La Secuoya del Canal de Castilla y los grandes árboles de Valladolid

  • La Secuoya de Las Eras, junto al Canal de Castilla, es uno de los árboles más grandes y antiguos de Valladolid, con unos 38 m de altura y 9 m de perímetro.
  • Valladolid cuenta con un amplio catálogo de árboles singulares urbanos, muchos de ellos especies exóticas, que se combinan con la vegetación de ribera del Canal de Castilla.
  • El Canal de Castilla actúa como corredor ecológico con alta biodiversidad de flora y fauna, documentada en detalle en tramos como el de Melgar de Fernamental.
  • Los grandes árboles, desde la secuoya vallisoletana hasta los tejos milenarios de Palencia, tienen un gran valor natural, histórico y cultural que requiere protección activa.

Árbol Canal de Castilla

Muy cerca del barrio de La Victoria, en Valladolid, se esconde un gigante vegetal que muchos vecinos ni siquiera han visto de cerca. A orillas del aliviadero del Canal de Castilla se alza una secuoya monumental conocida como “Secuoya de Las Eras”, uno de los árboles más singulares y veteranos de la ciudad. Su tamaño, su historia y el entorno que la rodea la convierten en una auténtica joya botánica dentro de un paisaje ya de por sí extraordinario.

Este coloso pertenece a la especie Sequoiadendron giganteum, la misma de las famosas secuoyas gigantes de California. En Valladolid, lejos de su tierra natal, este ejemplar ha conseguido adaptarse y crecer hasta alcanzar unos 38 metros de altura y cerca de 9 metros de perímetro de tronco medido a ras de suelo, lo que la sitúa entre los árboles más grandes y llamativos de todo el municipio.

La Secuoya de Las Eras: un gigante oculto junto al Canal de Castilla

Secuoya gigante del Canal de Castilla

La llamada Secuoya de Las Eras se encuentra junto al aliviadero del Canal de Castilla, en el barrio de La Victoria, en Valladolid. No está en una plaza céntrica ni en un parque muy transitado, sino en un rincón más bien discreto, visible solo desde determinados puntos de la orilla. Ese carácter “escondido” explica que, pese a su tamaño, muchos vallisoletanos todavía no la hayan descubierto.

Este ejemplar pertenece a la especie Sequoiadendron giganteum, una conífera de porte monumental originaria de las montañas de Sierra Nevada, en California. En su hábitat natural puede superar holgadamente los 80 metros de altura (véase el récord del árbol más alto del mundo) y vivir varios miles de años. En Valladolid, las estimaciones sitúan la edad de esta secuoya en torno a 180-200 años, lo que la convierte en uno de los seres vivos más antiguos de la ciudad.

En cuanto a sus dimensiones, los datos recopilados en distintas mediciones señalan que la circunferencia del tronco, tomada a 0 metros de altura, se acerca a los 9 metros (dato publicado en 2012 por el usuario JotaErre). Esa cifra la sitúa como el árbol con mayor perímetro del término municipal de Valladolid, por encima incluso de encinas, cedros u otros ejemplares veteranos catalogados como singulares.

La altura también impresiona: tanto en 2012 como en 2016 se registró una medida aproximada de 38 metros. Aunque no se ha especificado el método empleado en esas mediciones, se considera una estimación bastante fiable que coincide con las referencias del propio Ayuntamiento, que habla de más de 35 metros para las secuoyas singulares de la ciudad.

En algunos catálogos y bases de datos de árboles monumentales esta secuoya aparece identificada como “secuoya gigante 27522”, una referencia numérica que facilita su inventario y seguimiento, pero que en el uso popular ha quedado eclipsada por el nombre mucho más evocador de Secuoya de Las Eras.

Un árbol singular en el contexto de los árboles monumentales de Valladolid

Árbol monumental junto al Canal de Castilla

El Ayuntamiento de Valladolid cuenta con un catálogo de 38 árboles singulares repartidos por todo el casco urbano, incluidos en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). Estos ejemplares se protegen por su edad, su altura, su forma o su rareza en un entorno urbano. Dentro de esa selecta lista, las secuoyas ocupan un lugar muy especial.

En la ciudad existen al menos dos secuoyas gigantes destacadas: la del Canal de Castilla, en La Victoria, y otra en la Overuela. Ambas se consideran especies alóctonas, es decir, no propias de la flora autóctona peninsular, pero han sido plantadas y mantenidas por su extraordinario interés ornamental y botánico. Se calcula que rondan los 200 años de edad y superan los 35 metros de altura, encajando plenamente en la categoría de “árbol monumental”.

La secuoya del Canal de Castilla es, según diversas fuentes, el árbol más grande de Valladolid si combinamos altura y perímetro de tronco. Su condición de “gigante casi escondido” la diferencia de otros ejemplares urbanos singulares, más accesibles y conocidos por el gran público, como el olivo centenario de la plaza de Fuente Dorada o los famosos cedros repartidos por distintos puntos de la ciudad.

Junto a estas secuoyas, el catálogo municipal recoge árboles tan variados como cedros del Líbano, ginkgos, cipreses, encinas, álamos negros, saúcos de gran porte, almeces o un llamativo tejo en el Viejo Coso. Muchos de ellos sobrepasan los 20-25 metros de altura o alcanzan edades cercanas al siglo, e incluso más en algunos casos.

Dentro de todos esos veteranos ilustres, la Secuoya de Las Eras destaca especialmente por varios motivos: su origen exótico, su longevidad, el espectacular diámetro de su tronco y su emplazamiento fluvial junto al Canal de Castilla, que aporta una escenografía muy particular a este coloso vegetal.

Otros árboles singulares de Valladolid: un paseo por la ciudad verde

El árbol del Canal de Castilla no está solo en el mapa de árboles especiales de Valladolid. La ciudad atesora una colección sorprendente de ejemplares notables repartidos por plazas, parques y avenidas, muchos de los cuales pasan desapercibidos para quien no se fija con atención.

Uno de los más conocidos es el olivo de Fuente Dorada, plantado en la céntrica plaza durante la reforma de 1998. Se estima que tiene alrededor de 100 años de edad. A pesar de haber sido trasladado, sus raíces centenarias continúan alimentándolo en pleno corazón de la ciudad, donde se ha convertido en un hito paisajístico y en el único olivo catalogado como singular por el Ayuntamiento.

No muy lejos, aunque ya fuera del centro histórico, aparece otro olivo destacado en el Paseo Juan Carlos I, cerca de la avenida de Segovia. Este ejemplar rinde homenaje a Jaime Gómez, el conocido “obispo de Delicias”, figura muy querida en el barrio. Además de estos dos casos emblemáticos, se pueden ver agrupaciones de olivos en espacios como las laderas de Las Contiendas o la calle Nueva del Carmen, aunque sin el grado de singularidad administrativa que ostenta el de Fuente Dorada.

En la categoría de coníferas sobresalen “Los dos hermanos”, nombre con el que se conoce a dos cedros situados entre la Biblioteca de Castilla y León y la iglesia de San Nicolás. Aunque comparten un rango de edad parecido, se calcula que tienen entre 70 y 90 años, su desarrollo no es idéntico: el más alto alcanza casi 25 metros, mientras que el otro queda algunos metros por debajo, lo que les da un aspecto de “gemelos desiguales” que llama mucho la atención.

Otro de los árboles que sorprenden por su rareza es el ginkgo del Campo Grande, perteneciente a la especie Ginkgo biloba. No es el más alto ni el más viejo del parque (ronda los 20 años y los 11 metros), pero sí uno de los más curiosos desde el punto de vista científico: es la única especie viva de la clase Ginkgopsida, con presencia en el registro fósil desde hace unos 290 millones de años. Se suele describir como un auténtico “fósil viviente”, descendiente de árboles que compartieron paisaje con dinosaurios.

En el Viejo Coso, uno de los rincones con más encanto de la ciudad, destaca un tejo de estructura muy particular. A diferencia de otros árboles con un tronco claramente definido, este ejemplar parece surgir directamente del suelo como una masa compacta de hojas y ramas entrelazadas. Llama la atención por sus semillas rojizas, envueltas en arilos carnosos que actúan como advertencia de su toxicidad. Este tejo ronda los 50 años y alcanza cerca de 11 metros, y se ha convertido en un protagonista silencioso de este patio histórico.

La lista de árboles singulares de Valladolid incluye también especies de ambientes más templados o costeros, como los palmitos gigantes de Las Moreras, con unos 12 metros de altura y edades cercanas a los 60 años, o un destacado cedro del Líbano en la plaza de San Pablo, de unos 90 años y 20 metros, famoso por sus características piñas ovoides. A ellos se suman un abeto notable en el Campo Grande, que ronda los 30 metros de altura y el siglo de vida, y un interesante olmo de Siberia en Las Moreras, de casi 80 años y 24 metros, entre otros muchos.

El Canal de Castilla: corredor verde y refugio de biodiversidad

Más allá de la secuoya, el propio Canal de Castilla es un auténtico corredor ecológico que vertebra el paisaje de Tierra de Campos. Con sus 207 kilómetros de longitud, recorre grandes llanuras horizontales y se convierte en una línea de vida donde se concentra una biodiversidad sorprendente, especialmente en comparación con el entorno agrícola circundante.

Excepto en el tramo inicial, cerca de Alar del Rey (Palencia), donde el canal se aproxima a las laderas calizas de Peña Amaya, la mayor parte del trazado discurre por terrenos casi planos, con un desnivel total de apenas 100-140 metros entre el origen y el final. Esta escasa pendiente hace que el agua circule lentamente, situación ideal para que plantas palustres y subacuáticas colonicen las orillas y para que se formen auténticos bosques de ribera.

En torno al cauce se desarrollan bosques de galería y sotos fluviales que acompañan el trayecto del canal. Estos sistemas de vegetación de ribera explican, en gran medida, la enorme variedad de especies vegetales y animales que se han identificado a lo largo de su recorrido. Aunque no existe un inventario exhaustivo, especialistas en flora y fauna estiman que el número de especies vegetales podría rondar las 1.000.

No obstante, el paisaje no ha permanecido inalterado. Muchos de los árboles que se plantaron originalmente en las orillas del canal han sido talados con el tiempo, de manera que algunos tramos han quedado prácticamente desprovistos de cobertura arbórea. Aun así, quedan muchos segmentos bien conservados donde la vegetación de ribera sigue siendo frondosa y diversa, acogiendo árboles maduros, arbustos, plantas acuáticas y una intensa vida animal.

En determinadas localidades, como Melgar de Fernamental, el canal ha sido objeto de estudio y recopilación de saber popular por parte de vecinos que conocen al dedillo sus márgenes. Un ejemplo es el trabajo de Claudio Gutiérrez “el Canónigo”, nacido en 1928, que se propuso registrar los nombres de numerosas plantas, hongos y animales asociados al Canal de Castilla en su entorno, para que esa memoria natural no se perdiera con el paso de las generaciones.

Árboles de ribera del Canal de Castilla y del entorno vallisoletano

En las orillas del Canal de Castilla, y en general en los cursos fluviales de la zona, aparecen numerosas especies arbóreas típicas de riberas y vegas, muchas de las cuales se repiten en otros ríos de la Meseta. Entre las más destacadas figuran varios tipos de álamos, sauces y fresnos, acompañados por tamarices, higueras y otros frutales silvestres.

Entre los álamos es frecuente encontrar álamo negro (Populus nigra) y álamo blanco (Populus alba), además del conocido como álamo cribero o gris, Populus canescens. El álamo blanco resulta especialmente llamativo por el contraste entre el haz de sus hojas, verde oscuro, y el envés cubierto de una pelusa blanquecina. De hecho, en algunos tramos concretos del Camino de Santiago, cerca del Canal de Castilla, se señala al chopo blanco como una de las especies más características de la ribera, capaz de alcanzar unos 25 metros y de estabilizar con sus raíces las orillas.

Los sauces (Salix alba, S. fragilis, S. atrocinerea, S. salviifolia, S. purpurea) forman parte esencial de estos bosques de ribera. Uno de ellos, Salix atrocinerea, aparece citado también en guías del Camino de Santiago por su presencia en riberas como la del río Ega, pero es representativo de muchas riberas cantábricas y meseteñas. De los sauces se ha obtenido históricamente salicina en su corteza, precursora del ácido salicílico con propiedades analgésicas y antiinflamatorias, y sus ramas jóvenes se han utilizado para cestería y protección de cauces.

En estas riberas también destacan árboles como el fresno de hoja estrecha (Fraxinus angustifolia), el olmo (Ulmus minor), el aliso (Alnus glutinosa), el tamariz (Tamarix gallica y Tamarix africana), la higuera (Ficus carica) o el nogal (Juglans regia), acompañados de especies como el almendro (Amygdalus communis), la moral (Morus nigra) o el acerolo (Crataegus azarolus). Esta mezcla de árboles de ribera y frutales silvestres crea un mosaico muy variado que sirve de refugio y alimento para aves, mamíferos y otros animales.

En el ámbito urbano de Valladolid, además de las especies propias de ribera, el arbolado de parques y calles incorpora una gran diversidad de árboles ornamentales de todo el mundo. En listados municipales se citan familias como Ginkgoaceae, Pinaceae, Taxodiaceae, Cupressaceae, Fagaceae, Betulaceae, Rosaceae, Leguminosae, Aceraceae, Oleaceae y muchas otras, con especies como ginkgos, abetos, cedros del Atlas y del Líbano, pinsapos, pinos piñoneros y carrascos, sequoias sempervirens, cupresus, thujas, abedules, carpes, moreras, magnolias, plátanos de sombra, aceres, tilos, olmos resistentes, almez, serbales, castaños o tejos.

Buena parte de estas especies se emplean de manera diferenciada según el uso: algunas se reservan para parques y zonas verdes (etiquetadas como “P” en los inventarios), mientras que otras se destinan sobre todo al arbolado de alineación en calles (marcadas como “C”). Además, ciertos árboles están señalados como introducidos en los últimos diez años, y se les asigna un grado de abundancia que va desde ejemplares singulares (1) a especies muy frecuentes (3), ayudando así a planificar la diversidad y el equilibrio del arbolado urbano.

Fauna y flora asociadas al Canal de Castilla: memoria natural de Melgar

La biodiversidad del Canal de Castilla no se limita a sus árboles monumentales. En algunos puntos de su recorrido, como en Melgar de Fernamental, se ha realizado un esfuerzo muy notable por documentar la fauna y la flora asociadas al canal, en muchos casos a partir del conocimiento tradicional acumulado por los vecinos que han vivido toda su vida junto a sus aguas.

El ya mencionado Claudio Gutiérrez “el Canónigo”, nacido en 1928 en Melgar, decidió recopilar en un texto los nombres -muchos de ellos populares o vernáculos- de plantas, hongos, mamíferos, anfibios, reptiles, peces, aves e invertebrados que había observado durante décadas en el canal y sus márgenes. Su propósito era claro: que ese acervo no se perdiera y quedara disponible para cualquiera que sintiera curiosidad por la naturaleza del lugar.

En su listado de plantas y hierbas aparecen especies como olmos, chopos, encinas, zarzamoras, endrinos, majuelos, escaramujos, fresnos, tomillos, tréboles, ortigas, amapolas, brezos, juncos, mansiegas, carrizos, avena loca y un largo etcétera de nombres locales, muchos de ellos relacionados con usos tradicionales o peculiaridades morfológicas. A ello se suman varios tipos de hongos comestibles asociados a cardos, chopos o zonas de brezal.

En cuanto a los animales, Gutiérrez distingue entre mamíferos de tierra (jabalí, corzo, liebre, conejo, zorro, comadreja, garduña, lobo, etc.), mamíferos de agua (nutria, visón, rata de agua), anfibios y reptiles (ranas, sapos, culebras, lagartos, lagartijas), peces (trucha, barbo, tenca, bogas y otros) y una abundante representación de aves acuáticas y terrestres.

Entre las aves de agua cita especies como cormorán, ánades, gansos, fochas, martín pescador, garza, águila pescadora, polla de agua y diversos pajarillos de carrizal, mientras que entre las aves de tierra menciona desde avutardas y cigüeñas hasta codornices, perdices, búhos, lechuzas, águilas, milanos, abejarucos, jilgueros, zorzales, ruiseñores o incluso murciélagos, componiendo un mosaico faunístico realmente amplio.

A todo ello se añaden numerosos insectos, moluscos, anélidos y quilópodos: mariposas, moscas, escarabajos, abejas, avispas, libélulas, garrapatas, lombrices, sanguijuelas, cangrejos, cochinillas, ciempiés y otros muchos. Esta minuciosa relación sirve para constatar que el canal no es solo una infraestructura histórica de riego y transporte, sino un auténtico ecosistema complejo, con múltiples niveles tróficos y relaciones entre especies.

El valor cultural y natural de los grandes árboles: del tejo milenario a la secuoya del Canal

La Secuoya de Las Eras forma parte de una tradición más amplia de árboles venerados y admirados por su tamaño, su edad o su historia. En distintos puntos de la geografía española se conservan ejemplos impresionantes de árboles milenarios, como los famosos tejos de la Cordillera Cantábrica o los bosques de tejedas que han sobrevivido al paso de siglos.

El tejo común (Taxus baccata) es un árbol con una historia fascinante. Se trata de una conífera que, en determinados puntos de la Península, forma bosques muy sombríos entre los 1.300 y 1.500 metros de altitud, donde apenas permite crecer a otras especies bajo su copa. Sus ancestros llevan creciendo en Europa desde hace unos 15 millones de años, y las formas afines ya existían cuando aún caminaban dinosaurios en el tránsito del Jurásico al Cretácico, hace unos 140 millones de años.

Culturalmente, el tejo ha despertado tanto veneración como temor. Para los druidas celtas era un árbol sagrado, pero su toxicidad también lo hizo tristemente célebre: los antiguos astures y cántabros lo empleaban para suicidarse antes que caer prisioneros, y se cuenta que los numantinos recurrieron a infusiones de sus frutos rojos en el 133 a.C. para evitar la dominación romana. Hoy subsisten ejemplares de entre 1.500 y 2.000 años en lugares como la sierra de Guadarrama o el famoso tejo de Bermiego (Asturias).

Uno de los conjuntos más espectaculares es la Tejeda de Tosande, en Palencia, donde se conservan cerca de 800 tejos en un valle de montaña. Este enclave, incluido en el Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre – Montaña Palentina, se ha convertido en uno de los recorridos de naturaleza más recomendados de la provincia. Llegar hasta allí implica atravesar bosques de encinas y robles, remontar una garganta y acceder a un claro con vistas antes de internarse en el propio bosque de tejos.

Para proteger este ecosistema se ha instalado una pasarela de madera sobre la que discurre el sendero final, de forma que se minimiza el pisoteo y el daño directo sobre las raíces. Factores como la baja tasa reproductiva del tejo, la competencia de árboles como las hayas o el ramoneo de ciervos y corzos sobre sus brotes hacen necesaria una gestión cuidadosa si se quiere asegurar la supervivencia de estos ancianos vegetales.

En este escenario se mezclan, además, otras especies forestales como encinas, robles albares, rebollos, hayas, acebos, espinos albares, mostajos y avellanos, junto a una flora menor compuesta por orquídeas, dientes de león, hepáticas y otras plantas de sotobosque. La fauna incluye ciervos, jabalíes, lirones, martas, y en ocasiones excepcionales, osos pardos cantábricos, todo ello bajo el vuelo de mirlos, zorzales, currucas, picos mediano y menor, buitres leonados, azores o águilas culebreras.

El paralelismo entre la Tejeda de Tosande y la Secuoya de Las Eras es evidente: ambas representan árboles longevos y de gran porte en el ámbito de Castilla y León, aunque de especies muy distintas y con historias muy diferentes. Mientras los tejos son autóctonos y forman masas boscosas ancestrales, la secuoya es una especie exótica traída de ultramar que se ha convertido, sin embargo, en un símbolo del patrimonio arbóreo urbano de Valladolid y de la riqueza natural ligada al Canal de Castilla.

Al recorrer las orillas del canal y detenerse ante la Secuoya de Las Eras, o al contemplar el resto de árboles singulares de Valladolid, uno toma conciencia de hasta qué punto estos gigantes vegetales forman parte de nuestra memoria colectiva y de la biodiversidad que sostiene la vida urbana y rural. Protegerlos, conocerlos y disfrutar de ellos con respeto es una forma sencilla y poderosa de mantener vivo el vínculo entre la ciudad, el paisaje y la naturaleza que nos rodea.

Las sequoya son árboles exigentes
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