En una montaña helada del Ártico, a más de 3.000 kilómetros de los olivares andaluces, el futuro del olivo se está asegurando a temperaturas bajo cero. Por primera vez, semillas de olivo español entrarán en el Banco de Semillas de Svalbard, la gran bóveda mundial diseñada para salvaguardar la diversidad agrícola del planeta frente a guerras, catástrofes naturales y los efectos del cambio climático.
Esta incorporación supone un hito científico y agrícola para España y para Europa, porque el olivo, símbolo de la cultura mediterránea y pieza clave de la economía agraria, pasa a formar parte de la mayor reserva de seguridad de recursos fitogenéticos del mundo. La idea es clara: que ese material genético quede protegido en el archipiélago noruego como una especie de “copia de seguridad” global, con la esperanza de que nunca sea necesario utilizarla.
Qué es el Banco de Semillas de Svalbard y por qué es tan importante

El Svalbard Global Seed Vault, situado en la isla de Spitsbergen (Noruega), a apenas 1.000 kilómetros del Polo Norte, es considerado el mayor banco de semillas del mundo dedicado a la conservación a largo plazo de cultivos destinados a la alimentación. Excavado en una montaña de roca y hielo, funciona como una caja fuerte vegetal que guarda millones de muestras enviadas por países de todo el planeta.
La instalación, gestionada por el Centro Nórdico de Recursos Genéticos (NordGen) con el apoyo del Gobierno de Noruega, mantiene las semillas a unos -18 ºC. Aunque se produjera un fallo energético, el permafrost del Ártico ayuda a asegurarse de que el frío se mantenga, lo que convierte a la bóveda en un espacio extremadamente estable para conservar material biológico durante décadas o siglos.
En Svalbard no se siembra ni se investiga; la bóveda actúa como banco de respaldo. Los países y centros que envían sus semillas continúan siendo propietarios de ellas y solo sus remitentes pueden solicitar su retirada. De este modo, se crea una red de seguridad ante escenarios extremos: desde conflictos armados hasta desastres naturales que pudieran destruir bancos de germoplasma nacionales.
En la actualidad, más de un millón de muestras de semillas de todo el mundo están ya registradas en este “Arca de Noé vegetal”, muchas de ellas procedentes de colecciones públicas como las del Centro de Recursos Fitogenéticos del INIA-CSIC en España. Allí descansan cereales, legumbres, hortícolas y ahora, por primera vez, semillas de olivo.
La primera entrada del olivo en la bóveda ártica

Hasta ahora, la mayor parte de los depósitos en Svalbard correspondían a cultivos herbáceos anuales como trigo, arroz, maíz o leguminosas. La inclusión del olivo, un árbol leñoso cultivado desde hace milenios, supone una novedad importante en el funcionamiento de la bóveda.
El Consejo Oleícola Internacional (COI), junto con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Gobierno de Noruega, coordina este primer depósito de semillas de olivo. Una delegación internacional, con representación española, será la encargada de llevar el material hasta las galerías subterráneas de Svalbard, donde se sellarán los contenedores que lo albergan.
Desde el punto de vista institucional, el paso llega tras un acuerdo de 2024 entre el COI, la FAO y el Ministerio de Agricultura español, por el que el Banco Mundial de Germoplasma Olivarero de Córdoba se integró en el marco del Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura. Este reconocimiento ha facilitado que el olivo, que no figuraba entre los cultivos incluidos de forma prioritaria en el tratado, pueda sumarse a los mecanismos multilaterales de conservación.
Responsables internacionales han calificado el momento de “histórico”. Desde el COI se subraya que no es solo un gesto simbólico, sino una salvaguarda práctica de la extraordinaria diversidad de variedades de olivo desarrolladas a lo largo de miles de años. La presencia del olivo en la bóveda refuerza la preparación global frente al cambio climático, la expansión de plagas y enfermedades o futuras crisis alimentarias.
El papel clave de España: Córdoba y Granada al frente

Buena parte del protagonismo de este proyecto recae en equipos científicos españoles. El material que viajará al Ártico procede principalmente del Banco de Germoplasma Mundial de la Universidad de Córdoba (BGMO-UCO) y de colecciones de olivo silvestre recopiladas por la Universidad de Granada en distintos puntos de la península ibérica.
El banco cordobés, con unas 8 hectáreas de terreno y una colección de más de 900 variedades de olivo de países mediterráneos y de Oriente Próximo, es considerado una de las reservas más importantes a nivel mundial. Allí se mantienen centenares de genotipos en forma de árboles vivos, lo que permite estudiar en condiciones reales su comportamiento agronómico y su respuesta a enfermedades o a la sequía.
De ese catálogo se han seleccionado semillas de alrededor de 50 variedades destacadas, de entre las más de 700 que integran la colección de Córdoba, junto con otras que se encuentran en riesgo de desaparición en distintas zonas de Andalucía y Canarias. Investigadores como Pablo Morello, responsable del banco cordobés, explican que se ha buscado representar un “pool genético” amplio del olivo cultivado, de forma que, en caso de catástrofe, se pudiera reconstruir el cultivo con material de calidad.
A este núcleo se suman semillas de acebuches silvestres recolectadas en diversas áreas de la península gracias al trabajo de la Universidad de Granada. Incluir tanto variedades domésticas como poblaciones silvestres permite captar una gama más extensa de diversidad genética, un aspecto clave si en el futuro se necesitan caracteres específicos, por ejemplo, mayor tolerancia a la sequía o resistencia a patógenos emergentes.
En total, los envíos preparados oscilan entre 500 y 1.000 semillas, según las distintas fuentes, que constituyen una muestra significativa del material conservado en España. Una parte permanecerá custodiada en el Centro de Recursos Fitogenéticos de Madrid como duplicado de seguridad, mientras que otra fracción se almacenará en Svalbard a largo plazo.
Cómo se preparan las semillas antes de viajar al Ártico
El camino desde una aceituna en un olivar andaluz hasta un sobre sellado a -18 ºC en el Ártico es largo y muy meticuloso. El olivo se propaga habitualmente por vía vegetativa, mediante esquejes, pero para poder conservarlo como semilla en un banco como el de Svalbard es necesario aplicar protocolos específicos de selección y procesado.
El trabajo comienza en el campo, con la recolección de frutos procedentes de árboles de polinización abierta de la colección cordobesa y de acebuches de diferentes zonas. En laboratorio se procede a la extracción del hueso, se elimina el endocarpio y se limpia cuidadosamente la semilla, retirando cualquier resto orgánico que pueda favorecer la aparición de hongos o acelerar su deterioro.
A continuación llega una fase crucial: la desecación controlada. Las semillas se someten a procesos de secado al aire y tratamientos en frío para reducir su contenido de humedad hasta niveles adecuados para la conservación a largo plazo. Investigadores españoles han probado previamente la viabilidad de las semillas conservadas a temperaturas en torno a -20 ºC, verificando mediante ensayos que son capaces de germinar y dar lugar a nuevas plantas.
El Centro de Recursos Fitogenéticos, dependiente del INIA-CSIC, ha realizado pruebas de germinación para confirmar que el material preparado mantiene una buena capacidad de brote tras los tratamientos de secado y frío. Solo las semillas que superan estos controles se destinan al envío, que se realiza en sobres y contenedores herméticos especiales, preparados para soportar las condiciones de transporte y el almacenamiento en la cámara ártica.
Una vez en Svalbard, el personal de NordGen coordina la recepción de los paquetes, que se depositan en cámaras subterráneas excavadas en la roca. Periódicamente, se programan pruebas de germinación —por ejemplo, cada diez años— para comprobar que el material sigue siendo viable. Si se aprecia un descenso importante en la capacidad de germinar, es posible renovar la muestra con nuevas semillas procedentes de los bancos de origen.
Un seguro de vida para el olivo mediterráneo

El olivo es uno de los cultivos más representativos de España y de la cuenca mediterránea. España encabeza la producción mundial de aceite de oliva y cuenta con millones de hectáreas dedicadas a este árbol, que además configura paisajes, tradiciones y economías locales. Sin embargo, esa aparente fortaleza no lo hace invulnerable.
En los últimos años, el cambio climático está alterando los patrones de lluvia y temperatura en los principales territorios olivareros. Sequías prolongadas, olas de calor más intensas y fenómenos meteorológicos extremos ponen a prueba la resistencia del cultivo. Al mismo tiempo, plagas y enfermedades emergentes, como la bacteria Xylella fastidiosa, han demostrado la vulnerabilidad de los sistemas agrarios cuando la diversidad genética se reduce.
Frente a este escenario, la entrada del olivo en el Banco de Semillas de Svalbard funciona como un seguro de vida a muy largo plazo. No sustituye a las políticas agrarias, a la gestión sostenible del agua ni a los programas de sanidad vegetal, pero aporta una capa adicional de protección: si se perdieran colecciones clave o se produjera un colapso regional del cultivo, seguiría existiendo una reserva genética conservada en condiciones controladas.
La diversidad genética que se protege en forma de semillas es también la materia prima de la mejora vegetal. A partir de estas colecciones, los investigadores pueden identificar variedades o individuos con características interesantes —mayor tolerancia a la sequía, menor necesidad de insumos, resistencia a patógenos— y utilizarlos en programas de cría. Conservar bien hoy esa diversidad es, en la práctica, mantener abiertas opciones de adaptación para las próximas generaciones.
En paralelo, proyectos europeos como Gen4Olive (Horizonte 2020) están trabajando precisamente en caracterizar y aprovechar la variabilidad del olivo conservada en bancos como el de Córdoba. La copia de seguridad en Svalbard complementa estos esfuerzos, dotándolos de un respaldo físico a escala global en un momento en el que la presión sobre los sistemas agrícolas no deja de aumentar.
Mirado en conjunto, este primer depósito de semillas de olivo en el Banco de Svalbard simboliza una forma de cooperación científica y agrícola que mira más allá de las urgencias del presente. España y Europa aportan a la bóveda ártica parte de su patrimonio genético más valioso, no para obtener un beneficio inmediato, sino para que, si alguna vez las cosas se tuercen de verdad, exista la posibilidad real de reconstruir un cultivo que forma parte de la identidad mediterránea y de la seguridad alimentaria mundial.
