La alergia va mucho más allá de un par de estornudos ocasionales. Es la respuesta de un sistema inmunitario hiperreactivo frente a sustancias tan comunes como el polen, los ácaros del polvo o ciertos hongos ambientales (qué plantas dan alergia), a las que el organismo trata como si fueran un peligro real. El resultado es bien conocido por millones de personas: congestión casi permanente, ojos rojos y llorosos, picor constante, fatiga y esa molesta sensación de que el aire no termina de entrar bien en los pulmones.
Este año la temporada de alergias respiratorias llega antes y se alarga más, y todo apunta a que no será precisamente suave. Los primeros síntomas han empezado a dispararse ya en pleno invierno, con varias semanas de adelanto respecto al calendario habitual. La combinación de abundantes lluvias, temperaturas por encima de la media y un ambiente cada vez más contaminado ha creado el escenario perfecto para una primavera «cargada» de polen en gran parte de España.
Un invierno lluvioso y templado dispara la vegetación

Los especialistas coinciden en que este año se ha dado un cóctel especialmente delicado para quienes padecen alergias respiratorias. Por un lado, el invierno ha sido más lluvioso de lo normal en buena parte de la península, con precipitaciones que han superado con creces la media histórica y han dejado los suelos bien cargados de agua. Por otro, las temperaturas han sido inusualmente altas, situando al último año entre los más cálidos desde que hay registros.
Este binomio de lluvia abundante y calor anómalo ha favorecido que árboles, arbustos y hierbas crezcan con fuerza y acumulen grandes reservas de polen listas para liberarse en cuanto el tiempo se estabiliza. Las lluvias, además, generan el denominado «efecto lavado»: durante unos días limpian la atmósfera y reducen la concentración de polen en el aire, lo que da sensación de alivio. Sin embargo, al mismo tiempo alimentan una vegetación más frondosa que, pasado ese respiro, suelta cantidades mucho mayores de granos al ambiente.
La consecuencia práctica para los pacientes es clara: menos síntomas al principio, pero picos muy intensos después. Las redes de vigilancia aerobiológica ya han detectado aumentos bruscos de polen entre febrero y marzo, con curvas que superan de golpe las medias de otros años y confirman la tendencia a temporadas cada vez más largas y concentradas.
Los alergólogos advierten de que estas oscilaciones meteorológicas encajan con lo que se viene observando en los últimos años: estaciones menos definidas, periodos de calor fuera de época y episodios de lluvia torrencial intercalados con fases de sequía. Todo ello altera los ciclos naturales de las plantas y descoloca el calendario clásico de las alergias.
Según las previsiones científicas, esta primavera se perfila como especialmente intensa para los pacientes con rinitis alérgica y asma, sobre todo en las zonas de interior y en el suroeste peninsular, donde la respuesta de la vegetación ha sido más marcada tras las lluvias.
Dos fases en la temporada: humedad, hongos y ácaros… y luego el gran pico de polen
Los expertos describen la temporada de alergias de este año en dos etapas diferenciadas. La primera coincide con los periodos de mayor humedad ambiental, en los que proliferan los hongos microscópicos y se multiplican los ácaros del polvo. Estos alérgenos están muy ligados a crisis respiratorias, sobre todo en personas con asma o bronquitis previa, y pueden provocar síntomas persistentes incluso antes de que empiece la gran polinización primaveral.
En una segunda fase, cuando las lluvias dan tregua y el tiempo se vuelve más seco, llega el verdadero «golpe» para los alérgicos: una explosión de polen que se nota especialmente en los días soleados, con viento y altos niveles de contaminación. Estas condiciones facilitan que los granos se mantengan en el aire y se desplacen largas distancias, aumentando la exposición de la población.
La contaminación juega aquí un papel clave. No solo irrita las vías respiratorias de por sí, sino que interacciona con el polen y lo hace más agresivo. En zonas urbanas, las plantas se ven sometidas a un estrés continuo por partículas procedentes del tráfico y otros contaminantes. Como respuesta, desarrollan pólenes más resistentes que, al fragmentarse, liberan partículas más finas y fácilmente inhalables, con un potencial alergénico superior.
Este escenario, al que se suma el aumento generalizado de casos de alergia en la población, favorece lo que muchos especialistas describen como una «tormenta perfecta»: más personas sensibles, temporadas más largas y picos más intensos. Se calcula que entre una cuarta parte y un tercio de la población española presenta ya algún tipo de alergia respiratoria, y la tendencia continúa al alza.
Además, cada vez es más frecuente que la alergia aparezca por primera vez en la edad adulta, a menudo sin antecedentes previos claros. Muchos pacientes consultan porque, de un año para otro, comienzan a notar congestión continua, estornudos encadenados o picor de ojos coincidiendo con ciertos momentos de la primavera.
Qué pólenes mandan en España y cuánto pueden durar
En nuestro país, las gramíneas siguen siendo las grandes protagonistas de la alergia al polen, responsables de buena parte de los síntomas respiratorios durante la primavera. Sin embargo, no son las únicas. Las cupresáceas (como el ciprés), el plátano de sombra, el olivo, la parietaria y otras hierbas típicas de primavera-verano también alcanzan concentraciones elevadas en muchas zonas.
Los datos de redes de vigilancia como la española y la catalana señalan que el polen de especies como ciprés, avellano, fresno o parietaria se ha comportado de forma peculiar este invierno: niveles bajos al principio, seguidos de un aumento muy rápido entre febrero y marzo que ha rebasado la media de años anteriores. En el caso del ciprés, la temporada puede alargarse hasta bien entrado abril, mientras que el polen de parietaria podría mantenerse incluso hasta el verano, sobre todo si continúan las lluvias intermitentes.
Más adelante, con la primavera avanzada, llegará el turno de árboles muy alergénicos como el plátano de sombra, acompañado de otras especies como sauces, álamos y pinos, que siguen su calendario habitual pero sobre un fondo de temperaturas más altas y mayor inestabilidad meteorológica. Paralelamente, las hierbas como las gramíneas y la propia parietaria empezarán a polinizar con intensidad, con el añadido de que, este año, la temporada podría prolongarse más de lo normal por la humedad acumulada.
En regiones como Catalunya se ha descrito un mosaico complejo de pólenes alergénicos: cupresáceas, plátano, olivo, parietaria, avellano, gramíneas, fresno o artemisia, con importantes variaciones según la zona y el clima local. Aunque en términos generales se observa una ligera tendencia a la baja en las concentraciones medias de polen en varias ciudades, en otras como Lleida o el área de Roquetes-Tortosa los registros apuntan a incrementos. Entre los árboles, el polen de ciprés, plátano, olivo y fresno es el que más ha crecido; entre las hierbas, destacan las gramíneas y el céñigo.
En paralelo, especies como pinos, encinas, robles, abedules o chopos aportan también cantidades considerables de polen con potencial alergénico, completando una temporada que, según los modelos climáticos, podría extenderse este año un 19% más en duración y con incrementos de entre un 16% y un 40% en la carga anual total.
Un mapa desigual: zonas de España con mayor impacto esta temporada
Las previsiones presentadas por la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica describen un panorama especialmente exigente para el centro y el suroeste peninsular. En el centro, se esperan niveles de gramíneas de moderados a intensos en la Comunidad de Madrid, Castilla y León y Castilla-La Mancha, con picos muy marcados en ciudades como Madrid y Toledo.
En estas áreas, los modelos apuntan a que podrían alcanzarse concentraciones cercanas a los 6.000 granos por metro cúbico de aire durante los momentos álgidos de la primavera, una cifra suficiente para desencadenar síntomas relevantes incluso en personas con sensibilización leve. En Madrid y otras grandes urbes, estas cifras se combinan además con una contaminación estructural elevada, lo que agrava la irritación de la mucosa respiratoria.
En el sur, la situación no es más sencilla. Provincias como Sevilla, Jaén, Badajoz o Cáceres se sitúan entre las zonas con mayores concentraciones previstas, especialmente en lo que respecta al polen de gramíneas y olivo. En Badajoz, por ejemplo, las estimaciones de primavera se sitúan en el rango de los 10.000 a 12.000 granos por metro cúbico, con antecedentes recientes de campañas en las que se han llegado a registrar entre 15.000 y 20.000 granos.
Ciudades del sur como Córdoba, Granada o Huelva afrontarán también niveles elevados, mientras que en enclaves costeros como Almería o Málaga se esperan valores algo más bajos, aunque suficientes para causar molestias en personas sensibles. Extremadura, por su parte, destaca por la combinación de gramíneas muy altas y una presencia notable de polen de olivo, especialmente problemática en primavera avanzada.
En comparación, otras zonas del país se verán algo menos afectadas, pero no se libran del todo. En Canarias se prevén niveles bajos de gramíneas, mientras que Galicia y el norte peninsular manejarán cifras que oscilan entre los 1.500 y 2.000 granos por metro cúbico, de leves a moderados. En el arco mediterráneo —Catalunya, Comunidad Valenciana, Baleares y Murcia—, las previsiones para gramíneas son en general más moderadas, aunque entran en juego otros pólenes relevantes como el del plátano de sombra u olivo.
Madrid, Toledo, Badajoz y otras ciudades que ya notan la temporada
En ciudades como Madrid o Toledo, muchos vecinos llevan semanas con estornudos, lagrimeo y mucosidad persistente. Los alergólogos explican que las lluvias abundantes del invierno y las temperaturas suaves han adelantado la liberación de polen de distintas especies, especialmente de gramíneas y cupresáceas como el ciprés.
En el caso de Madrid, las previsiones señalan que la comunidad podría volver a situarse entre las zonas con mayor densidad de polen de gramíneas del país, con picos que rondarían de nuevo los 6.000 granos por metro cúbico. A esto se suma la elevada presencia de plátanos de sombra en calles y avenidas, un árbol muy alergénico cuya polinización suele concentrarse en pocas semanas pero con mucha intensidad.
Toledo comparte un patrón similar al de la capital, con una alta incidencia de gramíneas y ciprés y valores que se moverán en el mismo rango de concentración. El cambio climático y la contaminación han alterado de tal manera el calendario tradicional que las molestias ya no se circunscriben solo a finales de primavera: comienzan antes y se prolongan buena parte del año.
En el suroeste, ciudades como Badajoz anticipan otra primavera complicada. Allí, las últimas campañas han superado incluso las cifras previstas, con picos de 15.000 a 20.000 granos anuales frente a modelos que apuntaban a 10.000 o 12.000. La combinación de gramíneas muy altas y fuertes floraciones de olivo sitúa a esta zona entre las más complejas para los pacientes con rinitis o asma alérgica.
Este tipo de desajustes entre lo pronosticado y lo observado muestra hasta qué punto la variabilidad climática complica la planificación sanitaria y obliga a revisar constantemente los modelos de previsión de polen, que se utilizan tanto para orientar a los pacientes como para organizar recursos asistenciales.
El papel del cambio climático y la contaminación
Buena parte de los cambios que se están observando en la temporada de alergias se relaciona directamente con el calentamiento global. El aumento de la temperatura media favorece que las plantas inicien antes sus ciclos de crecimiento y floración, y prolonguen la producción de polen durante más semanas. Al mismo tiempo, los episodios de clima extremo —olas de calor, lluvias torrenciales, periodos de sequía— alteran la forma en que las plantas liberan sus granos al ambiente.
En este contexto, los especialistas advierten de que el calendario clásico de alergias que se estudiaba hace décadas ha dejado de ser completamente fiable. Ahora se observa un adelanto claro en el inicio de la temporada, un incremento en la duración y picos de polen más marcados, todo ello enmarcado en un entorno de contaminación persistente, sobre todo en grandes áreas metropolitanas.
La polución por tráfico, calefacciones y ciertas actividades industriales no sólo provoca irritación directa de las mucosas respiratorias, sino que también modifica la estructura del polen. Las partículas diésel y otros contaminantes se adhieren a los granos, los fragmentan y generan partículas más pequeñas, capaces de penetrar en regiones más profundas del árbol respiratorio y desencadenar reacciones más intensas.
En las ciudades, las plantas que conviven con estos niveles de contaminación constante deben adaptarse para sobrevivir en un entorno hostil. Esa adaptación se traduce en pólenes más «duros» y, con frecuencia, más alergénicos. De ahí que muchas personas describan síntomas más intensos en zonas urbanas que en áreas rurales, incluso cuando las cantidades de polen son similares.
Los alergólogos insisten en que este escenario no se revertirá a corto plazo, por lo que conviene asumir que las alergias respiratorias seguirán aumentando en las próximas décadas si no se adoptan medidas contundentes para reducir emisiones y mejorar la calidad del aire en las ciudades.
Cómo distinguir la alergia de un resfriado y quién puede desarrollarla
Con la llegada de la temporada alta de polen, no es raro que muchas personas duden entre si padecen un catarro prolongado o están ante una rinitis alérgica. La línea puede parecer fina, pero hay pistas. Los especialistas recuerdan que la alergia, a diferencia de la infección vírica, raramente provoca fiebre. Es más típico que produzca mucosidad muy líquida, congestión con sensación de nariz taponada, estornudos en salvas, picor de ojos y, en ocasiones, síntomas de asma como tos seca, pitidos o presión en el pecho.
Otra pista es la duración y el contexto: si los síntomas aparecen siempre en las mismas épocas del año, se intensifican en ciertos lugares (por ejemplo, parques, zonas de campo o determinadas ciudades) y mejoran en interiores bien cerrados o en días lluviosos, es más probable que se trate de una reacción alérgica al polen que de un simple resfriado.
En cuanto a la edad de inicio, los especialistas insisten en que la alergia no entiende de edades. Puede debutar en cualquier momento, desde los primeros años de vida hasta edades avanzadas. Lo habitual es que el organismo necesite una exposición previa al alérgeno para «sensibilizarse» y que, a partir de un cierto umbral, comience a reaccionar cada vez que vuelve a entrar en contacto con esa sustancia.
El componente genético también influye: tener familiares cercanos con alergias aumenta el riesgo, pero no lo determina por completo. El entorno, los hábitos de vida, la contaminación y otros factores ambientales completan el puzzle y explican por qué algunas personas desarrollan síntomas más intensos y otras apenas notan molestias pese a compartir el mismo entorno.
Ante síntomas persistentes durante varias semanas o que regresan cada primavera, los alergólogos aconsejan consultar con un especialista para realizar pruebas diagnósticas (cutáneas o de sangre) y establecer con claridad a qué pólenes u otros alérgenos se reacciona.
Tratamientos disponibles y el papel de la inmunoterapia
Una vez confirmada la alergia, el primer paso consiste en identificar el alérgeno responsable para poder reducir la exposición en la medida de lo posible. No es lo mismo reaccionar sólo a gramíneas que a olivo, ciprés, hongos o ácaros, porque el calendario y las medidas de prevención varían. Herramientas como las plataformas de seguimiento de polen, que ofrecen datos actualizados por zonas, resultan útiles para anticipar los días y periodos de mayor riesgo.
En cuanto al tratamiento, los fármacos más utilizados incluyen antihistamínicos orales, espráis nasales con corticoides o combinaciones, y colirios específicos para los ojos. En casos de asma, se añaden inhaladores de rescate y de mantenimiento según la gravedad. El objetivo es aliviar los síntomas, mejorar el descanso nocturno y reducir el impacto en la vida diaria y el rendimiento laboral o escolar.
Cuando la alergia es moderada o grave, se prolonga durante muchos meses al año o interfiere de manera importante en la rutina, los especialistas valoran la inmunoterapia específica con alérgenos, también conocida como vacunas de la alergia. Este es el único tratamiento con capacidad real para modificar el curso de la enfermedad: reduce la intensidad de los síntomas, disminuye la necesidad de medicación y puede prevenir, en algunos casos, la aparición de nuevas sensibilizaciones.
La inmunoterapia se administra durante varios años —habitualmente entre tres y cinco—, siguiendo pautas personalizadas según el perfil inmunológico del paciente y los pólenes implicados. A lo largo de este tiempo, el organismo va «aprendiendo» a tolerar mejor el alérgeno, de manera que las temporadas de polen posteriores suelen ser más llevaderas.
Los alergólogos destacan que las vacunas actuales son mucho más seguras y afinadas que las de hace unas décadas, y permiten adaptar los tratamientos a cada persona con mayor precisión. Aun así, requieren seguimiento médico y no sustituyen a las medidas de evitación ni al uso de medicación de rescate en los momentos de crisis.
Medidas prácticas para sobrevivir a la temporada de polen
Más allá de los fármacos y la inmunoterapia, una parte importante del control de la alergia pasa por gestos cotidianos que reducen la cantidad de polen a la que estamos expuestos. Los especialistas recomiendan en primer lugar informarse a diario sobre los niveles de polen en la zona de residencia o trabajo, de forma similar a como se consulta la predicción meteorológica, para planificar actividades al aire libre.
Durante los días de mayor concentración, conviene limitar las actividades intensas en exteriores, como hacer deporte al aire libre, pasear por campos de hierba alta o realizar tareas de jardinería. Si no queda más remedio que salir, se aconseja usar gafas de sol envolventes y, en muchos casos, mascarillas tipo FFP2, que ayudan a filtrar buena parte de las partículas alergénicas suspendidas en el aire.
Al regresar a casa tras haber estado en la calle, es útil cambiarse de ropa y ducharse para eliminar el polen que se haya depositado en la piel y el cabello. Tender la ropa al aire libre no es lo más recomendable en temporada alta, ya que los tejidos actúan como imanes para los granos y luego los introducimos en el hogar sin darnos cuenta.
En el interior de las viviendas, las recomendaciones pasan por mantener ventanas cerradas en las horas de mayor concentración de polen (normalmente a primera hora de la mañana y al atardecer), ventilar en momentos de niveles más bajos y asegurarse de que los filtros del aire acondicionado y del coche estén limpios. En edificios altos, se ha observado que el polen puede concentrarse más en los pisos superiores por la circulación del aire, un detalle a tener en cuenta al ventilar.
Para las personas con síntomas más severos, los alergólogos aconsejan llevar siempre encima la medicación de rescate pautada y no interrumpirla cuando se note ligera mejoría, salvo indicación expresa del profesional. En caso de empeoramiento brusco, dificultad para respirar o opresión intensa en el pecho, es fundamental consultar de inmediato con los servicios sanitarios.
Con inviernos cada vez más cálidos y lluviosos, una vegetación muy reactiva y ciudades donde la contaminación no da tregua, la temporada de alergias se ha transformado en una maratón que empieza antes, termina más tarde y deja menos margen de descanso entre una fase y otra. Informarse sobre los niveles de polen, seguir las indicaciones de los especialistas y aplicar medidas sencillas de prevención dentro y fuera de casa puede marcar la diferencia entre una primavera llevadera y otra dominada por los pañuelos, los inhaladores y las noches en vela.