
Las magnolias llevan décadas cautivando por su porte y sus flores perfumadas; en el norte de España hay un ejemplar que se ha ganado un lugar propio en la memoria colectiva. Se trata de una Magnolia grandiflora de dimensiones excepcionales, cuya presencia se ha convertido en reclamo para amantes de la jardinería y del patrimonio.
Ese árbol singular se encuentra en Puente San Miguel (municipio de Reocín, Cantabria), dentro de una finca privada ligada a la familia Botín cuyos jardines gozan de protección como Bien de Interés Cultural. En torno a él se articula un conjunto paisajístico con historia, diseño y botánica que, aunque de acceso restringido, despierta una enorme curiosidad.
Un ejemplar récord en Puente San Miguel

La protagonista es una Magnolia grandiflora con más de 200 años, considerada la más grande de Europa. Su copa, tronco y raíces muestran la fortaleza de una especie perennifolia que, en este emplazamiento, ha encontrado un microclima idóneo para crecer con vigor y longevidad.
El entorno en el que prospera nació en el siglo XIX con un trazado de influencia anglosajona y naturalista, impulsado por Marcelino Sanz de Sautuola. En aquel período se integraron especies autóctonas y exóticas gracias a redes internacionales de intercambio de semillas, lo que explicó la introducción de joyas botánicas como esta magnolia.
Quien desee contemplarla de cerca debe tener en cuenta que el acceso está muy acotado y sujeto a calendario. A día de hoy, y según la información municipal disponible, el régimen de visitas es el siguiente:
- Días: primer y tercer miércoles de cada mes.
- Horario: de 9:30 a 11:30 horas.
- Temporada: del 1 de mayo al 15 de septiembre.
- Entrada: gratuita (información del Ayuntamiento de Reocín).
Dado que se trata de una propiedad privada con protección patrimonial, conviene planificar la visita con antelación y respetar las indicaciones del personal, algo esencial para preservar tanto el arbolado como el resto de elementos del conjunto.
Un jardín histórico que arropa a la magnolia
La magnolia comparte espacio con ejemplares singulares y árboles de hoja perenne que subrayan el carácter monumental del recinto: una Sequoia sempervirens de más de 40 metros y gran perímetro, un cedro del Atlas y un ginkgo biloba, auténtico fósil viviente. Este elenco refuerza el valor botánico y la diversidad del lugar.
En la década de 1950, el pintor y paisajista Javier de Winthuysen modeló espacios íntimos: patios con impluvium y fuentes, glorietas abrazadas por boj, rosales trepadores y arcadas de aire escenográfico. También se dispusieron rincones de silencio y lectura, con una capilla y estancias vinculadas al escritor Víctor de la Serna.
Ya desde los años 80, la paisajista Carmen Añón proyectó el llamado jardín nuevo sobre antiguas mieses, con avenida de alcornoques, rosaleda-laberinto, estanque menor, un gran lago con cascada, isla con pabellón, huerta ornamental y viveros. Entre sus hitos destaca el estanque de los espejos, oculto tras setos de laurel que multiplican reflejos y generan una atmósfera casi irreal.
El recorrido se completa con piezas artísticas de primer nivel: un homenaje escultórico al descubrimiento de Altamira firmado por Jesús Otero; un medallón dedicado a Víctor de la Serna de Victorio Macho; un monumento a Marcelino Sanz de Sautuola y a su hija María obra de Agustín de la Herrán; y una capilla privada con mausoleo diseñada por Fernando Chueca, integrada en el ámbito de la propiedad.
Entre memoria, arte y botánica, la gran magnolia ejerce de seña de identidad de un jardín histórico que se abre puntualmente al público, una propuesta muy apetecible para quien busque naturaleza singular y patrimonio en Cantabria.
