Comer directamente alimentos de un huerto escolar es una experiencia única, transformadora y, por desgracia, poco común en la actualidad, especialmente para los niños que crecen en entornos urbanos. Muchas familias pueden sorprenderse al descubrir que sus hijos, e incluso algunos adultos, piensan que los alimentos surgen del supermercado y no comprenden el origen real de frutas, verduras, carnes y pescados. En Pontevedra, un centro educativo ha roto esta tendencia: en el CEIP Antonio Blanco Rodríguez de Covelo, los alumnos no solo aprenden cómo se produce la comida, sino que ellos mismos la cultivan y la consumen en el comedor escolar. Este innovador proyecto educativo está marcando un antes y un después en la forma de vincular a los más jóvenes con la alimentación saludable, el respeto por la naturaleza y la sostenibilidad.
Iniciativa pionera: de la tierra al plato en el colegio de Pontevedra

La desconexión entre los niños y el origen de los alimentos preocupa a padres y educadores. Muchos pequeños desconocen que los tomates no crecen en estanterías del supermercado ni que los huevos no son productos de fábrica. Iniciativas como la del CEIP Antonio Blanco Rodríguez de Covelo resultan esenciales para romper esa barrera. Con 119 estudiantes de entre 3 y 12 años, este colegio rural gallego ha implementado un proyecto global de autoconsumo agrícola en el que toda la comunidad escolar se involucra: maestros, personal no docente y, por supuesto, los alumnos.
La experiencia va mucho más allá de atender un par de bancales: los equipos, formados por niños de diferentes edades, planifican y ejecutan tareas propias del ciclo agrícola, desde la preparación del terreno, siembra y riego, hasta el control de plagas, recogida de las cosechas y posterior consumo en el comedor escolar. La implicación es completa, fomentando el trabajo cooperativo, la responsabilidad y el contacto directo con la naturaleza.
Organización y funcionamiento del huerto escolar

El proyecto educativo del huerto escolar está cuidadosamente estructurado. Los estudiantes se organizan en nueve equipos heterogéneos, cada uno con funciones específicas como siembra, deshierbe, riego o recogida de hortalizas. Los alumnos mayores asumen roles de coordinación y se encargan de las tareas más complejas, mientras los más pequeños colaboran en tareas sencillas, aprendiendo «haciendo» y bajo la guía y asesoramiento del conserje, José Antonio Carballo.
A lo largo del curso, estos equipos realizan, por turnos, todas las labores agrícolas: desde la preparación de semilleros y el mantenimiento del invernadero, hasta la plantación de lechugas, puerros, acelgas, zanahorias, repollo, fresas, espinacas, tomates y más. Las cosechas se recogen en función de la temporada, permitiendo que los niños experimenten los ritmos naturales de crecimiento y aprendan a identificar los alimentos según cada estación. El huerto también incorpora plantas aromáticas y flores que atraen polinizadores y mantienen el equilibrio del ecosistema.
La participación activa se traduce en que los alimentos obtenidos se transforman en menús del comedor escolar. Los niños pueden degustar ensaladas frescas elaboradas con su propia lechuga, cremas de acelga y espinaca, zanahorias de su huerto o postres con fresas recién recogidas. Esta vivencia les aporta una conexión emocional y sensorial con la comida, despertando su curiosidad por los sabores, la variedad y la alimentación saludable.
Un modelo de aprendizaje transversal e inclusivo
El huerto escolar no solo se limita a la producción de alimentos. Sirve como recurso didáctico multidisciplinar: en él se trabajan competencias de ciencias naturales (fotosíntesis, ciclo vital de las plantas, conocimientos de vitaminas y nutrición), lengua (explicando con detalle cada proceso y nombrando en gallego o castellano las especies), matemáticas (medición de bancales, cálculo de siembra y cosecha), y también valores como el trabajo en equipo, la colaboración intergeneracional (con ayuda de abuelas en la huerta) y el compromiso ambiental.
Uno de los logros más destacados es el trabajo de la creatividad a través de actividades relacionadas con el land art: los niños utilizan elementos naturales como palos, piedras y hojas para crear pequeñas esculturas o arte efímero en el entorno de la huerta, desarrollando su expresión artística y su vínculo con la naturaleza.
Además, el contacto regular con la tierra ayuda a superar aprensiones iniciales, especialmente entre niños «urbanitas» menos acostumbrados a ensuciarse las manos o a convivir con «bichos». Poco a poco, todos acaban disfrutando del proceso y los profesores interiorizan la importancia del esfuerzo, el trabajo cooperativo y el respeto al entorno.
La experiencia ganadera: una granja en la escuela

El proyecto del CEIP Antonio Blanco Rodríguez de Covelo no termina en el huerto: la escuela ha incorporado una pequeña granja con gallinas, conejos, ocas, faisanes y patos. El origen de esta parte del proyecto es curioso: el conserje había traído sus propios animales para que los niños los vieran, y enseguida surgió la oportunidad de involucrar a los estudiantes en su cuidado.
Cada día, los grupos se encargan de limpiar las estancias de los animales, recoger huevos, distribuir las sobras del comedor escolar como alimento y garantizar el bienestar de los habitantes de la granja. Esto no solo enseña sobre el ciclo de vida animal y la responsabilidad, sino que además cierra un círculo de sostenibilidad: lo que no se consume en la mesa alimenta a los animales, evitando desperdicios y fomentando la economía circular.
La interacción con los animales es altamente motivadora para los niños. El simple hecho de alimentar a las aves, recoger los huevos o ayudar a cuidar conejos y patos supone un aprendizaje vivencial que refuerza su empatía, paciencia y sentido del deber hacia los seres vivos.
Otras experiencias inspiradoras en colegios de Pontevedra
La iniciativa de Covelo se enmarca en una tendencia creciente a nivel gallego, donde otros centros educativos también apuestan por proyectos de huerto escolar y alimentación saludable. Un ejemplo es la Escola de Educación Infantil Concepción Crespo Rivas, en Campolongo (Pontevedra), donde los alumnos aprenden a sembrar, regar, quitar malas hierbas y recolectar patatas, grelos, coliflor, brócoli, cebollas, ajos o guisantes. Cada grupo de edad se encarga de una parte del proceso, y las actividades incluyen la elaboración de espantapájaros y la familiarización con nuevas especies vegetales.
Asimismo, el CEIP San Benito de Lérez ha desarrollado talleres donde la huerta se convierte en «espacio didáctico y comunitario», con la colaboración de familias y abuelas, impartiendo actividades relacionadas con la identificación de plantas, el compostaje natural, la detección de la contaminación del suelo y la importancia del abono ecológico. Se promueve el trabajo colaborativo, la solidaridad y la conciencia medioambiental, y se refuerza el aprendizaje mediante el acompañamiento de educadores especializados.
Otras escuelas gallegas van más allá y transforman la cosecha en experiencias culinarias: iniciativas como «Da horta ao prato» permiten que los niños preparen ensaladas, macedonias y platos con los productos de la huerta, reforzando el aprendizaje sobre alimentación equilibrada y el placer de probar nuevos sabores.
El alcance de estos proyectos no se limita a la autonomía alimentaria. La educación sobre nutrición y sostenibilidad es un eje central. Aprender a identificar los alimentos de temporada, saber que tomates y lechugas no se cosechan todo el año, o comprender la importancia de consumir productos de proximidad es esencial para formar consumidores responsables.
Cada curso escolar refuerza la idea de que la alimentación escolar puede ser una herramienta poderosa de transformación social y ambiental. Numerosos centros gallegos participan en iniciativas de EcoComedores, donde el menú del comedor se elabora con productos ecológicos de agricultores y ganaderos locales. Esta práctica mejora la calidad nutricional, reduce la huella ecológica (al evitar transportar productos desde largas distancias), y fomenta la economía rural, ofreciendo oportunidades de comercialización directa a los productores de la comarca.
Los beneficios son múltiples: los menús son más sanos (ricos en vegetales frescos y de temporada), los niños conocen y valoran la procedencia de su comida, se disminuye el desperdicio y se educa en la importancia de minimizar el consumo de alimentos ultraprocesados. Además, estos proyectos ayudan a los más pequeños a descubrir nuevas texturas y sabores, superando posibles rechazos iniciales hacia determinados alimentos.
Actividades complementarias: cocina, creatividad y comunidad
La implicación de la comunidad educativa es clave en el éxito de estos modelos. Jornadas gastronómicas como «Horta do chef», desarrolladas en algunos colegios de Pontevedra, invitan a cocineros locales a impartir talleres y clases magistrales, enseñando a los más pequeños a preparar platos con los productos cultivados en la huerta escolar.
Estas actividades complementan el trabajo agrícola y ganadero, permitiendo a los niños familiarizarse con el lavado, corte y procesamiento de los vegetales en talleres prácticos. Además, desarrollan habilidades culinarias, refuerzan la higiene y el cuidado personal, y abren la puerta a un mundo de creatividad, experimentación y aprendizaje en el ámbito alimentario.
La colaboración intergeneracional se promueve cuando familiares o personas mayores del entorno escolar participan en la siembra, el mantenimiento del huerto o las actividades culinarias, enriqueciendo la experiencia mediante la transmisión de saberes tradicionales y valores ligados a la vida rural.
Beneficios a nivel académico, social y ambiental
El impacto de los proyectos de huerto y granja escolar es notable en varios niveles:
- Educativo: los niños adquieren conocimientos prácticos y multidisciplinares relacionados con ciencias, matemáticas, lengua, arte, salud y medio ambiente.
- Personal: desarrollan valores como el esfuerzo, la perseverancia, el trabajo en equipo, la paciencia y el respeto por la naturaleza y los animales.
- Nutricional: al probar sus propias cosechas, los alumnos están más dispuestos a degustar frutas y verduras frescas, incorporando hábitos alimentarios más saludables.
- Sostenibilidad: se fomenta la economía circular, el aprovechamiento de recursos y la reducción de residuos.
- Social: las familias, docentes y otros agentes comunitarios se implican, reforzando el sentido de pertenencia y colaboración en torno a un objetivo común.
Esta metodología educativa, basada en la «experiencia directa y la participación activa», está siendo reconocida en toda Galicia como un modelo de éxito replicable en otros contextos, tanto rurales como urbanos, gracias a los huertos urbanos escolares y las sinergias con pequeñas explotaciones agrícolas locales.
El balance general muestra que las nuevas generaciones adquieren conciencia medioambiental, aprenden a valorar los alimentos y comprenden el papel vital de la agricultura y la ganadería en la sociedad. El entusiasmo de los niños y niñas por probar los productos que han cultivado con sus propias manos es el mejor indicador de un aprendizaje significativo y transformador, que va mucho más allá de los libros de texto.
La conexión con la tierra, el respeto por los ciclos naturales y la integración de la alimentación saludable en la rutina diaria del colegio son las claves que explican el éxito del CEIP Antonio Blanco Rodríguez de Covelo y de tantas otras escuelas gallegas. La experiencia demuestra que, cuando la escuela fomenta el contacto directo con la naturaleza y la producción agrícola, se potencian el aprendizaje, el bienestar personal y la sostenibilidad ambiental. Sin duda, iniciativas así deberían extenderse a muchos más centros, porque educar en el origen y el valor de la comida es educar para la vida.
