
En la Región Metropolitana de Santiago, el programa “Nos Compostamos Bien II” se consolida como una apuesta fuerte por el compostaje comunitario, impulsando un cambio en la manera en que barrios, organizaciones y centros educativos gestionan sus residuos orgánicos. La iniciativa, liderada por el Gobierno Regional de Santiago en colaboración con Geociclos, busca que restos de frutas, verduras y otros desechos biodegradables dejen de acabar en la basura para convertirse en abono de calidad.
Este proyecto de alcance regional pone el foco en que más personas entiendan que buena parte de lo que tiran puede transformarse en un recurso útil, tanto para el suelo como para la comunidad. A través de composteras comunitarias, materiales formativos y un acompañamiento técnico continuado, se pretende extender un modelo de gestión de residuos más sostenible, con beneficios ambientales y también sociales.
Una segunda etapa centrada en el compostaje comunitario
“Nos Compostamos Bien II” es la nueva fase de un programa que ya tuvo una experiencia previa con composteras individuales, y que ahora da el salto hacia la organización comunitaria de los residuos orgánicos. El Gobierno de Santiago, junto a Geociclos, ha diseñado esta etapa para trabajar de manera directa con 600 organizaciones territoriales y 200 establecimientos educacionales repartidos por la región.
La propuesta pasa por la distribución de 800 composteras comunitarias entre juntas de vecinos, clubes de personas mayores, iglesias y centros educativos, actores clave en la vida diaria de los barrios. Estas entidades podrán postular para recibir los equipos y convertirse en núcleos de referencia para el compostaje en su entorno más cercano.
El gobernador de Santiago, Claudio Orrego, subrayó que esta nueva etapa supone una inversión superior a los mil millones de pesos, destinada no solo a la compra de infraestructura, sino también a asegurar que el proyecto tenga continuidad en el tiempo. Según explicó, se trata de un esfuerzo público orientado a que “miles de personas transformen sus residuos en un recurso útil para la naturaleza y sus comunidades”, invitando a todo tipo de organizaciones sociales a sumarse a la iniciativa.
El programa contempla la entrega de kits de compostaje, herramientas, capacitación específica y seguimiento técnico en terreno. De este modo, no solo se instalan composteras, sino que se acompaña a las comunidades en la puesta en marcha, resolución de dudas y mejora de la práctica, un punto clave para evitar que los equipos queden infrautilizados.
Además de la infraestructura física, el proyecto incluye campañas de sensibilización, material educativo y diversas actividades formativas para reforzar el conocimiento sobre el compostaje comunitario. El objetivo es que las personas entiendan el proceso completo, desde la separación en origen hasta el uso final del compost, y que lo integren en su día a día como un hábito más.
Resultados de la primera fase y salto hacia un modelo más colectivo
La segunda etapa se apoya en la experiencia previa de la fase inicial del programa, conocida como “Nos Compostamos Bien I”, que demostró que el compostaje doméstico puede cambiar de forma notable la gestión de los residuos en los hogares. En aquella ocasión, se entregaron 7.000 kits de compostaje individual a familias de las 52 comunas de la región, acompañados de formación y asesoría permanente por parte de monitores especializados.
Gracias a esa primera experiencia, se estima que unas 4.400 toneladas de residuos orgánicos anuales dejaron de llegar a los rellenos sanitarios, ya que fueron transformadas en compost o humus. Ese volumen dio lugar a alrededor de 728 toneladas anuales de abono natural, que se pudo utilizar para mejorar suelos, huertos urbanos y áreas verdes.
El impacto no solo se midió en residuos desviados de la basura. También se calculó que la etapa inicial permitió evitar la emisión de más de 2.700 toneladas de CO₂ equivalente al año, reduciendo así la contribución del sistema de residuos al cambio climático. Al impedir que la materia orgánica acabara en rellenos sanitarios, se disminuyó la generación de metano, un gas de efecto invernadero especialmente potente.
Otro de los datos destacados es el cambio de hábitos en los hogares participantes. Los seguimientos realizados mostraron que las familias redujeron en torno a un 38% la cantidad de residuos domésticos que generaban, al separar de forma sistemática la fracción orgánica para su compostaje. Esta transformación del comportamiento cotidiano es uno de los pilares en los que ahora se apoya el salto al ámbito comunitario.
Con “Nos Compostamos Bien II”, las autoridades regionales buscan escalar estos resultados desde el ámbito privado al espacio compartido de barrios y centros educativos. El compostaje deja de ser solo una práctica dentro de casa para convertirse en una herramienta de gestión colectiva, con capacidad para involucrar a más personas y multiplicar el volumen de residuos que se reciclan.
Transformar los residuos orgánicos en un recurso para la comunidad
La filosofía que guía esta segunda etapa es sencilla pero ambiciosa: lo que hoy termina en la basura puede convertirse en abono para jardines, huertos y zonas verdes. Los restos de frutas, verduras y otros materiales biodegradables, que habitualmente se mezclan con el resto de desechos, se separan en origen y se procesan en composteras compartidas para dar lugar a un producto aprovechable por la comunidad.
El programa insiste en que una parte importante de lo que consideramos basura es en realidad materia prima que puede volver al ciclo natural. En lugar de ocupar espacio en vertederos o rellenos sanitarios, esos residuos se transforman en un fertilizante que mejora la calidad del suelo, ayuda a retener humedad y favorece el desarrollo de plantas y cultivos urbanos.
En Chile, la situación de partida es especialmente desafiante: los residuos orgánicos representan una fracción relevante de la basura domiciliaria, pero apenas alrededor del 1% se valoriza. El resto suele acabar en rellenos sanitarios, donde la descomposición sin control genera metano. Este gas tiene un potencial de calentamiento global muy superior al del dióxido de carbono, de modo que reducir su emisión es clave en cualquier estrategia de lucha contra el cambio climático.
Iniciativas como “Nos Compostamos Bien II” buscan revertir esta realidad apostando por soluciones de proximidad, gestionadas desde los propios barrios y organizaciones sociales. El compostaje comunitario se presenta como una forma relativamente sencilla de disminuir el volumen de residuos que entra en el sistema convencional y, al mismo tiempo, obtener un producto útil que puede reinvertirse en el entorno inmediato.
Además, el proyecto plantea que este cambio no solo trae ventajas ambientales, sino también oportunidades para fortalecer los lazos entre vecinos y colectivos. Compartir una compostera implica organizarse, acordar normas básicas y repartir tareas, lo que fomenta la participación y el sentido de comunidad.
Apoyo técnico, formación y tejido social
Para que el compostaje comunitario funcione de forma adecuada, no basta con entregar los equipos. Por eso, el programa prevé un acompañamiento continuo con capacitaciones y apoyo técnico especializado. Las organizaciones que reciben composteras acceden a sesiones formativas en las que se abordan cuestiones prácticas, como qué residuos se pueden incorporar, cómo mantener el equilibrio de la mezcla o cómo evitar malos olores y plagas.
El plan incorpora también seguimiento en terreno por parte de monitores, que ayudan a resolver problemas concretos y a ajustar el manejo de las composteras a las condiciones de cada comunidad. Este enfoque busca asegurar que los equipos realmente se utilicen y que el compost resultante tenga una calidad adecuada para su uso posterior.
Desde Geociclos, entidad encargada de la ejecución, su jefa de proyecto y socia fundadora, Andrea Arriagada, ha destacado el doble impacto de la iniciativa. Según ha explicado, el proyecto contribuye a descomprimir los rellenos sanitarios, reducir la emisión de gases de efecto invernadero y generar compost como abono, pero también suma en términos sociales al reforzar la colaboración entre las distintas comunas.
Arriagada insiste en que no se trata solo de una medida ambiental, sino de una herramienta para fortalecer el tejido social. Alrededor de cada compostera se generan espacios de encuentro donde participan juntas de vecinos, clubes de personas mayores, comunidades religiosas y centros educativos, compartiendo responsabilidades y resultados.
Las acciones de sensibilización y el material educativo diseñados para esta segunda fase apuntan a consolidar una cultura más consciente sobre el manejo de residuos. La idea es que el compostaje deje de verse como algo complejo o marginal y pase a formar parte de las rutinas habituales, tanto en hogares como en espacios comunitarios.
Un reto de gestión de residuos con mirada de futuro
El lanzamiento de “Nos Compostamos Bien II” se enmarca en un contexto en el que la gestión de los residuos se ha convertido en uno de los grandes desafíos urbanos. En un escenario donde la cantidad de basura generada no deja de aumentar, la apuesta por el compostaje comunitario aparece como una respuesta concreta y medible.
Al ofrecer 800 composteras comunitarias y un programa estructurado de apoyo, el Gobierno Regional de Santiago y Geociclos intentan demostrar que otro modelo de tratamiento de la fracción orgánica es posible. Si se consolida, este tipo de iniciativas puede aliviar la presión sobre la infraestructura de residuos, prolongar la vida útil de los rellenos sanitarios y reducir significativamente las emisiones asociadas.
Las cifras de la primera etapa ofrecen una referencia clara de lo que se puede conseguir cuando la ciudadanía se implica. Desviar miles de toneladas de residuos orgánicos y convertirlas en abono no solo mejora la gestión local, sino que contribuye a los compromisos más amplios de mitigación del cambio climático.
De cara a los próximos años, la experiencia acumulada con “Nos Compostamos Bien I” y “Nos Compostamos Bien II” puede servir como modelo replicable para otras regiones del país e incluso para ciudades de otros lugares que se enfrenten a problemas similares en la gestión de sus desechos. La clave, según señala el propio programa, está en combinar inversión pública, acompañamiento técnico y participación activa de la comunidad.
En conjunto, “Nos Compostamos Bien II” se presenta como un paso decidido hacia una gestión más responsable de los residuos orgánicos en Santiago, mezclando infraestructura, formación y organización social para transformar la basura en un recurso valioso y reducir el impacto ambiental asociado al modelo tradicional de eliminación.
