Las semillas son la base de la alimentación humana y la biodiversidad agrícola, pero su diversidad está en grave peligro. La pérdida de variedades locales, impulsada por la agricultura intensiva y la estandarización de cultivos, ha reducido drásticamente el patrimonio genético disponible. En España, diversas iniciativas buscan frenar esta tendencia mediante la conservación en bancos de semillas y la recuperación de variedades autóctonas.
La colaboración entre científicos, agricultores y administraciones está dando frutos, como demuestran los casos del melón de Torres de Berrellén en Aragón o la colección de tomates tradicionales de Retorno Tirón. Estos proyectos no solo rescatan sabores y tradiciones, sino que también garantizan la adaptación futura de la agricultura al cambio climático.
La red de bancos de semillas en España
Para proteger la diversidad genética, España dispone de varios bancos de semillas que almacenan variedades autóctonas en condiciones controladas. El Centro de Recursos Fitogenéticos (CRF) del INIA-CSIC y el Banco de Germoplasma Hortícola del CITA son dos ejemplos clave. En estas instalaciones, las semillas se mantienen a -18°C en recipientes herméticos, lo que permite conservarlas viables durante décadas. Este sistema de almacenamiento es fundamental para preservar variedades que han desaparecido del campo o están en riesgo de extinción.
La necesidad de estas infraestructuras surge de la pérdida masiva de diversidad de cultivos que se ha producido desde el siglo pasado. La agricultura intensiva ha sustituido miles de variedades locales por unas pocas comerciales, lo que reduce la capacidad de adaptación frente a plagas o cambios climáticos. Los bancos de semillas en España actúan como un seguro para el futuro, permitiendo recuperar material genético si fuera necesario.
Ejemplos de recuperación de variedades autóctonas
Uno de los casos más emblemáticos es el del melón de Torres de Berrellén, en Zaragoza. Unas semillas encontradas en un viejo granero sirvieron de punto de partida para un proyecto que, tras más de diez años de trabajo, logró recuperar esta variedad tradicional. El Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA) participó en los análisis y, en 2025, el Ministerio de Agricultura la registró como variedad de conservación. Hoy, más de 6.000 semillas se han puesto en circulación para su cultivo.
Otro ejemplo lo protagoniza el grupo Retorno Tirón, que recolecta semillas de tomate de agricultores mayores en distintas regiones. Con más de 300 variedades, estudian su comportamiento frente a la sequía y las enfermedades. «La semilla de un tomate es como un disco duro», explican, ya que almacena información sobre el ciclo de cultivo. Estos esfuerzos demuestran que la memoria agrícola de los pueblos es un recurso invaluable para la ciencia.
El papel de la ciencia y la colaboración ciudadana
La conservación de semillas no sería posible sin la colaboración entre investigadores, agricultores y asociaciones. Centros como el INIA-CSIC y el CITA trabajan codo a codo con iniciativas locales para documentar, analizar y multiplicar las variedades recuperadas. Los agricultores aportan su conocimiento tradicional y las semillas que han conservado durante generaciones, mientras que los científicos verifican su calidad y adaptación.
Este modelo de cooperación ha permitido que variedades que parecían perdidas vuelvan a los campos. Además, la participación ciudadana es clave para mantener viva la cultura agrícola y fomentar el consumo de productos de proximidad. La recuperación del melón de Torres de Berrellén, por ejemplo, ha revitalizado la economía local y el turismo gastronómico.
Así, la conservación de las semillas tradicionales se convierte en una estrategia clave para la seguridad alimentaria y la resiliencia agrícola. España, con sus bancos genéticos y sus iniciativas locales, demuestra que es posible preservar la diversidad mientras se mira al futuro.
