimentación puede verse condicionada por el precio y la disponibilidad de productos en el mercado, disponer de una despensa propia en forma de huerto se convierte en un seguro de vida.

Otro aspecto clave es el vínculo intergeneracional. La participación de personas mayores, que aportan su memoria y experiencia agrícola, resulta fundamental para reconstruir prácticas de manejo, tiempos de siembra y formas de conservación. De esta manera, el banco de semillas actúa como un puente entre generaciones, evitando que los conocimientos tradicionales queden en el olvido y permitiendo que se adapten a las necesidades actuales.

La Casa de Semillas Yar Pue Cumbe y los bancos nodales

Para organizar toda esta diversidad y garantizar que llegue a las distintas veredas, el colegio y la comunidad pusieron en marcha la Casa de Semillas Yar Pue Cumbe, un centro principal de conservación e intercambio. Este espacio funciona como el corazón del sistema: allí se clasifican, almacenan y regeneran las semillas que luego se distribuyen al resto de la red comunitaria.

Desde esta casa central se abastecen nueve bancos nodales instalados en escuelas rurales de distintos caseríos. Cada uno de ellos mantiene parte de la colección de semillas adaptada a las condiciones de su entorno concreto, lo que reduce riesgos y favorece que las variedades sigan evolucionando en contacto con los suelos y climas locales. Esta descentralización también facilita el acceso de las familias, que no necesitan desplazarse largas distancias para conseguir material de siembra.

El sistema de funcionamiento se basa en la confianza y la reciprocidad. Las familias que desean sembrar pueden solicitar semillas prestadas, normalmente por kilos, con el compromiso de devolver una cantidad ligeramente superior tras la cosecha. Así, el banco no se agota, sino que se fortalece con cada ciclo agrícola, sumando más semillas y, a menudo, nuevas variedades que se descubren o se reintroducen.

Mientras tanto, en las aulas se complementa este sistema con formación práctica. El alumnado aprende a seleccionar la mejor semilla, a conservarla correctamente y a registrar su origen y características. Esta combinación de teoría y práctica alimenta la continuidad del proyecto a largo plazo, ya que cada nueva generación incorpora estos saberes como parte natural de su educación.

La iniciativa también refuerza la seguridad alimentaria y la economía de las familias. Al disponer de semillas propias y adaptadas al territorio, se reduce la dependencia de insumos externos y de la compra de semillas comerciales, que a menudo son más homogéneas y menos resilientes frente a plagas o cambios climáticos. El resultado es un sistema agrícola más robusto y con mayor capacidad de respuesta frente a imprevistos.

Un ejemplo local con eco internacional

Aunque el banco de semillas de Cumbal responde a una realidad muy concreta de los Andes colombianos, su experiencia conecta con debates globales sobre soberanía alimentaria, conservación de la biodiversidad agrícola y resiliencia frente a crisis. En Europa y España, donde la pérdida de variedades tradicionales y el abandono de cultivos locales también son un reto, iniciativas como esta sirven de referencia a la hora de diseñar políticas y proyectos de recuperación de semillas campesinas.

En distintos países europeos se han impulsado redes de bancos comunitarios, huertos escolares y asociaciones de custodia de semillas que persiguen objetivos muy parecidos: preservar la diversidad genética de los cultivos, mantener viva la cultura agraria y ofrecer alternativas más sostenibles a los modelos intensivos. El caso de Cumbal muestra cómo, incluso en contextos con recursos limitados, la combinación de comunidad, escuela y apoyo institucional puede generar resultados tangibles en poco tiempo.

Este tipo de proyectos también ponen sobre la mesa la importancia de que las comunidades agricultoras sigan teniendo control sobre su propio material de siembra. Frente a la estandarización de semillas comerciales y al riesgo de dependencia de unas pocas variedades globalizadas, los bancos locales actúan como reservas estratégicas de diversidad, con un potencial enorme para adaptarse a escenarios climáticos cambiantes.

Para regiones rurales europeas que buscan revitalizar sus economías y frenar el despoblamiento, la experiencia de Cumbal refuerza la idea de que la recuperación de semillas y saberes puede ir de la mano de la creación de empleo, el turismo gastronómico y la educación ambiental. Aunque cada territorio tiene sus particularidades, el principio de fondo es compartido: proteger lo propio para garantizar el futuro.

Lo que está ocurriendo en este rincón de Colombia demuestra que un puñado de semillas, bien organizado y cuidado colectivamente, puede convertirse en una herramienta poderosa contra el hambre, la pérdida de identidad y la vulnerabilidad económica. El banco de semillas de Cumbal no solo guarda granos; guarda historias, estrategias de supervivencia y una forma de entender la relación con la tierra que puede inspirar a muchas otras comunidades, también en Europa, que buscan caminos más sostenibles y justos para alimentarse.

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