La conservación de semillas tradicionales gana impulso en España

Semillas de variedades tradicionales

En los últimos años, la conservación de semillas tradicionales se ha convertido en una prioridad para agricultores, investigadores y administraciones en España. La pérdida de biodiversidad agrícola, acelerada por la agricultura industrial y el cambio climático, ha puesto en alerta a quienes entienden que cada variedad antigua encierra un tesoro genético. Desde pequeños huertos familiares hasta centros de investigación, el objetivo es el mismo: evitar que desaparezcan cultivos que durante generaciones formaron parte del paisaje y la alimentación de distintas regiones, subrayando la importancia de conservar y recuperar semillas tradicionales en la agricultura.

En este contexto, varias iniciativas en Castilla y León y Aragón están marcando la diferencia. Mientras un joven hortelano de Palencia ha creado su propio banco de semillas con variedades locales, una Indicación Geográfica Protegida de León ha recibido financiación para garantizar la pureza de sus legumbres. Al mismo tiempo, investigadores aragoneses colaboran con un centro neerlandés para recolectar especies silvestres emparentadas con cultivos, ampliando así la base genética disponible para futuros desarrollos agrícolas.

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Bancos de semillas: una labor silenciosa pero crucial

El mantenimiento de un banco de semillas no es tarea sencilla. Requiere multiplicación periódica, control sanitario, pruebas de germinación y una gestión documental que garantice la trazabilidad de cada variedad. En la provincia de León, la IGP Alubia de La Bañeza-León ha firmado un convenio dotado con 45.000 euros para reforzar estos trabajos hasta 2027. La financiación permitirá conservar las cuatro variedades protegidas por la Indicación Geográfica, asegurando que los agricultores dispongan de simiente de calidad, adaptada al terreno y libre de contaminaciones genéticas. Este programa, que arrancó en los años noventa con la recuperación de variedades tradicionales, culminó con el reconocimiento de la IGP en 2005 y hoy es un referente en la producción diferenciada de legumbres en España.

Pero no solo las instituciones públicas apuestan por la conservación. Emilio Medina, un joven de 26 años de Villalcázar de Sirga (Palencia), ha decidido actuar por su cuenta. Sin subvenciones ni ayudas, ha creado un banco de semillas propio centrado en variedades de la provincia. “Ha sido todo iniciativa mía”, explica. Su trabajo se ha centrado especialmente en el tomate, del que ya ha recopilado unas 500 semillas diferentes, cada una con características únicas de sabor, forma y resistencia. Para Emilio, cada semilla es un recurso genético que puede ayudar a desarrollar cultivos más resistentes a la sequía, las plagas o las temperaturas extremas, similar a cómo otros recolectan, secan y guardan sus propias semillas.

Banco de semillas

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De la mano de la ciencia y la tradición

La conservación de semillas no se limita a las variedades ya domesticadas. El Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA) ha llevado a cabo, en colaboración con el Centre for Genetic Resources de los Países Bajos (CGN), una tercera campaña de recolección de especies silvestres emparentadas con cultivos. Cristina Mallor, responsable del Banco de Germoplasma Hortícola del CITA, y Ana Isabel Marí, técnica de investigación, recorrieron el campo para recoger muestras que luego se conservarán en bancos de germoplasma. Estas especies silvestres son primas lejanas de nuestras hortalizas y legumbres, y pueden contener genes clave para mejorar la resistencia a enfermedades o la adaptación a condiciones adversas. La colaboración con el CGN, con sede en Wageningen (Holanda), permite aunar esfuerzos y compartir conocimientos a nivel europeo.

La importancia de estas iniciativas se multiplica ante el cambio climático. Las variedades tradicionales, seleccionadas durante siglos por agricultores locales, suelen estar mejor adaptadas a las condiciones de su entorno que las variedades comerciales modernas. Por ejemplo, muchas de las semillas que conserva Emilio Medina proceden de cultivos que resistieron sequías y heladas en Castilla y León. De igual modo, las variedades de alubia protegidas por la IGP de La Bañeza-León han demostrado una notable capacidad de adaptación a los suelos y el clima de la comarca. Los investigadores pueden utilizar este material genético para desarrollar nuevas variedades que mantengan la productividad sin renunciar a la calidad, algo que resulta estratégico para el futuro del sector agrario.

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El valor de las variedades autóctonas frente al cambio climático

La diversidad genética que albergan los bancos de semillas es una herramienta fundamental para afrontar los retos del siglo XXI. La agricultura moderna depende en gran medida de un número reducido de variedades, lo que la hace vulnerable a enfermedades, plagas o cambios bruscos en el clima. Contar con un amplio abanico de semillas tradicionales permite “cubrirse las espaldas”, como señalan los expertos. En el caso de la Alubia de La Bañeza-León, la conservación de las cuatro variedades protegidas no solo garantiza la continuidad de un producto con denominación, sino que también ofrece a los agricultores una alternativa rentable y sostenible frente a cultivos extensivos de menor valor añadido.

Además, la colaboración internacional enriquece el patrimonio genético disponible. La recolección de especies silvestres emparentadas con cultivos, como la que realizan el CITA y el CGN, permite incorporar genes que podrían ser decisivos para desarrollar cultivos resistentes a la sequía o a nuevas enfermedades. Estas especies, que crecen de forma natural en campos y montes, son un recurso infravalorado pero esencial para la investigación agrícola. En Aragón, los trabajos de campo se han centrado en localizar y recolectar semillas de parentales silvestres de hortalizas, que luego se conservan en condiciones controladas para su estudio y posible uso en programas de mejora genética.

Por último, cabe destacar que la conservación de semillas tradicionales no es solo una cuestión de pasado, sino de futuro. Iniciativas como la de Emilio Medina, el banco de germoplasma de la Alubia de La Bañeza-León o la recolección de especies silvestres en Aragón demuestran que, desde lo local hasta lo internacional, hay una red de personas e instituciones trabajando para que la biodiversidad agrícola no se pierda. Cada semilla guardada es una oportunidad para que la agricultura española y europea pueda adaptarse a los desafíos que vienen, manteniendo al mismo tiempo la calidad y la identidad de los productos del territorio.

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