La botánica en el arte: cómo las plantas reescriben la historia en el Museo del Prado y CaixaForum Girona

  • La exposición itinerante «La botánica en el arte» reúne 53 obras del Museo del Prado donde las plantas son clave narrativa y simbólica.
  • CaixaForum Girona inaugura la muestra, ligada a Temps de Flors, antes de viajar a otras sedes como Tarragona, Lleida, Zaragoza, Sevilla y Valencia.
  • El comisario Eduardo Barba propone una lectura botánica de cuadros, esculturas y artes decorativas, apoyada en fotografía científica y estaciones olfativas.
  • Muchas piezas han sido restauradas para la ocasión y algunas podrían incorporarse a la colección permanente del Prado.

Exposición sobre botánica en el arte

La nueva exposición itinerante «La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado» propone en CaixaForum Girona un cambio de mirada: dejar de ver las flores, árboles y hojas como un simple decorado y empezar a leerlos como protagonistas silenciosos de la historia del arte. A través de obras procedentes del Prado, la muestra pone el foco en cómo el mundo vegetal sostiene relatos religiosos, mitológicos, políticos y emocionales que a menudo pasan desapercibidos.

Entre el 25 de marzo y el 23 de agosto de 2026, el público puede recorrer un itinerario que combina cuadros, esculturas, artes decorativas, fotografías botánicas y estaciones olfativas, en un montaje que mezcla historia del arte, ciencia y divulgación ambiental. Tras su paso por Girona, la propuesta viajará a otros centros CaixaForum de ciudades como Tarragona, Lleida, Zaragoza, Sevilla y Valencia, extendiendo esta lectura botánica de las colecciones del Prado por buena parte de España.

Una exposición que hace hablar a las plantas del Museo del Prado

CaixaForum Girona estrena una muestra que reúne 53 piezas del Museo Nacional del Prado —pinturas, esculturas y objetos decorativos— seleccionadas por el jardinero, paisajista e investigador Eduardo Barba, especialista en identificar especies vegetales en obras de arte. El punto de partida es claro: en estas obras «no hay casualidades», y cada flor, fruto o árbol está ahí para decir algo.

Lejos de un recorrido cronológico, la exposición busca cruzar épocas y escuelas mediante la presencia de una misma planta o un simbolismo compartido. Se combinan así pintura flamenca y de las escuelas del Norte, italiana, francesa y española, con especial presencia del siglo XIX, junto a piezas de escultura y artes decorativas donde los motivos vegetales se integran en molduras y marcos.

La directora de CaixaForum Girona, Anna Colomer, y el director adjunto de Conservación e Investigación del Prado, Alfonso Palacio, han destacado durante la presentación que se ha llevado a cabo una intensa labor de restauración: alrededor del 90 % de las obras expuestas han pasado por los talleres del museo madrileño antes de llegar a Girona. Muchas de ellas estaban en almacenes o en depósitos externos y ahora se plantean como candidatas a entrar en la colección permanente tras haber sido “redescubiertas”.

Esta muestra, comisariada por Barba con la colaboración de Beatriz Sánchez Torija (Colección de Dibujos, Estampas y Fotografía del Prado), se inscribe en la alianza entre la Fundación ”la Caixa” y el Museo Nacional del Prado, activa desde 2011 y responsable de otras propuestas como «Los objetos hablan» o «Arte y mito. Los dioses del Prado».

Mirar a los márgenes: la lucha contra la «ceguera vegetal»

El corazón del proyecto es una invitación a «mirar lo que no solemos ver». La propuesta sugiere desplazar la atención desde las grandes figuras centrales de los cuadros hacia los detalles vegetales que habitan los bordes, fondos y rincones de las composiciones. Allí, entre cardos, claveles o naranjos, se esconden claves simbólicas que transforman la lectura de las obras.

Esta mirada atenta enlaza con debates actuales sobre ecología, sostenibilidad y sensibilidad ambiental. Barba reivindica el concepto de «ceguera vegetal», esa tendencia a pasar por alto la importancia de las plantas en nuestro entorno. Para él, que se define «jardinero principalmente», resulta preocupante que una parte de la sociedad sea incapaz de apreciar la belleza y el papel esencial del mundo vegetal, algo que él asegura percibir desde la infancia.

En este contexto, la exposición se plantea como un antídoto contra esa ceguera: las plantas de los cuadros se convierten en maestras de historia, antropología y geografía. Como recuerda el comisario, a través de ellas se pueden rastrear viajes, costumbres y creencias, e incluso seguir el rastro de especies que cruzaron océanos hasta convertirse en iconos de jardines europeos.

El recorrido expositivo, además, dialoga de forma especial con Temps de Flors, el gran evento floral que transforma Girona cada primavera y atrae a miles de visitantes. La coincidencia en el calendario refuerza la idea de que la ciudad se convierte en un gran escenario donde arte y botánica se dan la mano tanto en las calles como en las salas de CaixaForum.

Arte y ciencia: una lectura botánica de las colecciones del Prado

«La botánica en el arte» adopta un enfoque abiertamente multidisciplinar. Desde la sala, el visitante percibe cómo arte e investigación científica van de la mano para reinterpretar obras de los siglos XVI al XX. Barba, con su experiencia de jardinero e investigador, examina hojas, flores y frutos casi como si estuviera ante plantas vivas.

Su método se plasma en una selección donde cada obra ha sido analizada desde el punto de vista botánico. Algunas piezas se han escogido incluso por sus marcos ornamentados con volutas y motivos vegetales, como en el caso de «Fiesta en un jardín», de Charles-Joseph Flipart, donde el follaje tallado en el marco parece prolongar el jardín pintado sobre el lienzo hacia el espacio del espectador.

El resultado es una lectura transversal de la colección del Prado: cuadros y esculturas que raramente se habían mostrado desde esta óptica dialogan ahora entre sí a partir de una flor compartida o de un mismo código simbólico. Se desdibujan así las fronteras entre géneros y estilos para privilegiar un hilo conductor basado en la botánica.

En este contexto, el Prado y CaixaForum subrayan que la exposición no sólo difunde patrimonio, sino que estimula nuevas líneas de investigación. El estudio botánico de las obras, apoyado en fotografías de detalle y análisis científicos, ayuda a mejorar las atribuciones, fechas y contextos, como ha ocurrido con algunas pinturas flamencas redescubiertas en el proceso de restauración.

Obras maestras botánicas: de bodegones flamencos al Paraíso Terrenal

Entre las 53 piezas seleccionadas, la exposición dedica una atención especial a varias obras que ilustran la variedad de usos simbólicos y narrativos de las plantas. El visitante puede seguir un verdadero itinerario vegetal que recorre bodegones, escenas mitológicas, paisajes y retratos cortesanos.

Un ejemplo destacado es el «Bodegón de flores» de Jan van Kessel el Viejo, un óleo sobre cobre donde se acumulan tulipanes, rosas y lirios junto a pequeños pájaros y roedores, mientras al fondo se adivina un palacio con su jardín geométrico. En la misma composición conviven la flor cortada en ramo, la planta cultivada en maceta y el jardín diseñado, tres formas de naturaleza controlada por la mano humana que hablan del gusto, el poder y la domesticación del paisaje en la Europa barroca.

Tampoco falta el universo alegórico de Pieter Brueghel el Joven en «El Paraíso Terrenal», copia de un original de Jan Brueghel el Viejo. Aquí, el Jardín del Edén se representa como un vergel exuberante donde plantas y animales conviven sin conflicto. Entre la vegetación se reconocen flores de distintas estaciones junto a frutos otoñales, y, en el centro simbólico del paisaje, un árbol de la vida que suele identificarse con una palmera datilera (Phoenix dactylifera). Muy cerca, Adán y Eva se disponen a tomar el fruto del árbol del conocimiento, momento clave que transformará para siempre esa armonía vegetal.

En la misma línea alegórica se sitúa «La Abundancia y los Cuatro Elementos», de Jan Brueghel el Viejo en colaboración con Hendrik de Clerck. La diosa Ceres sujeta una cornucopia de la que brotan espárragos, cerezas, avellanas o naranjas amargas, representando la sucesión de estaciones a través de los frutos de la tierra. En su cabello se mezclan amapolas rojas (Papaver rhoeas) y acianos azules (Centaurea cyanus), plantas que antiguamente se difundían por los campos de cereal como malas hierbas viajeras, junto a espigas de trigo, cebada y avena que refuerzan su papel de deidad agraria.

El recorrido se completa con bodegones donde la sensualidad de los frutos es la gran protagonista, como en «Mesa», de Jan Davidsz. de Heem, un lienzo del siglo XVII en el que el pintor demuestra su virtuosismo representando texturas, brillos y volúmenes de uvas, cítricos y otros alimentos. Este tipo de obras permite explorar cómo los artistas han intentado estimular la vista, el tacto y hasta el gusto mediante representaciones extremadamente minuciosas de la materia vegetal.

Símbolos florales en los retratos: del amor al duelo

Una de las sorpresas para muchos visitantes es comprobar hasta qué punto las flores cambian de significado según el contexto pictórico. En la sala de retratos, la exposición propone comparaciones directas entre obras donde una misma especie vegetal adquiere lecturas casi opuestas.

Es el caso del clavel (Dianthus caryophyllus). En el retrato de «La infanta María Antonia Fernanda de Borbón», pintado por Jacopo Amigoni alrededor de 1750, la flor que la joven sostiene en la mano se asocia con el compromiso y el amor conyugal. No es casual que este tipo de clavel aparezca con tanta frecuencia en retratos nupciales, donde funciona como una especie de promesa visual de afecto duradero.

Sin embargo, en una naturaleza muerta atribuida al francés Jacques Linard, la misma flor se integra en una vánitas junto a una calavera y otros símbolos de la fragilidad de la existencia. El clavel, que en un retrato real habla de esperanza sentimental, en este contexto sirve para recordar la fugacidad de la vida: lo que hoy florece, mañana se marchita. La muestra subraya así el valor de leer las plantas no sólo como especies identificables, sino como elementos de un discurso visual complejo.

Otros retratos permiten descubrir mensajes políticos y dinásticos a través de las plantas. El caso del flamenco Anton Van Dyck con el retrato de Amalia Solms-Braunfels resulta especialmente ilustrativo: el color naranja, ligado a la Casa de Orange-Nassau, se refleja en los adornos textiles del vestido, mientras que la retratada acaricia capullos de un naranjo amargo que todavía no han abierto. Según la lectura propuesta por Barba, estos brotes simbolizan el futuro de la dinastía, una manera silenciosa de insinuar continuidad y prosperidad mediante el lenguaje vegetal.

Jardines, jardineros y bulbos: el arte de cultivar el paisaje

La exposición también reserva un espacio a la figura del jardinero como demiurgo, aquella persona que moldea un espacio vivo y cambiante. En «Paisaje con un cartujo (¿San Bruno?)», de Herman van Swanevelt, se aprecia a un monje cuidando un jardín repleto de plantas bulbosas, entre ellas tulipanes (Tulipa cv.), azucenas (Lilium candidum) y coronas imperiales (Fritillaria imperialis).

La escena muestra al religioso examinando con atención varios bulbos, algunos ya descartados sobre la roca y otro que contempla con especial interés, imaginando quizá la flor que brotará la siguiente temporada. Esta imagen sirve para recordar que el jardín es una creación extremadamente frágil: si se abandona, la naturaleza se reorganiza y el diseño se pierde en poco tiempo. En este sentido, el jardinero aparece casi como un creador que guía la evolución del jardín según su criterio estético y práctico.

En otros cuadros, el jardín funciona como escenario cortesano y símbolo de poder. Palacios rodeados de parterres geométricos, fuentes y árboles recortados señalan el control humano sobre la naturaleza, mientras que la presencia de especies exóticas en macetas o invernaderos insinúa la capacidad de una corte para importar plantas raras desde otros territorios. Esa dimensión política del jardín se suma a la lectura más íntima de huertos domésticos y espacios monásticos dedicados a la contemplación y al cultivo de plantas medicinales.

Para reforzar esta mirada sobre los jardines, la programación paralela de CaixaForum Girona incluye actividades como visitas a los Jardins de Cap Roig, guiadas por especialistas como el jardinero Daniel Vilana, que permiten trasladar al paisaje actual muchas de las claves botánicas que aparecen en los lienzos históricos.

Uvas, hiedras y girasoles: símbolos religiosos y mitológicos

La muestra también revisa la simbología vegetal en escenas religiosas y mitológicas. En un cuadro dedicado a san Jerónimo, por ejemplo, la hiedra (Hedera helix) trepa tras un crucifijo y se asocia a la vida eterna por su carácter perenne, mientras que en una «Escena báquica» de Nicolas Poussin la misma planta se enrosca en la cintura de un fauno como atributo del dios Baco, junto con las hojas de parra (Vitis vinifera) que coronan a los personajes.

En la obra «Escena báquica», la hiedra y la vid se muestran inseparables como símbolos del vino, la embriaguez y la celebración, tal y como habían sido concebidas en la antigua Grecia y Roma. Es un buen ejemplo de cómo una misma especie puede cambiar de registro: en un contexto ascético se asocia a la eternidad espiritual, mientras que en una fiesta dionisíaca remite al exceso y al placer terrenal.

En el terreno religioso, aparecen también uvas y racimos con fuerte carga simbólica. En obras como «Virgen con el Niño, San Juan y los ángeles», de Lucas Cranach el Viejo, el Niño Jesús sostiene un racimo de uvas que anticipa la aceptación de su sacrificio en la edad adulta, en alusión directa a la Eucaristía. De este modo, las plantas se convierten en puentes visuales entre la iconografía cristiana y la vida cotidiana del público de la época, familiarizado con el cultivo de la vid.

Otra presencia llamativa es la del girasol (Helianthus annuus), retratado en un «Florero» de Jan Brueghel el Viejo. Llegado a Europa desde América en el siglo XVI, el girasol se transformó rápidamente en planta estrella de jardines y bodegones por sus enormes cabezas florales y sus semillas comestibles. Brueghel, conocido por su fidelidad a la morfología vegetal, llegó a desplazarse a otras ciudades para pintar flores del natural.

El propio artista dejó escrito su método: las flores debían pintarse de una sola vez, sin dibujos previos, aprovechando los apenas cuatro meses que dura su floración. Este enfoque casi documental convierte sus bodegones en una suerte de herbario pictórico, donde cada pétalo y cada hoja aportan información sobre las especies cultivadas en la Europa de su tiempo.

Restauración, investigación y nuevas atribuciones

Uno de los aspectos menos visibles, pero más relevantes de «La botánica en el arte», es el amplio trabajo de restauración llevado a cabo por el Museo del Prado antes de la itinerancia. Según ha explicado Alfonso Palacio, se ha tratado de una auténtica «operación de recuperación de patrimonio», ya que muchas de las 53 obras procedían de almacenes o depósitos externos.

Durante este proceso, se han producido hallazgos de gran calado para el museo. Un caso paradigmático es el de un cuadro depositado en la Casa Museo Lope de Vega en Madrid, cuya autoría era desconocida y que ahora se atribuye al flamenco David Teniers el Joven. Se trata de una escena de brujería donde aparece representado el lúpulo, planta con propiedades sedantes, que dialoga en la exposición con una obra del barcelonés Francesc Masriera i Manovens en la que una joven descansa fumando tabaco.

El propio comisario considera esta pintura «una gran obra maestra» y cree que reúne todos los requisitos para integrarse en la colección permanente del Prado cuando finalice el recorrido de la exposición, previsto hasta principios de 2029. No es el único ejemplo: Palacio señala que hay varias piezas con potencial para quedarse de manera estable en las salas del museo, gracias a las intervenciones de conservación realizadas.

Esta faceta más técnica de la muestra subraya la relación entre botánica, restauración e historia del arte. La identificación precisa de especies vegetales, apoyada en la investigación científica, ayuda a datar las obras con mayor exactitud, entender su procedencia y, en ocasiones, corregir atribuciones. La exposición, por tanto, no sólo acerca las plantas al gran público, sino que también reordena el conocimiento académico sobre las colecciones.

Fotografía botánica y estaciones olfativas: una experiencia multisensorial

El dispositivo expositivo no se limita a colgar cuadros. Uno de sus elementos más innovadores es la inclusión de fotografías botánicas realizadas ex profeso por la artista Paula Codoñer. Estas imágenes se sitúan junto a las obras del Prado para mostrar cómo son en la naturaleza las especies que aparecen pintadas, permitiendo comparar la precisión de los artistas con la realidad vegetal.

Lejos de funcionar como simples paneles didácticos, las fotografías de Codoñer están integradas en el discurso estético de la muestra, con soportes diseñados para dialogar visualmente con los lienzos. Esta decisión refuerza la dimensión científica del proyecto: al confrontar pinturas y fotografías, el público puede apreciar detalles que quizá pasarían desapercibidos, como la forma del cáliz, la disposición de las hojas o el punto exacto de madurez de un fruto.

El recorrido se completa con cinco estaciones olfativas que recrean aromas inspirados en especies presentes en la exposición, como el jazmín o la rosa. Diseñadas por la perfumista Luz Vaquero en colaboración con la empresa Iberchem y coordinadas por María Ángeles López y Sandra Cermeño, estas creaciones permiten que los visitantes vinculen la imagen de la planta con su olor, añadiendo una capa más íntima y evocadora a la experiencia.

Los dispositivos están adaptados a distintas alturas para facilitar el acceso a personas con movilidad diversa, y se integran con las obras sin interferir en las condiciones de conservación. El resultado es una experiencia multisensorial que combina la contemplación visual de pinturas históricas, la precisión fotográfica y la memoria olfativa.

Accesibilidad y mediación: democratizar la botánica en el arte

La exposición incorpora un proyecto de mediación y accesibilidad que busca llegar a un público amplio, incluyendo personas en situación de vulnerabilidad o con distintas capacidades. De acuerdo con la misión de la Fundación ”la Caixa”, se han diseñado recursos específicos para reducir barreras cognitivas y visuales.

Los textos de sala están disponibles en versión de lectura fácil, con estructura simplificada y vocabulario más accesible, y existe otra versión con tipografía de mayor tamaño, macrocaracteres y braille. El objetivo es que el mensaje fundamental de la muestra —la relevancia del mundo vegetal en el arte— sea comprensible para todos los visitantes, independientemente de su familiaridad con el lenguaje museístico.

El itinerario incorpora también materiales de mediación que conectan directamente las obras con las fotografías de Paula Codoñer y otros recursos contemporáneos, a fin de establecer puentes entre colecciones históricas y sensibilidades actuales. Se trata de presentar el patrimonio del Prado no como algo distante, sino como un conjunto de piezas capaces de dialogar con preocupaciones del presente, desde la crisis climática hasta el redescubrimiento de saberes tradicionales sobre las plantas.

En paralelo al recorrido principal, CaixaForum Girona ha preparado una agenda de actividades complementarias que incluye ciclos de cine en familia, charlas especializadas y visitas guiadas que ponen el énfasis en la relación entre arte, botánica, gastronomía y salud. Entre las propuestas destaca una conversación entre la chef Iolanda Bustos y la herborista Montse Parada sobre el potencial nutritivo, medicinal y cultural de las especies vegetales presentes en la exposición.

El programa se completa con acciones vinculadas a Temps de Flors, reforzando la conexión de la muestra con la vida cultural de Girona y consolidando a CaixaForum como un espacio donde la cultura científica y artística se encuentran.

Con este proyecto, CaixaForum Girona y el Museo del Prado ponen sobre la mesa una idea clara: las plantas en el arte nunca han sido meros adornos. Al iluminar su presencia en 53 obras, la exposición permite redescubrir las colecciones del Prado desde una perspectiva inédita, en la que cada hoja y cada pétalo participan activamente de la narración visual. Para el visitante, el resultado es una experiencia que combina historia del arte, ciencia, restauración y sensibilidad ecológica, invitando a salir de la sala con otra forma de mirar tanto los cuadros como los jardines y paisajes que nos rodean.

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