La primavera se presenta complicada para los productores de cerezas. Las previsiones meteorológicas apuntan a un aumento de las precipitaciones y temperaturas más altas de lo normal, un cóctel que, unido a las heladas tardías, puede poner en jaque a los huertos. Los expertos llevan semanas alertando: el exceso de agua en el suelo y los golpes de frío son dos de los mayores enemigos de este cultivo tan sensible.
No es para menos. Un suelo saturado agota el oxígeno en cuestión de horas, y eso se traduce en raíces que dejan de funcionar, brotaciones irregulares y flores que no cuajan. Por si fuera poco, las heladas de última hora pueden quemar las yemas ya hinchadas. La combinación de ambos factores puede dejar la cosecha por los suelos, así que más vale prevenir que lamentar.
El exceso de agua: un enemigo silencioso
Cuando el invierno deja el terreno empapado y la primavera trae más lluvias, las raíces de los cerezos lo pasan mal. La falta de oxígeno en el suelo provoca que las raíces entren en un metabolismo fermentativo, lo que acidifica los tejidos y acaba matándolas. El resultado es que el árbol no puede absorber agua ni nutrientes, gasta sus reservas y reduce la producción de hormonas clave como las citoquininas, esenciales para la brotación y la floración.
Los síntomas no tardan en aparecer: brotación desigual, floración desincronizada y problemas para la polinización. Además, con poca oxigenación, la absorción de micronutrientes como el boro y el zinc se resiente, y el nitrógeno disponible se pierde más rápido. Todo ello acaba afectando al crecimiento inicial de los frutos, que nacen con menos fuerza.
Heladas: el otro gran peligro
Si el agua es un problema, el frío no se queda atrás. Las heladas tardías pueden causar estragos en los cerezos que ya han salido del reposo invernal. En zonas como Ñuble, las temperaturas han caído hasta los -3°C en la precordillera, y los daños dependen del estado de las yemas. Si la planta ya está brotando, una noche bajo cero puede quemar flores y frutos pequeños, arruinando la cosecha en cuestión de horas.
Los expertos recomiendan revisar los sistemas antigelantes (aspersores, calefactores) antes de que caiga la noche, y prestar especial atención a las zonas bajas del terreno, donde el aire frío se acumula. No hay método infalible, pero la anticipación marca la diferencia. Y después de una helada, nada de tomar decisiones a la ligera: hay que evaluar los daños cuartel por cuartel.
Recomendaciones para minimizar los daños
Ante este escenario, los técnicos del INIA lo tienen claro: hay que actuar antes de que llegue el agua. Identificar las zonas con riesgo de anegamiento y reforzar los drenajes superficiales es el primer paso. Limpiar canales, zanjas y alcantarillas antes de las lluvias puede evitar que el agua se acumule donde no debe. En suelos compactados, un subsolado bien hecho puede mejorar la infiltración, siempre que el terreno esté seco.
En el plano nutricional, se aconseja aplicar boro y zinc por vía foliar antes de la prefloración para compensar la menor absorción radicular. Y ojo con la Phytophthora, ese hongo que aprovecha la humedad y el calor para atacar las raíces. Un manejo preventivo es fundamental para evitar que se convierta en un problema serio.
La calidad del fruto se juega pronto
Las lluvias cercanas a la cosecha son otro quebradero de cabeza. El riesgo de partiduras (cracking) y pudriciones aumenta cuando el fruto está a punto de recogerse, pero la resistencia a la entrada de agua se define mucho antes, en las primeras semanas tras el cuaje. Es entonces cuando se forma la cutícula, la barrera natural que protege la cereza. Por eso, los tratamientos para mejorar la impermeabilidad deben empezar temprano, no cuando ya se anuncian lluvias.
El INIA está investigando con inductores hormonales como los jasmonatos, que han mostrado resultados prometedores para reforzar la piel del fruto. También se prueban bioestimulantes y sistemas de almacenamiento que ayuden a conservar la calidad en condiciones adversas. Pero mientras llegan esas soluciones, la mejor arma es la prevención y el seguimiento constante de los pronósticos.
En definitiva, los productores de cerezas tienen por delante una temporada complicada. El agua, el frío y las lluvias de última hora son amenazas reales que exigen estar preparados. Con un buen drenaje, una nutrición adecuada y un ojo puesto en el cielo, se pueden minimizar los riesgos y salvar la cosecha. No hay margen para la improvisación: cada decisión cuenta cuando el termómetro baja y las nubes se acumulan.