La plaga del picudo rojo sigue cambiando el aspecto de multitud de ciudades del norte peninsular. En apenas unos años, este gorgojo de las palmeras ha obligado a talar ejemplares emblemáticos y ha dejado paisajes desangelados en parques, paseos marítimos y jardines históricos donde antes las palmeras eran protagonistas.
Lo que hace no tanto parecía un problema acotado a zonas del Mediterráneo se ha convertido ahora en una amenaza muy seria para el arbolado ornamental de Asturias, Cantabria y otros territorios del norte, mientras ayuntamientos en alerta, vecinos y empresas especializadas tratan de ponerle freno con las herramientas de que disponen y con resultados desiguales.
Un invasor silencioso que se extiende por Asturias
En el Principado, la situación ha pasado en pocos años de ser un simple aviso a convertirse en un escenario de plaga consolidada. El picudo rojo, cuyas larvas de gran tamaño devoran el interior de las palmeras y cuyos adultos son escarabajos muy llamativos, fue detectado de forma oficial en Asturias hace menos de una década, pero su avance ha sido fulgurante.
La primera confirmación llegó en noviembre de 2017, cuando se localizaron varios ejemplares adultos en dos puntos del concejo de Oviedo, en las zonas de Caravia (Limanes) y Moreo (Colloto). Junto a uno de esos ejemplares se capturaron escarabajos y se hallaron pupas y síntomas evidentes en una palmera que hubo que destruir de inmediato, mientras que la otra, por su tamaño y cercanía a una vivienda, precisó una retirada más planificada para evitar daños materiales.
A raíz de aquel hallazgo, la administración autonómica estableció una zona demarcada de un kilómetro alrededor de los focos iniciales y alertó a los concejos limítrofes. Era la primera constatación oficial de picudo rojo en Asturias con evidencia física de adultos y crisálidas, y supuso un antes y un después en la gestión del arbolado ornamental de la región.
Con el paso del tiempo, sin embargo, se ha comprobado que las medidas adoptadas no han bastado para frenar la expansión. Municipios costeros y de interior, muchos de ellos con palmeras en plazas, parques o casonas indianas, se han visto afectados por una plaga que está modificando de forma visible el paisaje.
Un origen tropical y una enorme capacidad de adaptación
El picudo rojo, Rhynchophorus ferrugineus, es originario de zonas tropicales del Sureste Asiático y Polinesia. Su llegada a Europa se remonta a principios de los años noventa, cuando alcanzó el norte de África a través de Egipto y desde allí fue saltando a España, Italia, Francia y Portugal, principalmente asociado al comercio de palmeras ornamentales.
Aunque procede de climas cálidos y húmedos, la especie ha demostrado una sorprendente plasticidad para adaptarse a entornos muy distintos, incluidos territorios con inviernos fríos en la cornisa cantábrica. Esa capacidad de ajuste a nuevas condiciones ha sido uno de los factores clave para que hoy sea una plaga extendida en buena parte del litoral y, cada vez más, en el interior.
Su dispersión natural se ve favorecida porque el insecto adulto puede volar distancias estimadas de entre 3 y 5 kilómetros. No obstante, los técnicos insisten en que el principal motor de expansión sigue siendo la acción humana: el transporte de palmeras ya infestadas, pero sin síntomas visibles, abre la puerta a nuevos focos en zonas donde, en teoría, todavía no había presencia del gorgojo.
Un ciclo biológico complejo y devastador
Una de las grandes dificultades para controlar al picudo rojo reside en su ciclo biológico completo. Dentro de una misma palmera pueden encontrarse a la vez huevos, larvas, pupas y adultos, lo que permite que diferentes generaciones se solapen en el interior del mismo ejemplar durante meses.
Las larvas, que pueden alcanzar casi cinco centímetros de longitud, se alimentan del tejido vegetal interno de la palmera y son responsables de la mayor parte de los daños. A medida que excavan, generan galerías que pueden llegar a medir hasta un metro, destruyendo los tejidos de crecimiento y comprometiendo de forma irreversible la estructura de la planta.
Las administraciones advierten de que una única palmera infestada puede albergar más de un millar de individuos, suficientes para convertirse en el núcleo de un foco importante si no se actúa a tiempo. Esta dinámica hace que la detección temprana sea complicada, ya que mientras el insecto se alimenta por dentro apenas se aprecian señales externas.
Las manifestaciones visibles —hojas que se inclinan, deformaciones en la corona, amarilleos y, más tarde, la muerte de la yema apical— llegan cuando el daño interno ya es severo. En ese punto, la práctica totalidad de los casos termina en tala, pues los tratamientos curativos tienen muy pocas probabilidades de éxito.
Los adultos, por su parte, viven entre 45 y 90 días y son los únicos capaces de abandonar la palmera afectada caminando o volando. Suelen hacerlo cuando el interior del ejemplar está ya muy deteriorado y no queda material vegetal aprovechable, o bien cuando son atraídos por feromonas liberadas por otros picudos en nuevas palmeras y por sustancias que desprenden las plantas heridas por podas o golpes.
Asturias: talas, paisajes cambiantes y una lucha cuesta arriba
En Asturias, el número de palmeras derribadas en los últimos años se cuenta por centenares. Gijón, por ejemplo, ha sufrido un impacto notable en su arbolado ornamental, con episodios tan simbólicos como la tala de 15 de las 17 palmeras que daban nombre al parque de Las Palmeras en 2022, dejando prácticamente irreconocible un espacio muy ligado a la imagen de la ciudad.
En la villa de Grado, la plaga obligó recientemente a eliminar tres palmeras en el parque de Abajo en pleno invierno, a lo que se sumó otra tala meses antes. En estos ejemplares se habían aplicado tratamientos fitosanitarios convencionales, pero sin resultados satisfactorios, lo que pone de manifiesto las limitaciones de los métodos químicos utilizados hasta ahora.
Otros municipios, como Villaviciosa y Navia, se han visto igualmente afectados. Villaviciosa tuvo que retirar en 2024 una palmera seca en el Parque Ballina y acompañó la operación con la poda de otras palmeras sanas y la aplicación de duchas con fitosanitarios con carácter preventivo. En Navia, a finales de 2025, se procedió a talar una palmera muy representativa de la zona del puerto tras confirmarse que el picudo la había colonizado.
La lista de concejos con incidencias incluye también localidades como Ribadesella, donde el Ayuntamiento ha puesto en marcha un tratamiento intensivo sobre una docena de palmeras ornamentales en parques y jardines municipales. Pese a todas estas actuaciones, las autoridades reconocen que la situación es compleja y el margen de maniobra, limitado.
Ya en 2018, apenas un año después de la primera detección oficial, el Principado declaró de forma oficial la condición de plaga del picudo rojo en todo el territorio asturiano y aprobó distintas medidas fitosanitarias para tratar de contenerlo. La experiencia de estos años demuestra, sin embargo, que el impacto sobre las palmeras ha seguido en aumento y que el insecto se ha asentado de manera estructural.
Cantabria: la tala de una palmera emblemática en Santander
La expansión del picudo rojo tampoco ha pasado de largo por Cantabria, donde la plaga está afectando a palmeras de numerosos municipios y golpea también a ejemplares singulares que formaban parte de la memoria colectiva de barrios y ciudades.
Un ejemplo reciente es el de una palmera icónica en el barrio de Porrúa, en Santander, catalogada en el listado de árboles singulares de la ciudad. Los trabajos de tala, realizados por la empresa Diego Jardinería, se convirtieron en un acontecimiento vecinal: numerosos residentes se acercaron a presenciar las labores, muchos de ellos con el móvil en la mano para grabar un momento que sabían que marcaba el fin de una etapa.
Entre los asistentes se mezclaban nostalgia y alivio. Por un lado, el ejemplar había sido durante décadas un símbolo para un barrio obrero que se había construido a base de esfuerzo. Por otro, su estado de deterioro suponía un riesgo real por la ubicación y la frecuencia de temporales de viento, y los vecinos reconocían que mantenerla en pie ya era inviable.
La tala no fue inmediata. Aunque la comunidad de propietarios había organizado incluso una pequeña despedida meses antes, la falta de un permiso municipal retrasó la intervención, lo que alargó la incertidumbre. Cuando por fin llegaron las máquinas, el operativo requirió un camión pluma, cesta elevadora y una retirada progresiva de hojas y tronco para ir bajando los restos de forma segura y con control del peso.
El responsable de la empresa encargada de los trabajos admitía que tienen actualmente “mucho trabajo” por la plaga de picudo rojo en Cantabria, que está arrasando palmeras en prácticamente todos los puntos de la comunidad. Según explican, en este caso se intentó buscar soluciones antes de llegar a la tala, pero cuando la comunidad de vecinos empezó a recabar presupuestos y opiniones técnicas, la palmera ya estaba demasiado afectada.
Limitaciones de los tratamientos actuales y necesidad de detección precoz
La experiencia acumulada tanto en Asturias como en Cantabria muestra que los tratamientos disponibles han sido, en su mayoría, de carácter preventivo. Diversas empresas que trabajan en la retirada de palmeras coinciden en que los fitosanitarios clásicos apenas ofrecen garantías cuando el insecto ya se ha instalado en el interior del tronco.
Este tipo de plaguicidas busca proteger la palmera antes de que el picudo penetre en los tejidos; una vez que las larvas han comenzado a excavar sus galerías, el margen de actuación se reduce drásticamente. De ahí que muchas campañas se centren en monitoreo constante, podas cuidadosas y eliminación inmediata de ejemplares irrecuperables para evitar que actúen como reservorio de la plaga.
La detección temprana se plantea como uno de los grandes retos. Identificar síntomas iniciales —pequeñas deformaciones, sonidos internos, cambios sutiles en el porte— exige formación específica y revisiones periódicas, lo que supone un esfuerzo considerable para ayuntamientos y propietarios privados con un número elevado de palmeras.
Ante este escenario, comunidades autónomas y consistorios han ido aprobando ayudas y subvenciones para el tratamiento de palmeras en manos privadas. En Santander, por ejemplo, se han anunciado líneas de apoyo económico para costear parte de las intervenciones contra el picudo rojo, aunque algunos vecinos consideran que estas ayudas llegan tarde para muchos ejemplares que ya no tienen solución.
Mientras tanto, se multiplican las iniciativas de sensibilización para que propietarios y comunidades de vecinos notifiquen cuanto antes cualquier sospecha de infestación y así se pueda actuar con mayor rapidez, minimizando en lo posible las talas y los riesgos para la seguridad.
Nuevos enfoques biológicos desde Uruguay con posible impacto internacional
En paralelo a las dificultades que viven territorios como Asturias o Cantabria, llegan noticias alentadoras desde Uruguay, donde se ha aprobado un bioinsecticida específicamente orientado al control del picudo rojo que podría abrir nuevas vías de trabajo también para Europa si su eficacia se confirma a gran escala.
El Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca uruguayo ha autorizado el uso de un producto denominado CreBIO 3, desarrollado por la empresa Bio Uruguay y liderado por la ingeniera agrónoma y doctora en Ciencias Agrarias Alda Rodríguez. El bioinsecticida se basa en un hongo entomopatógeno nativo, es decir, un microorganismo capaz de infectar y eliminar insectos de forma natural.
La investigación arrancó en 2023 con el muestreo de más de 700 puntos de suelo en busca de hongos con potencial para atacar al picudo rojo. En laboratorio, el microorganismo seleccionado mostró tasas de mortalidad superiores al 85% frente a distintas fases del insecto, incluidos adultos y pupas, lo que ya apuntaba a un buen nivel de eficacia.
El dato más llamativo llegó con las pruebas de campo a largo plazo. Después de 17 meses de seguimiento en zonas con alta presión de plaga, se comprobó que las palmeras tratadas con CreBIO 3 presentaban un 100% de supervivencia, un resultado difícil de alcanzar con otras estrategias de control actualmente en uso.
El modo de acción de este hongo es por contacto. Una vez aplicado sobre la planta, infecta al picudo rojo y provoca su muerte, al tiempo que se multiplica de manera natural en el entorno. Esto permite prolongar su efecto en el tiempo sin necesidad de intervenciones constantes y, además, reduce el uso de sustancias químicas de síntesis.
Refuerzo de las defensas de la palmera y aplicación en el suelo
Según ha explicado el equipo investigador, el hongo activo no se limita únicamente a eliminar al insecto. También estimula los mecanismos de defensa propios de la palmera, lo que se traduce en una suerte de refuerzo inmunológico frente a nuevos ataques.
Esta relación beneficiosa entre planta y microorganismo genera asimismo compuestos con efecto repelente, que actuarían disuadiendo a otros picudos de colonizar palmeras ya tratadas. Se trata, por tanto, de una doble estrategia: control directo de la plaga y aumento de la capacidad de resistencia de la planta.
La pauta de uso recomendada no se limita al tronco ni a la corona de la palmera. Los especialistas uruguayos subrayan la importancia de tratar también el suelo que rodea al ejemplar, ya que ciertas fases del ciclo del picudo pueden desarrollarse en el entorno inmediato. De este modo, se amplía el radio de acción del bioinsecticida y se interrumpe el ciclo reproductivo desde la base.
Antes de su comercialización, CreBIO 3 fue objeto de pruebas de inocuidad en laboratorios acreditados. Tanto el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca como el Ministerio de Salud Pública de Uruguay han avalado que no supone riesgos relevantes para las personas, los animales domésticos ni otros organismos beneficiosos, un aspecto clave para su aceptación social.
Otro elemento que ha llamado la atención es el coste relativamente bajo del tratamiento. Según los datos facilitados, la protección de una palmera tendría un precio inferior a los diez dólares por ejemplar, con entre dos y tres aplicaciones recomendadas para asegurar una cobertura adecuada en el tiempo.
Lecciones y perspectivas para España y Europa
Mientras en Uruguay se apuesta por estrategias preventivas con este tipo de bioinsecticidas en zonas de alto valor ambiental, como los palmares del departamento de Rocha, en España el foco está puesto en contener el daño y evitar la pérdida de ejemplares históricos, especialmente en aquellas comunidades en las que el picudo rojo lleva años presente.
En el norte peninsular, las experiencias de Asturias y Cantabria evidencian la necesidad de combinar varias líneas de trabajo: vigilancia sistemática, coordinación entre administraciones, apoyo económico a propietarios privados y una apuesta decidida por que los tradicionales tratamientos químicos.
La posible llegada de soluciones biológicas avanzadas, como el bioinsecticida desarrollado en Uruguay u otros productos basados en hongos entomopatógenos que se investigan en Europa, abre una ventana de oportunidad para rediseñar las estrategias de lucha contra el picudo. No obstante, los expertos insisten en que ninguna herramienta será milagrosa si no va acompañada de protocolos estrictos en el comercio y transporte de palmeras y de una implicación activa de administraciones y ciudadanos.
Con paisajes urbanos que han cambiado de forma drástica y un patrimonio vegetal difícil de recuperar una vez perdido, la batalla contra el picudo rojo se ha convertido en un desafío a largo plazo para muchas ciudades españolas; el desenlace dependerá tanto de la rapidez con la que se incorporen nuevas soluciones biológicas como de la capacidad colectiva para detectar y atajar la plaga antes de que cada nueva palmera afectada se convierta en el origen de otro foco incontrolable.