El Banco de Semillas de Svalbard abre sus puertas al olivo español

  • Semillas de olivo español se incorporan por primera vez al Banco de Semillas de Svalbard como copia de seguridad mundial.
  • El proyecto está liderado por el COI, la FAO y centros de investigación españoles, con un papel clave de la Universidad de Córdoba y Granada.
  • Se han seleccionado decenas de variedades y cientos de semillas para preservar la diversidad genética frente a catástrofes y cambio climático.
  • La bóveda ártica actúa como respaldo de largo plazo, manteniendo el material a -18 ºC en un entorno estable y políticamente seguro.

Banco de semillas de Svalbard

A más de tres mil kilómetros de los olivares andaluces, en una montaña helada del Ártico, el olivo español está a punto de estrenar una nueva vida a 18 grados bajo cero. Por primera vez, semillas de este árbol milenario se incorporan al Banco Mundial de Semillas de Svalbard, en Noruega, considerado la mayor reserva de biodiversidad agrícola del planeta, con la idea de que nunca haga falta recurrir a ellas.

El movimiento tiene un marcado acento mediterráneo: la iniciativa está impulsada por el Consejo Oleícola Internacional (COI), la FAO y varias instituciones científicas españolas, con un papel protagonista del Banco de Germoplasma de Olivo de la Universidad de Córdoba y de los equipos de la Universidad de Granada. El objetivo es asegurar que, pase lo que pase en el futuro, el patrimonio genético del olivo siga estando disponible para las próximas generaciones.

Qué es el Banco de Semillas de Svalbard y por qué importa al olivo

Instalaciones del Banco de Semillas de Svalbard

El llamado Svalbard Global Seed Vault, situado en la isla de Spitsbergen, a unos 1.000 kilómetros del Polo Norte, funciona como una especie de “Arca de Noé vegetal”. Su misión es custodiar, a muy largo plazo, semillas de cultivos de todo el mundo como copia de seguridad de los bancos nacionales y regionales. No es un laboratorio ni un centro de investigación: es una enorme caja fuerte biológica.

Las instalaciones están excavadas en una montaña de roca y hielo y se dividen en varias cámaras subterráneas. Allí dentro, las semillas se almacenan en sobres y cajas herméticas a unos -18 ºC. Incluso si fallara el suministro eléctrico, el permafrost del Ártico ayudaría a mantener temperaturas suficientemente bajas para que el material continúe viable durante décadas o incluso siglos.

Desde su apertura en 2008, la bóveda ha ido recibiendo envíos de cientos de bancos de germoplasma. Ya se conservan más de un millón de muestras de semillas procedentes de prácticamente todos los países, con una presencia destacada de cereales, leguminosas y hortícolas. España, por ejemplo, ya ha depositado materiales de trigo, maíz, tomate o judía a través del Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC.

En este contexto, la entrada del olivo supone un salto simbólico y técnico importante. Hasta ahora la mayor parte del material almacenado correspondía a cultivos herbáceos de ciclo anual; incorporar un árbol leñoso cultivado desde hace milenios en la cuenca mediterránea amplía el espectro de especies protegidas y abre la puerta a que otros frutales puedan seguir el mismo camino.

El papel de España: Córdoba, Granada y la red europea del olivo

Semillas para el Banco de Svalbard

Detrás de este primer envío de semillas de olivo hay años de trabajo silencioso en España. El Banco de Germoplasma Mundial de la Universidad de Córdoba es una de las colecciones más relevantes del planeta dedicadas al olivo, con unas ocho hectáreas de terreno donde se conservan en campo variedades de muy diversos orígenes.

En esas parcelas se cultivan centenares de variedades de olivo, tanto españolas como de otros países mediterráneos. La colección supera ampliamente las 700 variedades en el ámbito nacional y alcanza más de 900 accesiones si se consideran las procedentes de Estados miembros del COI como Albania, Argelia, Chipre, Croacia, Francia, Grecia, Italia, Marruecos, Portugal, Siria, Túnez o Turquía. Todo ese material se mantiene como árboles vivos, lo que permite estudiar su comportamiento agronómico, su resistencia a enfermedades y su adaptación al clima.

Para el depósito en Svalbard, los equipos españoles han trabajado en colaboración con el consorcio europeo GEN4OLIVE, financiado por el programa Horizonte 2020. Dentro de este proyecto se ha impulsado la caracterización genética y agronómica de numerosas variedades, así como la recogida de material silvestre en distintos puntos de la península ibérica. La Universidad de Granada ha tenido un papel clave en la selección de acebuches y poblaciones silvestres, que complementan las variedades cultivadas cordobesas.

El impulso institucional ha venido de un acuerdo firmado en 2024 entre el COI, la FAO y el Ministerio de Agricultura español. Ese pacto permitió que el Banco Mundial de Germoplasma Olivarero de Córdoba se incorporase formalmente al marco del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura, el sistema multilateral que regula el acceso y la conservación de una lista de cultivos estratégicos para la seguridad alimentaria.

Aunque el olivo no figura todavía entre las especies incluidas de manera estándar en el tratado, la adhesión del banco cordobés ha facilitado su integración en los principales mecanismos internacionales de conservación. Así nació la idea de aprovechar la infraestructura del Gobierno de Noruega en Svalbard para asegurar, también en el Ártico, una copia de este patrimonio genético.

Cómo se han seleccionado y preparado las semillas de olivo

Conservación de semillas en Svalbard

La operación no se ha limitado a “llenar una caja y enviarla al Polo Norte”. La preparación del depósito ha seguido un protocolo científico exigente, diseñado específicamente para el olivo, una especie que, en condiciones normales de cultivo, se propaga sobre todo de manera vegetativa mediante esquejes.

En primer lugar, se eligieron las variedades que mejor representan la diversidad del olivo cultivado. Desde el banco de Córdoba se han priorizado unas 50 variedades significativas de entre las cerca de 700 que forman parte de su colección, incluyendo también aquellas que se consideran en riesgo de desaparición en distintos puntos de Andalucía y Canarias. A este conjunto se han sumado semillas de ejemplares silvestres recolectados en la península ibérica, de modo que el envío no se limite a variedades agrícolas modernas.

En total, se han preparado cientos de semillas, hasta alrededor de un millar para el conjunto del envío, procedentes tanto de olivos cultivados como de acebuches. Cada muestra se ha obtenido a partir de frutos de polinización abierta, lo que permite capturar un abanico más amplio de combinaciones genéticas dentro de cada variedad o población.

El proceso de laboratorio comienza con la propia aceituna. Primero se extrae el hueso (endocarpio) y después se libera la semilla que hay en su interior. Esa semilla se limpia cuidadosamente para eliminar restos orgánicos y se somete a una fase de desecación controlada, reduciendo su contenido de humedad hasta niveles adecuados para la conservación en frío. La Universidad de Córdoba y la de Granada han desarrollado y ajustado este protocolo a lo largo de varios ensayos previos.

Antes de autorizar el envío, las semillas se han sometido a pruebas de viabilidad y germinación en el Centro de Recursos Fitogenéticos, en Madrid. Los resultados han confirmado que, tras un periodo de conservación a temperaturas en torno a -20 ºC, las semillas siguen siendo capaces de germinar y desarrollar plántulas, lo que da confianza en que el material almacenado en Svalbard podrá utilizarse en el futuro si fuera necesario.

Una vez verificada su viabilidad, las semillas se introducen en sobres herméticos especiales y se sellan en contenedores preparados para soportar el transporte y el almacenamiento a largo plazo. Cada sobre va identificado con información detallada sobre la variedad o población, el lugar de origen y el año de recogida, lo que facilitará su uso futuro por parte de los bancos de germoplasma responsables.

La llegada al Ártico: de Córdoba a las galerías de Svalbard

Entrada a la bóveda de Svalbard

Con el material preparado y documentado, una delegación encabezada por el Consejo Oleícola Internacional se desplazará al archipiélago de Svalbard para realizar el depósito en las fechas fijadas, en torno a la última semana de febrero. Está previsto que representantes de los distintos organismos implicados participen en la ceremonia de entrada de las semillas de olivo en la bóveda.

Una vez en Noruega, el Centro Nórdico de Recursos Genéticos (NordGen), responsable de la gestión del banco de Svalbard, coordina la recepción de los contenedores. Tras el registro y verificación de la documentación, las cajas se trasladan por un túnel excavado en la montaña hasta las cámaras de almacenamiento. Allí, en estantes metálicos, se colocan los paquetes junto a millones de otras muestras llegadas desde todos los continentes.

El sistema de la bóveda funciona como un gran archivo de seguridad: cada país o institución sigue siendo propietaria de sus semillas y solo quien las envía puede solicitar su retirada. La función de Svalbard es proporcionar un entorno estable y seguro, tanto desde el punto de vista climático como político, en el que ese material quede a salvo de conflictos, desastres naturales o fallos técnicos en los bancos de origen.

Las condiciones de conservación son muy estrictas. Las cámaras se mantienen a una temperatura de unos -18 ºC, con una humedad baja y controlada, idónea para minimizar el metabolismo de las semillas. Además, el diseño de la instalación la hace resistente a seísmos y otros eventos extremos, y el propio permafrost actúa como “seguro pasivo” si la refrigeración artificial quedara temporalmente fuera de servicio.

El COI y NordGen han acordado que la viabilidad del material será evaluada periódicamente mediante pruebas de germinación. Aproximadamente cada diez años se retirará una pequeña muestra para comprobar su capacidad de brotar. En función de los resultados, se decidirá si es necesario renovar el depósito con un lote más reciente procedente de los bancos de germoplasma originales.

Un seguro de vida frente al cambio climático, plagas y crisis futuras

Más allá de la imagen llamativa de una montaña helada custodiana de semillas mediterráneas, el trasfondo de esta operación está directamente ligado a los riesgos que afronta la agricultura europea. El olivo, aunque es un cultivo resistente y adaptado a climas secos, no es ajeno a las presiones del cambio climático ni a la expansión de nuevas enfermedades. Esta realidad conecta con el impacto medioambiental y social del olivo en España y en la cuenca mediterránea.

En los últimos años, el incremento de temperaturas, la alteración del régimen de lluvias y la mayor frecuencia de episodios extremos han dificultado el manejo de los olivares en distintos puntos de la cuenca mediterránea. A ello se suman amenazas sanitarias como la bacteria Xylella fastidiosa, que ha causado daños graves en millones de olivos en países como Italia y que requiere una vigilancia estrecha en otras regiones productoras, o plagas como el algodoncillo del olivo.

La pérdida de diversidad genética complica todavía más este escenario. La modernización del sector y la expansión de sistemas intensivos han favorecido el uso de unas pocas variedades muy productivas, en detrimento de otras locales menos conocidas pero con características valiosas, como mayor tolerancia a la sequía, resistencia a determinadas plagas o adaptación a suelos concretos. Ese fenómeno puede observarse, por ejemplo, en la concentración de cultivares como la hojiblanca en determinadas zonas productoras.

Ahí es donde la conservación a largo plazo de semillas y material genético cobra sentido. Disponer de un amplio abanico de variedades y poblaciones silvestres permite a los programas de mejora y a los investigadores seleccionar combinaciones que respondan mejor a las condiciones del futuro. Si parte de esa diversidad se perdiera en campo —por abandono de cultivos, urbanización, incendios, enfermedades o simple cambio de modelo productivo—, tener una copia de seguridad se convierte en una garantía estratégica.

El respaldo de Svalbard no sustituye a los bancos de germoplasma nacionales ni al trabajo in situ en los olivares, pero añade una capa adicional de seguridad a escala global. En un contexto en el que se han registrado millones de accesiones conservadas en todo el mundo —con un porcentaje creciente integrado en el sistema multilateral del tratado internacional—, el olivo se suma ahora a esa red de salvaguarda frente a un futuro incierto.

En conjunto, la entrada del olivo español en el Banco de Semillas de Svalbard combina ciencia, cooperación internacional y una dosis de prudencia a largo plazo. No se trata de un gesto apocalíptico, sino de asumir que la diversidad agrícola es demasiado valiosa como para dejarla a merced de la suerte. Desde los campos de Córdoba, Granada, Andalucía o Canarias hasta las cámaras heladas del Ártico, el viaje de estas pequeñas semillas refleja la voluntad de preservar un patrimonio que define buena parte del paisaje, la economía y la cultura mediterráneos, por si algún día hiciera falta volver a empezar casi desde cero.

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