Un cactus milenario de la Expo 92 lanza una silenciosa llamada de auxilio en Sevilla

  • Cactus cardón de unos 1.500 años, 15 metros y 18 toneladas, regalo de México para la Expo 92.
  • La Asociación Adepa alerta de su deterioro por asfixia de raíces y falta de mantenimiento.
  • La zona verde original se hormigonó en 2017 para aparcamientos, dejando al ejemplar casi arrinconado.
  • Se reclaman medidas urgentes: recuperar espacio ajardinado, protegerlo del vandalismo y aclarar quién debe cuidarlo.

Cactus milenario en Sevilla

En plena Isla de la Cartuja, lejos ya del bullicio de la Exposición Universal de 1992, un cactus cardón de alrededor de 1.500 años de antigüedad se ha convertido en protagonista inesperado de un debate sobre conservación del patrimonio natural en Sevilla. El que fuera uno de los símbolos más fotografiados del recinto de la Expo atraviesa ahora un momento delicado, con señales de deterioro que han encendido las alarmas entre los defensores del patrimonio.

Este ejemplar gigante, de unos 15 metros de altura y unas 18 toneladas de peso, llegó desde México como obsequio institucional y se plantó junto al antiguo Pabellón de México. Tres décadas después, la combinación de sol, hormigón y falta de cuidados ha llevado a la Asociación de Defensa del Patrimonio de Andalucía (Adepa) a pedir ayuda pública para evitar que esta singular planta se pierda.

Un regalo de México convertido en emblema de la Cartuja

La historia de este cardón arranca a miles de kilómetros, en el Valle de los Gigantes, en Mexicali, una zona famosa por albergar enormes cactáceas centenarias. De allí se seleccionó, a comienzos de la década de 1990, el ejemplar que debía representar a México en la Expo de Sevilla, un árbol capaz de impresionar por tamaño y por su edad milenaria.

Según ha recordado Adepa, su traslado comenzó el 14 de diciembre de 1991, con el objetivo de que estuviera listo para la inauguración oficial de la exposición, prevista para el 20 de abril de 1992. La operación no fue precisamente sencilla: la altura de la planta, su enorme peso y la necesidad de mantenerla con vida durante el viaje complicaron cada paso del proceso.

El cardón viajó gracias a un dispositivo técnico poco habitual, con tres grandes grúas y un tráiler de treinta ruedas sobre el que se colocó cuidadosamente la planta. A pesar de las previsiones, el periplo se vio interrumpido por varias protestas en México que llegaron a forzar la paralización del traslado durante un tiempo, generando un cierto debate sobre la conveniencia de mover un ejemplar tan antiguo.

Finalmente, el 17 de marzo de 1992 se retomó el operativo, se completó el viaje por tierra y el cactus pudo volar hasta Sevilla. Llegó a la capital andaluza el 23 de marzo de 1992, apenas un mes antes de la inauguración de la Expo, y fue instalado en una zona ajardinada junto al Pabellón de México, donde durante años fue una de las paradas obligadas para visitantes y curiosos.

En aquel momento, el entorno era muy distinto al actual: todo el área era una gran plaza verde, diseñada para lucir el ejemplar y servir de carta de presentación al país que lo había donado. El cardón, entonces, encajaba en un paisaje de jardines y paseos, lejos de la imagen dura y enlosada que hoy denuncian las asociaciones patrimonialistas.

Del oasis vegetal al hormigón: el problema de la asfixia de raíces

Con el paso del tiempo y los cambios de uso de la Isla de la Cartuja tras la Expo, el entorno del cactus fue transformándose hasta el punto de poner en riesgo su salud. En 2017, la zona verde original se cubrió con losetas y hormigón para habilitar aparcamientos vinculados a un edificio cercano, hoy abandonado, lo que alteró radicalmente las condiciones del suelo donde se asienta el cardón.

La Asociación de Defensa del Patrimonio de Andalucía, a través de su portavoz Juan Cobano, sostiene que el ejemplar muestra ahora un “aspecto demasiado triste”, consecuencia, sobre todo, de un problema de asfixia radicular. Al haberse reducido al mínimo el espacio de tierra disponible y haberlo rodeado casi por completo de pavimento duro, las raíces tendrían más dificultades para respirar, extenderse y gestionar correctamente el agua.

Para Cobano, el cambio fue especialmente llamativo: una planta que había sido concebida como joya botánica en un entorno ajardinado pasó a quedar encajonada en una “plaza muy dura de cemento”, perdiendo la presencia central que tenía en la época de la Expo. La organización lamenta que, a ojos de cualquiera que se acerque hoy a la zona, lo que antes era un pequeño oasis verde se perciba ahora casi como un rincón residual.

A esta situación se suma, según Adepa, un déficit de cuidados específicos. El cardón, pese a ser una especie resistente y capaz de acumular agua durante meses —algo que le ha permitido llegar en buen estado relativo a 2026 incluso con cuidados escasos—, no es ajeno al desgaste acumulado. La asociación considera que no basta con confiar en su resistencia natural, sino que es imprescindible actuar sobre el entorno.

Entre los elementos que preocupan a la entidad se encuentran también los tensores metálicos que ayudan a estabilizar la planta. Adepa indica que estos cables de sujeción estaban originalmente situados a mayor altura, en una posición más adecuada, y reivindica que se revisen y ajusten para garantizar la seguridad tanto del cactus como de las personas que se acercan a verlo.

Un ejemplar único en Europa que busca protección

Más allá de su espectacular aspecto, el cardón de la Cartuja tiene un valor añadido que refuerza las peticiones de protección: según Adepa, se trata de un ejemplar prácticamente único en Europa, tanto por sus dimensiones como por la edad estimada, que se sitúa en torno al milenio y medio de vida. Este carácter excepcional lo coloca en una categoría distinta a la de un simple elemento ornamental.

La asociación insiste en que nos encontramos ante una pieza viva del patrimonio natural y simbólico de la ciudad, que además enlaza directamente con la memoria de la Exposición Universal de 1992, todavía muy presente en Sevilla. Durante años, el cactus fue una de las imágenes más compartidas del recinto y un reclamo fotográfico habitual para turistas y sevillanos.

En la práctica, sin embargo, quienes se acercan hoy a la zona se encuentran con una realidad distinta. Adepa denuncia que no existe ningún cartel informativo que explique la procedencia del ejemplar, su espectacular edad o el complejo traslado que lo trajo a la capital andaluza. A falta de esa información, la planta pasa fácilmente desapercibida entre el hormigón y la falta de contexto.

La entidad sostiene que una simple señalización clara y didáctica podría cambiar la forma en que los visitantes se relacionan con el cactus: de ser un objeto curioso sin explicación visible podría convertirse en un motivo de orgullo local y en un recordatorio tangible de los lazos entre México y Sevilla. De momento, ese reconocimiento formal sigue pendiente.

Aunque el cardón ha demostrado una notable capacidad de adaptación y conserva reservas de agua gracias a las lluvias de este último invierno, Adepa alerta de que la resistencia natural tiene un límite, y que, si no se actúa sobre el entorno y el mantenimiento, el deterioro puede hacerse visible de manera más acelerada en los próximos años.

Vandalismo, falta de mantenimiento y propuestas de Adepa

Además de los problemas derivados del hormigón y la falta de zona verde, la asociación ha llamado la atención sobre otro frente que afecta al cactus: el vandalismo cotidiano. En su superficie se han detectado grabados y marcas realizadas con punzones, navajas u otros objetos punzantes, huellas que, aunque puedan parecer anecdóticas, terminan dañando los tejidos de la planta.

Ante esta situación, Adepa propone instalar una valla perimetral de hierro que impida el contacto directo con el tronco y las ramas del cardón. La idea pasaría por colocar un cerramiento que no impida la visión ni el disfrute del ejemplar, pero que sí establezca una distancia de seguridad suficiente para evitar nuevas inscripciones o actos de deterioro.

La entidad sugiere, incluso, que la base de esa valla se acompañe de rosales tipo sevillanos u otras especies con espinas, que funcionarían como elemento disuasorio adicional frente a quienes intenten saltar para tocar la planta. No se trata, explican, de dificultar el acceso por capricho, sino de proteger un ejemplar muy singular frente a daños que, una vez producidos, no tienen fácil reparación.

Junto a las medidas físicas de protección, Adepa reclama un plan de mantenimiento más claro y constante, con revisiones periódicas del estado de la planta, control de plagas, riegos adaptados a sus necesidades reales y actuaciones concretas sobre los elementos de sujeción. Según la asociación, hasta ahora no existe una rutina suficientemente definida que garantice su conservación a largo plazo.

En paralelo, el colectivo insiste en la importancia de acompañar todo ello con un cartel informativo visible, que explique la historia del cactus, su procedencia, su edad aproximada y los motivos por los que es relevante tanto a nivel botánico como cultural. A su juicio, conocer estos datos puede incrementar el respeto por el ejemplar y reducir la tentación de tratarlo como un simple objeto donde dejar una firma o un dibujo improvisado.

Quién debe cuidar del cactus: la incógnita administrativa

Más allá de las cuestiones técnicas, el caso de este cardón milenario también pone sobre la mesa un problema menos visible pero igualmente determinante: no está del todo claro qué administración debe asumir su cuidado. La Isla de la Cartuja, escenario de la antigua Expo, es un espacio donde confluyen distintas competencias y usos, lo que complica la identificación de un responsable único.

Desde Adepa se lamenta que, mientras no se aclare quién tiene la obligación de mantener el ejemplar y su entorno, las decisiones necesarias se vayan posponiendo. La asociación considera que este vacío de responsabilidad efectiva ha contribuido a que el cactus acabe en una situación de aparente abandono, pese a su valor simbólico y su singularidad en el contexto europeo.

El edificio para el que se habilitaron las plazas de aparcamiento en 2017 se encuentra actualmente sin uso, lo que refuerza la sensación, según el colectivo, de que se sacrificó el espacio ajardinado en favor de una infraestructura que hoy no cumple la función para la que fue creada. En ese contexto, recuperar la zona verde cobra, a ojos de la asociación, aún más sentido.

Entre las medidas que Adepa pone sobre la mesa figura la retirada progresiva del hormigón y las losetas más próximas al cactus, de manera que se amplíe la superficie de tierra disponible para sus raíces y se restaure, al menos en parte, la imagen de plaza verde que tuvo en los años posteriores a la Expo 92. No se trataría solo de un gesto estético, sino de una intervención con impacto directo en la salud del ejemplar.

La organización confía en que la repercusión pública de la situación contribuya a desbloquear decisiones y a que, de forma coordinada, las administraciones implicadas definan un plan claro. Para Adepa, dejar pasar más tiempo sin actuar supondría asumir un riesgo innecesario sobre un árbol que ha sobrevivido durante siglos en su entorno original y que, paradójicamente, podría venirse abajo en pleno corazón de Europa si no se toman medidas a tiempo.

Todo el recorrido de este cactus cardón, desde el Valle de los Gigantes en Mexicali hasta su actual emplazamiento en la Isla de la Cartuja, lo ha convertido en un símbolo singular de la relación entre México y Sevilla y de la memoria de la Expo 92. Hoy, ese mismo símbolo sirve para poner el foco en la necesidad de cuidar el patrimonio natural y paisajístico que quedó tras la muestra universal. Recuperar su entorno verde, protegerlo del vandalismo, garantizar un mantenimiento adecuado y aclarar quién debe hacerse cargo de él aparecen como pasos clave para que este coloso de 1.500 años siga en pie muchas décadas más, no solo como recuerdo de un evento pasado, sino como ejemplo vivo de cómo gestionar, o descuidar, los legados que permanecen en nuestras ciudades.

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