La botánica en el arte: cuando las plantas cuentan historias en los museos

  • La exposición itinerante "La botánica en el arte" revela el papel simbólico de las plantas en obras del Museo del Prado.
  • Más de 50 piezas, muchas restauradas y procedentes de almacenes, se organizan en cuatro secciones temáticas con enfoque botánico.
  • Estaciones olfativas, fotografías de plantas y recursos sonoros convierten la muestra en una experiencia sensorial completa.
  • El proyecto busca combatir la "ceguera vegetal" y se complementa con un catálogo que profundiza en la historia botánica del arte.

La botánica en el arte

En los últimos años se ha colado en el debate cultural una idea tan sencilla como poderosa: miramos cuadros, pero casi nunca miramos las plantas que aparecen en ellos. Esa falta de atención, bautizada como «ceguera vegetal», se ha convertido en el punto de partida de una propuesta expositiva que está viajando por España y que plantea una forma distinta de recorrer la historia del arte.

Bajo el título «La botánica en el arte. Las plantas en las colecciones del Museo del Prado», una exposición itinerante impulsada por la Fundación La Caixa y el Museo del Prado muestra cómo flores, árboles, frutos y arbustos no son un simple fondo bonito, sino auténticos protagonistas simbólicos, narrativos y sensoriales dentro de más de cincuenta obras que abarcan desde la Antigüedad clásica hasta principios del siglo XX.

Una exposición viajera que saca a la luz el jardín oculto del Prado

La muestra, comisariada por el jardinero, paisajista e investigador botánico Eduardo Barba, se ha estrenado en el CaixaForum Girona, donde podrá visitarse hasta el 23 de agosto, y después recorrerá distintos centros CaixaForum de España. El proyecto tiene vocación itinerante y llegará en los próximos años a Lleida, Tarragona, Zaragoza, Sevilla y Valencia, con estancias de varios meses en cada sede, lo que permitirá que un público amplio se acerque a esta mirada botánica sobre el arte europeo.

En las salas, el visitante se encuentra con 53 obras procedentes del Museo Nacional del Prado, que cubren un arco temporal muy amplio: desde una escultura de época romana (siglo I) hasta pinturas de comienzos del siglo XX, como un paisaje de Cuenca de 1910. No se trata solo de lienzos: conviven pintura sobre tabla, cobre y lienzo, esculturas botánicas, porcelanas y piezas de artes decorativas, muchas de ellas poco vistas hasta ahora e incluso alguna que llevaba largo tiempo sin exponerse.

Buena parte de estas piezas procede de los almacenes del Prado y ha pasado por un intenso proceso de restauración específico para la exposición. Según explican desde la organización, alrededor del 90% de las pinturas exhibidas en Girona han sido intervenidas para recuperar colores, detalles y matices botánicos que el paso del tiempo había dejado en un segundo plano.

Un relato europeo de flores, frutos y símbolos

La selección ofrece un recorrido por distintas tradiciones pictóricas europeas, todas unidas por un mismo hilo conductor: la presencia de elementos vegetales con carga simbólica o narrativa. El visitante puede encontrar ejemplos representativos de la escuela española —con especial peso de la colección de comienzos del siglo XX— junto a obras flamencas, del norte de Europa, italianas y francesas.

Entre los nombres destacados figuran artistas como Anton van Dyck, Jan Brueghel el Viejo o Nicolas Poussin, referentes de la pintura flamenca y clásica francesa del siglo XVII. Pero el comisario ha querido dar espacio también a obras de autores menos conocidos, anónimos o recientemente atribuidos, para mostrar cómo la botánica atraviesa tanto las grandes firmas como las piezas menos mediáticas.

Un ejemplo llamativo lo ofrece una escena de brujería atribuida al flamenco David Teniers el Joven, cuya autoría se ha podido confirmar durante los trabajos de restauración previos a la muestra. Este cuadro, que estaba en depósito en la Casa Museo Lope de Vega de Madrid, incluye la representación del lúpulo, una planta con efectos sedantes que refuerza el clima ambiguo y nocturno de la escena. Una vez concluida la itinerancia, la obra podría integrarse en la colección permanente del Prado.

Las piezas no se presentan siguiendo una cronología estricta. En lugar de un orden lineal, la exposición propone emparejamientos y diálogos entre obras de épocas muy distintas que comparten especies vegetales o significados simbólicos. Así, el recorrido invita a leer las plantas como un lenguaje que atraviesa siglos de creación artística.

Cuatro secciones para entender cómo las plantas hablan en los cuadros

Para combatir esa ceguera vegetal que, según Eduardo Barba, domina la mirada actual sobre el paisaje y las colecciones de los museos, la exposición se organiza en cuatro grandes áreas temáticas que exploran diferentes maneras en las que la botánica se integra en el arte.

La primera sección, titulada «Plantas que cuentan historias», reúne obras en las que los elementos vegetales resultan clave para interpretar la escena. Un ejemplo señalado es la estatua del dios griego del sueño, Hipnos, representado con un manojo de frutos de adormidera (Papaver somniferum). De esta amapola se extrae el opio, célebre por sus propiedades sedantes, por lo que la planta subraya la idea de sueño eterno asociado a la muerte.

En otra de las salas, el espectador se cruza con la escultura de ese mismo dios del sueño, realizada a partir de un torso del siglo I y completada en el XVI, junto a un retrato de joven del pintor Jan Roos, datado en el primer tercio del siglo XVII. El punto de unión es la adormidera, pero el óleo de Roos incorpora además otros signos funerarios: castañas, granadas, claveles y la figura del dios Mercurio señalando al cielo, lo que hace pensar que podría tratarse de un retrato póstumo.

La segunda área, presentada bajo el título «El Prado es un jardín», pone el foco en escenas de jardines y en los oficios que los cuidan. Aparecen, por ejemplo, monjes seleccionando bulbos para la plantación o la diosa romana Flora velando por la salud de los espacios verdes. Aquí el museo se entiende como un gran jardín simbólico en el que se cruzan mitología, trabajo agrícola y contemplación.

La tercera sección, «El gusto por las plantas», explora la vertiente más sensorial y material de la botánica. Se destacan plantas que se aprecian por el olfato o el paladar, muchas de ellas procedentes de territorios lejanos para el público europeo de la época, como el loto (Nelumbo nucifera) o el taro (Colocasia esculenta), ambas especies comestibles. Estas obras hablan de viajes, comercio y curiosidad científica, además de despertar el recuerdo de sabores y perfumes.

La última área, titulada «Las emociones en el paisaje», reúne paisajes donde la vegetación contribuye a construir estados de ánimo. Los visitantes se mueven entre escenas de calma, tormenta, sensación de encierro o exotismo, donde la elección de árboles, arbustos y texturas verdes resulta determinante para transmitir una determinada atmósfera.

Símbolos, religiosidad y vida cotidiana a través de flores y frutos

Una de las grandes aportaciones de la muestra es mostrar con ejemplos muy concretos cómo cada planta puede encerrar significados complejos, e incluso contradictorios, según el contexto. En la obra La Virgen con el Niño, San Juan y los ángeles (1536), de Lucas Cranach el Viejo, un racimo de uvas aparece asociado a la futura pasión de Cristo: simboliza la aceptación del sacrificio que Jesús asumirá en su vida adulta.

Un siglo después, otros artistas europeos recurren a la flora para hablar de temas tan distintos como el amor o la fugacidad de la existencia. En el retrato de la infanta María Antonia Fernanda de Borbón, pintado por Jacopo Amigoni, un clavel que la protagonista sostiene en la mano remite a la idea de amor. Sin embargo, ese mismo tipo de flor, colocado en un jarrón junto a una calavera en la obra Vanitas del francés Jacques Linard, se convierte en símbolo de muerte y brevedad de la vida. La exposición invita a fijarse en estas variaciones y a abandonar la idea de que las flores son solo un recurso decorativo.

En el extremo más cotidiano del espectro, la vegetación urbana o rural también se carga de significado. El óleo Las huertas (Cuenca), pintado en 1910 por Aureliano de Beruete, utiliza los matices verdosos de las huertas para reforzar la imagen austera y sobria de la ciudad castellana. Sin la presencia insistente de esos tonos verdes y de la organización de los cultivos, el carácter del paisaje sería completamente distinto.

El hilo conductor, como resume su comisario, es la convicción de que «no hay casualidades en el arte». Un cardo, una hiedra, un cítrico exótico, una chumbera o una sencilla hoja de árbol se convierten en portadores de relatos religiosos, mitológicos, políticos o emocionales. Las plantas, señala Barba, cuentan los viajes de las especies, las costumbres sociales y hasta la antropología de cada época.

Una experiencia sensorial: estaciones olfativas, fotografía botánica y paisajes sonoros

La propuesta no se limita a señalar las plantas con cartelas al uso. Uno de los objetivos de la muestra es que el visitante vincule de nuevo la visión de una especie con su olor, su textura y su presencia real. Para lograrlo, el recorrido se completa con diversos recursos sensoriales que transforman la visita en una experiencia más inmersiva.

Repartidas por las salas se han instalado cinco estaciones olfativas que permiten oler aromas inspirados en especies presentes en las obras expuestas. El público puede, por ejemplo, acercarse al perfume de la higuera (Ficus carica) o a la fragancia de una rosa de mayo (Rosa × centifolia), activando una memoria olfativa que se superpone a la contemplación de los cuadros. La idea es sencilla: si al ver un jazmín en un lienzo recordamos su olor, ¿por qué no hacerlo explícito también en el espacio expositivo?

Junto a muchas de las obras se exhiben fotografías de las plantas al natural, realizadas por la artista Paula Codoñer. Estas imágenes permiten comparar directamente la especie real con su interpretación artística, en un juego de «búsqueda» que resulta especialmente atractivo para el público infantil. La propuesta anima a localizar en el cuadro dónde se ha escondido la planta que se ve en la foto, agudizando la capacidad de observación.

El cierre del recorrido se ha concebido también como una experiencia sensorial. En la última sala se expone una única obra centrada en un jardín, acompañada por una pieza sonora basada en sonidos reales de un espacio ajardinado: el rumor del agua de una fuente, el canto de mirlos y gorriones, el zumbido de algún abejorro que se cruza en la escena. Todo ello crea una atmósfera envolvente que funciona como despedida pausada de la muestra.

Del museo al papel: un catálogo para seguir el rastro vegetal en el arte

Conscientes de que no todo el mundo podrá acercarse a las diferentes sedes de CaixaForum, los organizadores han editado un catálogo que reproduce el recorrido de la exposición. Este volumen no se limita a reunir las imágenes de las obras, sino que incorpora textos que relatan las historias botánicas de cada pieza, acompañadas de fotografías tanto de las especies vegetales como de los cuadros, esculturas y objetos decorativos.

El libro incluye además un artículo dedicado a la historia de la fotografía botánica, firmado por Beatriz Sánchez Torija, miembro del departamento de dibujos, estampas y fotografías del Museo del Prado. Este texto contextualiza cómo se ha documentado la flora a través de la cámara desde sus inicios, y cómo la imagen fotográfica ha influido también en la manera de representar plantas en otras disciplinas artísticas.

El catálogo se plantea como una herramienta útil tanto para quienes visiten la muestra y quieran profundizar en los detalles vistos en sala como para quienes se interesen por la relación entre arte, ciencia y naturaleza sin poder desplazarse. En cierto modo, permite prolongar en casa ese paseo entre cuadros y jardines que propone el proyecto expositivo.

Desde el propio Museo del Prado y desde la Fundación La Caixa se subraya que este trabajo es el resultado de la colaboración de numerosos equipos técnicos y de restauración. El Taller de Restauración del museo ha jugado un papel central al recuperar el aspecto original de muchas obras, que ahora lucen detalles vegetales antes prácticamente invisibles. El director del Prado, Miguel Falomir, ha respaldado públicamente la apuesta por esta línea de investigación, que se suma a otros itinerarios temáticos desarrollados en la pinacoteca en los últimos años.

El propio Eduardo Barba ya había comisariado previamente en el Prado un itinerario botánico dentro de las colecciones permanentes, centrado en localizar plantas significativas en distintas salas. «La botánica en el arte» amplía ahora ese enfoque en un formato más concentrado y didáctico, acercando al gran público una disciplina que suele quedar en segundo plano frente a las grandes narraciones históricas o religiosas.

A través de este recorrido itinerante por Girona y otras ciudades como Tarragona, Lleida, Zaragoza, Sevilla y Valencia, el proyecto demuestra que mirar con calma las plantas en los cuadros cambia la manera de entender escenas, personajes y paisajes. Lo que en un primer vistazo parecía un simple adorno floral se convierte, al prestar atención, en una clave para descifrar mensajes, estados de ánimo y referencias culturales que los artistas europeos han ido sembrando en sus obras a lo largo de los siglos.

La botánica en el arte
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