En Europa, y de forma muy destacada en España, los cactus se han convertido en un reclamo turístico, educativo y paisajístico, mientras que en América se están articulando planes de protección frente al cambio climático y al comercio ilegal. Todo ello dibuja un mapa global en el que estas plantas espinosas dejan de ser una rareza exótica para situarse en el centro de debates sobre sostenibilidad, uso del agua y conservación de la biodiversidad.
Jardín de Cactus de Lanzarote: nuevas parcelas para asegurar el futuro de la colección
En Lanzarote, la dirección de los Centros de Arte, Cultura y Turismo del Cabildo ha puesto en marcha un proceso para comprar parcelas rústicas próximas al Jardín de Cactus, el emblemático espacio diseñado por César Manrique cerca de Guatiza. El objetivo es claro: disponer de suelo suficiente para renovar ejemplares, reforzar las labores de conservación y crear una auténtica reserva vegetal estratégica alrededor de una de las colecciones de cactus más importantes del mundo.
La convocatoria para presentar ofertas ya está abierta y establece que cada finca debe contar con un mínimo de 1.000 metros cuadrados y situarse a una distancia máxima de kilómetro y medio del recinto. La operación dispone, por ahora, de una partida presupuestaria de 115.000 euros, lo que permitirá ir sumando terrenos de forma gradual hasta consolidar un cinturón de parcelas al servicio del jardín.
El Jardín de Cactus, inaugurado en marzo de 1990, atesora varios centenares de especies procedentes de distintos continentes, con presencia de ejemplares originarios de México, Madagascar o Perú, entre otros orígenes. Concebido como uno de los espacios más singulares dentro del llamado “Universo Manrique”, el recinto combina arte, paisaje volcánico y colecciones botánicas en un antiguo rofero rehabilitado.
Desde la entidad promotora se insiste en la idea de garantizar “la perdurabilidad y el mejor futuro posible” de este enclave, poniendo el foco en la conservación y el mantenimiento a largo plazo antes que en una simple ampliación turística. Por eso, en las bases se descarta expresamente aumentar el área visitable o instalar invernaderos e infraestructuras de alto impacto visual en el entorno inmediato.
El refuerzo de las zonas de cultivo auxiliares alrededor del jardín permitirá disponer de plantas de reserva y espacios experimentales, algo clave para mantener la colección en buen estado, reemplazar ejemplares envejecidos e introducir nuevas especies sin comprometer el equilibrio estético y ecológico del recinto principal.
Desert City, el jardín xerofítico a las puertas de Madrid
Muy lejos de Lanzarote pero con los cactus igualmente como protagonistas, a unos 20 kilómetros de la capital se encuentra Desert City, un jardín botánico y vivero biotecnológico especializado en plantas xerofíticas. Ubicado junto a la A-1, a la altura de San Sebastián de los Reyes, este espacio propone a las familias un plan diferente: recorrer más de 5.000 metros cuadrados de jardines temáticos mediante una gincana gratuita pensada para que los más pequeños aprendan jugando.
Guiados por el personaje de Pincho Rancho, los niños deben localizar distintas especies siguiendo pistas repartidas por el recinto y completar un cuaderno de pegatinas. La dinámica convierte el paseo en un juego de exploración, en el que hay que observar con atención las plantas y desplazarse por los distintos ambientes para encontrar las respuestas correctas.
Una vez terminada la actividad, el personal revisa el cuaderno y, como colofón, los participantes reciben un pequeño cactus acompañado de una guía básica de cuidados. Este detalle no solo es un recuerdo de la visita, sino también una forma de introducir a los niños en la responsabilidad de cuidar una planta adaptada a la escasez de agua.
Desert City funciona como un auténtico laboratorio de jardinería en clima seco. En sus instalaciones conviven más de 400 especies de diversas zonas del planeta, organizadas en áreas que recrean paisajes áridos: desde un espacio de inspiración Arizona, dominado por cactus y otras cactáceas, hasta una zona tipo oasis con presencia de palmeras, pasando por una “Toscana” donde se mezclan agaves mexicanos con lavandas y olivos mediterráneos.
El proyecto, impulsado por la ingeniera agrónoma y farmacéutica Mercedes García, tiene como meta divulgar el xeropaisajismo, una corriente de jardinería centrada en reducir al máximo el consumo de agua gracias al uso de especies adaptadas a la sequía. En un contexto de veranos cada vez más calurosos y restricciones hídricas recurrentes, la propuesta encaja especialmente bien en la realidad climática de buena parte de España.
Para sostener la producción y la experimentación, el complejo cuenta además con un invernadero de unos 1.700 metros cuadrados donde se cultivan ejemplares procedentes de los cinco continentes. Allí se multiplican cactus y suculentas, se prueban combinaciones para jardines sostenibles y se seleccionan variedades adecuadas para climas secos o con riegos muy limitados.
El acceso al recinto resulta relativamente sencillo tanto en vehículo privado como en transporte público. Desert City se sitúa en el kilómetro 25 de la A-1 y está conectado con Madrid mediante la línea 171 de autobús desde Plaza de Castilla, lo que facilita que familias y aficionados visiten el espacio sin necesidad de salir de la Comunidad de Madrid ni organizar grandes desplazamientos.
Copiapoa, un género de cactus en el punto de mira de la conservación
Más allá de Europa, el género Copiapoa se ha convertido en un símbolo de los retos que afrontan los cactus en estado silvestre. Estas cactáceas, endémicas del norte de Chile, viven en uno de los entornos más áridos del planeta y dependen en gran medida de la humedad aportada por la camanchaca, la niebla costera que aporta agua en zonas donde casi no llueve.
Para afrontar su delicada situación, se ha impulsado un plan de conservación a ocho años que identifica las áreas prioritarias para la protección de las poblaciones naturales de Copiapoa, define líneas de investigación para entender mejor las amenazas y plantea mecanismos de seguimiento para evaluar el impacto de las medidas adoptadas. Una de las metas es que al menos la mitad de las poblaciones de especies en peligro de este género queden incluidas en áreas protegidas oficiales.
El plan busca también establecer estándares de protección del hábitat aplicables a proyectos de desarrollo, de manera que infraestructuras o iniciativas industriales no se implantan sin considerar la presencia de estos cactus. Paralelamente, se pretende empoderar a las comunidades locales para que participen en la protección frente a la extracción ilegal, un problema creciente ligado al comercio de ejemplares raros.
Según especialistas implicados en el proyecto, como el equipo del Plan Copiapoa y miembros del Grupo de Especialistas en Cactus y Plantas Suculentas de la Comisión de Supervivencia de Especies de la UICN, estas plantas desempeñan un papel ecológico clave: sirven de refugio y alimento a distintas especies, contribuyen a estabilizar el suelo en laderas y quebradas y participan en el ciclo del carbono en estos ecosistemas extremos.
Los datos de la Lista Roja de la UICN muestran que más de dos tercios de las 32 especies y siete subespecies del género Copiapoa están catalogadas como En Peligro Crítico o En Peligro. Su fuerte especialización al desierto no polar más árido de la Tierra hace que incluso cambios leves en la humedad disponible o en la dinámica de las nieblas pongan en entredicho su supervivencia a medio plazo.
Además del cambio climático, la extracción clandestina para colecciones privadas y el comercio internacional de cactus raros agravan la situación. Muchas especies de Copiapoa tienen áreas de distribución muy reducidas, a veces limitadas a una única quebrada o ladera concreta. Estas poblaciones, de crecimiento extremadamente lento, tardan décadas en alcanzar la edad reproductiva, y sus semillas suelen caer cerca de la planta madre, lo que dificulta el desplazamiento natural hacia zonas más favorables.
Cuando a la presión climática se suman actividades como proyectos industriales, urbanizaciones o deportes de motor fuera de pista, el riesgo de desaparición local aumenta notablemente. Si una quebrada en la que vive una especie concreta se seca o se degrada, es muy probable que esa especie no tenga capacidad para recolonizar otras áreas y termine extinguiéndose.
Ante este panorama, el plan combina estrategias de conservación in situ y ex situ. Sobre el terreno se trabaja en la protección del hábitat y en la vigilancia frente a la extracción ilegal, mientras que en paralelo se colabora con bancos de semillas, viveros especializados y centros de investigación para mantener colecciones de respaldo y estudiar técnicas de propagación que puedan apoyar una eventual restauración de poblaciones.
En la iniciativa participan organismos públicos chilenos, como el Ministerio de Medio Ambiente, la Corporación Nacional Forestal, el Instituto Forestal o el banco de semillas Intihuasi del Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias, junto con entidades internacionales como el Zoológico de Chester. Esta red de actores refleja cómo los cactus han pasado a ser un asunto de cooperación internacional, más allá del coleccionismo y la jardinería.
Invernaderos multicultivo y cactus: diversificación productiva y ahorro de agua
Mientras en unos lugares se lucha por conservar cactus en la naturaleza y en otros se integran en jardines emblemáticos, en el ámbito agrícola se exploran modelos de producción diversificados en los que estas plantas conviven con cultivos alimentarios. En explotaciones con invernaderos multicultivo, estructuras diferenciadas permiten ajustar el clima a las necesidades de cada especie, lo que abre la puerta a combinar producciones intensivas con cultivos de bajo consumo hídrico como los cactus y las suculentas.
En este tipo de proyectos, los invernaderos de alta tecnología se reservan para cultivos exigentes en control climático —como los tomates de producción continua—, con sistemas integrados de calefacción, ventilación y refrigeración capaces de mantener temperaturas nocturnas estables y gestionar cargas de viento o nieve. En paralelo, se emplean estructuras más sencillas y abiertas para cactus y suculentas, que toleran mejor oscilaciones térmicas y requieren sobre todo buena iluminación y baja humedad.
Los invernaderos destinados a cactus suelen ofrecer espacios diáfanos, sin postes interiores, para aprovechar al máximo la luz disponible y evitar sombras que puedan provocar etiolación, es decir, que las plantas se estiren en busca de claridad y pierdan su forma compacta característica. Muchas de estas instalaciones funcionan sin calefacción activa, apostando por la inercia térmica del volumen de aire y por ciclos de cultivo más estacionales.
La clave de estos sistemas reside en la diferenciación tecnológica: estructuras sofisticadas para cultivos alimentarios de alto rendimiento y, junto a ellas, invernaderos más ligeros y eficientes para cactus, con cubiertas que maximizan la transmisión lumínica y minimizan el sombreado. El uso de tubos ovalados en la estructura, por ejemplo, permite reducir la cantidad de material sin perder resistencia, al tiempo que se mejora la entrada de luz.
La combinación de ambos tipos de invernadero en un mismo emplazamiento genera una estrategia de diversificación interesante para los productores. Los cultivos como el tomate pueden asegurar ingresos constantes a lo largo del año, mientras que los cactus y suculentas, con ciclos más estacionales y costes de manejo menores, aportan márgenes adicionales y reducen la dependencia de un solo producto.
Además, las infraestructuras básicas —desde el riego y el suministro eléctrico hasta los accesos— pueden compartirse, lo que mejora la eficiencia del capital invertido. La contrapartida es que se requiere una gestión muy cuidadosa de las condiciones ambientales, manteniendo separados los ambientes húmedos y controlados de los invernaderos de hortalizas de las zonas más secas y ventiladas donde se cultivan cactus.
En conjunto, las iniciativas que giran alrededor de los cactus —desde el Jardín de Cactus de Lanzarote y proyectos como Desert City en Madrid, hasta los planes de conservación de Copiapoa en Chile y los invernaderos multicultivo— muestran cómo estas plantas han pasado de ser un capricho de coleccionistas a ocupar un lugar destacado en la conversación sobre turismo sostenible, educación ambiental, innovación agrícola y protección de la biodiversidad.